El amor total del Señor: qué significa, qué logra

Eschucha mp3
XXXI Domingo Ordinario, Año B: 4 Noviembre 2012
Dt 6, 2-6; Sal 17; Heb 7, 23-28; Mc 12, 28-34

A veces, los varios elementos en nuestras vidas se resumen en una decisión muy básica: ¿De qué tratan nuestras vidas? ¿Qué queremos? ¿Qué elegimos?

Cuando yo era un adulto joven, pasé unos años dudando de la fe cristiana en la cual había sido criado, y poniendo preguntas de ella. En mi exploración, leí de unas semejanzas de las prácticas espirituales cristianas y las prácticas espirituales budistas. Pero pude ver que, más allá de las semejanzas, hay una diferencia en los propósitos que ambos persiguen. El budismo busca el nirvana, un estado de la ausencia de dolor, por una ausencia de deseo: un tipo de vaciedad. A diferencia, el cristianismo busca el punto de estar llenado—por el amor. Y, ¿qué buscaría yo: una vaciedad de deseo, o la llenura de amor?

Claro que el amor está en el núcleo de seguir a Cristo. Oímos en la lectura del Evangelio de hoy que, preguntado de cuál es el primero de los mandamientos, nuestro Señor identifica amar como lo que mandan los dos mandamientos mayores:

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos.

Y podemos oír, en el comentario añadido por el escriba, que estos mandamientos de amar requieren algo más que sólo ofrecer muchos holocaustos y sacrificios externos: requieren un llenado y un centrado del corazón. ¿Hemos cumplido estos mandamientos de nuestro Señor? ¿O nos quedamos satisfechos con unos actos externos?

Se ha dicho que lo contrario del amor no es el odio sino la apatía, la tibieza. San Juan Vianney era un párroco en un pueblo francés llamado Ars en el siglo XIX; y una vez dio un sermón sobre el “alma tibia.” Dijo:

La persona que vive una vida tibia no deja de hacer un montón de buenas obras, de frecuentar los Sacramentos, de asistir con regularidad a todos los servicios de la iglesia, pero en todo esto se ve sólo una fe débil y lánguida, una esperanza que la más mínima prueba volcará, un amor a Dios y al prójimo que es sin calor o placer. (“The Dreadful State of the Lukewarm Soul,” Sermons of the Curé of Ars, pp. 1-10; traducción mía)

Tal persona oye la palabra de Dios… pero muchas veces sólo se aburre… Para los últimos 20 años, esta alma ha estado llena de buenas intenciones sin hacer nada para corregir sus hábitos. Sus Confesiones y Comuniones no dan fruto. No se prepara bien para la oración o la Misa o la confesión. No piensa en Dios sino en todo lo demás. Cuando ora, no sabe lo que quiere pedirle a Dios, ni lo que necesita, ni siquiera ante quién está de rodillas.

Qué triste, ¿no? Pero, ¡qué fácil caer en esta tibieza! Es claro que esta alma tibia no ama al Señor con todo su ser y toda su fuerza. Porque sabemos qué significa amar a una persona, ¿no? Significa: que pensamos en esa persona muy a menudo; que queremos complacerlo; que queremos estar con esa persona; que queremos hablarlo y conocerlo mejor; y que nos preocupa cualquier herida o falta o necesidad que tenga, y qué podamos hacer para remediarlo. Son indicaciones de amor, ¿no? Y así:

  • Cuando amamos al Señor con todo nuestro corazón, lo deseamos: deseamos estar con él, conocerlo mejor, seguirlo más cerca, unirnos a él.
  • Cuando amamos al Señor con todo nuestra alma, convertimos nuestro deseo por él en decisiones por él: libremente elegimos vivir como nos creó, obedecer todos sus otros mandamientos también, responder sí a su plan para nuestras vidas.
  • Cuando amamos al Señor con toda nuestra mente, nos esforzamos en conocer la verdad de nuestra fe, para que podamos ver y entender a nosotros mismos, a él, y a todo el mundo como él nos conoce.
  • Cuando amamos al Señor con todas nuestras fuerzas, estamos listos para desear, elegir, y pensar de la manera que Dios quiere, aún cuando sea difícil o peligroso o nos cause dolor—cuando debemos unirnos a Cristo en la cruz.

Notamos que nuestro Señor Jesús junta el mandamiento de amar a Dios al mandamiento de amar a nuestro prójimo. Van juntos; y de verdad debemos ser así. Has oído, ¿no?, que si no amamos a nuestro prójimo, entonces no amamos a Dios de verdad. Así es. Pero el converso también es la verdad: si no amamos a Dios, no lograremos en amar a nuestro prójimo.

  • Cuando amamos a Dios sobre todas las cosas, entonces podemos amar a todas personas y todas cosas como él los ama. Cuando sabemos que sólo Dios puede satisfacernos, no imponemos esa carga sobre un mero ser humano, aún un esposo—sino somos librados a amarlos como deberíamos.
  • Y cuando hemos aprendido la verdad de cómo son y quiénes son estos seres humanos, y qué es su bien verdadero, podemos desear ese bien—y no caer en un sentimentalismo vacío en el cual actuamos contra su bien.

Cuando somos fundados en el amor de Dios y en su verdad, somos librados y capacitados a amar de verdad a nuestro prójimo.

¿Y qué elegí cuando era un adulto joven? ¿A buscar una vaciedad del deseo? No, porque supe que quise estar llenado por el amor. Y el camino hasta ese propósito es muy largo: ¡cuesta toda la vida! Pero vale la pena. Con la ayuda de confesión regular—en la cual confesamos nuestros fracasos de amar, y el Amor mismo nos levanta de nuevo—y con otras gracias, continuemos todos a progresar en este camino brillante que nuestro Señor Jesús nos ha abierto.

El fallecido padre jesuita Pedro Arrupe escribió:

Nada es más práctico que encontrar a Dios; que amarlo de un modo absoluto, y hasta el final. Aquello de lo que estés enamorado, lo que arrebate tu imaginación, lo afectará todo. Determinará lo que te haga levantar por la mañana, lo que hagas con tus atardeceres, cómo pases los fines de semana, lo que leas, a quién conozcas; lo que te rompa el corazón y lo que te llene de asombro con alegría y agradecimiento. Enamórate, permanece enamorado, y eso lo decidirá todo.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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