El don suave pero ardiente del Espíritu Santo

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Domingo de Pentecostés, Año C: 19 Mayo 2013
Misa del Día: Hch 2, 1-11; Sal 103; 1 Cor 12, 3-7.12-13; Jn 20, 19-23

En el primer domingo de Pentecostés, los discípulos experimentaron la efusión del Espíritu Santo (CIC 731). Oímos de este evento en la primera lectura—y de las maravillas que siguieron, de que hablaron con valentía a otros acerca de Jesús en idiomas que no habían conocido. Fue un día increíble—un día a veces llamado “el nacimiento de la Iglesia.”

Pero, ¿qué es el Espíritu Santo? O, más bien, deberíamos preguntar: ¿quién es el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo es una de las tres Personas Divinas en la Santísima Trinidad. Es decir, a nosotros ha sido revelado el misterio de que el único Dios es una trinidad de personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres personas, una naturaleza divina. La Segunda Persona de la Trinidad, Dios Hijo, se nos reveló cuando fue enviado en su misión al encarnarse como hombre, nuestro Señor Jesucristo, a vivir entre nosotros, a predicar y servir y llamar a otros hacia él, a sufrir y morir en la cruz y resucitar de entre los muertos para nuestra salvación, y a ascender al Padre.

Y luego la Tercera Persona, el Espíritu Santo, se nos reveló cuando fue enviado en su misión: que es habitar dentro de cada uno de nosotros que ha sido bautizado en Cristo; para animarnos, enseñarnos, guiarnos; para hacernos santos.

El Espíritu Santo se manifestó en forma de paloma cuando nuestro Señor Jesús fue bautizado; y es tan hermoso y puede ser tan suave como una paloma. Pero en el día de Pentecostés, su venida fue señalada por un gran ruido como cuando sopla un viento fuerte y por lenguas de fuego; y de hecho él es tan fuerte, tan poderoso, tan transformando.

El Espíritu Santo viene para hacernos santos: que significa hacernos como Dios, para hacernos como Cristo, para hacernos también caracterizados por el amor, por un amor verdadero y generoso, donando aún a nosotros mismos. ¿Y qué efectos podemos esperar ver de su presencia en nuestras vidas? Una respuesta completa a esa pregunta podría ser larga y también un poco diferente para cada persona; pero consideremos brevemente tres respuestas básicas que son comunes a todos nosotros, que nos describe el Catecismo (733-36).

Primero, el Espíritu Santo trae la remisión de nuestros pecados. Antes de nuestro bautismo, estábamos muertos por el pecado, y el Espíritu Santo nos levantamos a la vida en Cristo cuando nos lavó todos nuestros pecados. Y cuando nos hacemos de nuevo muertos o al menos heridos por el pecado, el Espíritu Santo actúa en la confesión sacramental para perdonarnos de nuevo y restaurar esa vida dentro de nosotros. En nuestra lectura del Evangelio, oímos que nuestro Señor Jesús sopló el Espíritu Santo sobre los apóstoles para darles la capacidad de perdonar los pecados. ¿Tiene usted pecados graves que necesitan ser perdonados? No lleve ese peso, esa falta de vida: vaya a la confesión y reciba el limpiar del Espíritu Santo.

Segundo, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la Vida misma de la Santísima Trinidad; una participación de ese amor maravilloso y generoso, que es el principio de nuestra vida completamente nueva en Cristo. ¿Ha entrado en esta comunión, esta participación en la vida de la Trinidad, en la oración hoy? El Espíritu Santo puede hacerlo capaz de vivir esta comunión, y así hacer su vida diaria totalmente diferente.

Tercero, el Espíritu Santo nos hace capaces de dar fruto. Al vivir estas vidas transformadas, encontraremos producido en nosotros lo que St. Paul llama el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza. Este fruto es un don que disfrutamos; es un don que compartimos con los demás; y es un regalo que también ofrecemos a Dios mientras que, cada vez más, vivimos de acuerdo con la guía del Espíritu.

Por lo tanto, escuchemos la voz del Espíritu Santo dentro de nosotros: una voz suave, fuerte, poderoso, ardiente, tratando de hacernos santos y amando con el amor verdadero. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

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