En la humildad, liberado y fundado

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XXII Domingo Ordinario, Año C: 1 Septiembre 2013
Sir 3, 19-21.30-31; Sal 67; Heb 12, 18-19.22-24; Lc 14, 1.7-14

En las lecturas de hoy, se nos insta a tener humildad y humillarnos. Pero, ¿qué significa esto?

  • ¿Significa la humildad no hacer nada para aprender más, u obtener un buen trabajo, o mejorar nuestra condición de vida? No.
  • ¿Significa la humildad decir falsamente que no valemos nada, que no tenemos buenas cualidades o talentos o habilidades? No.
  • ¿Significa la humildad pasivamente dejar que la falsedad o el mal nos aplasten, y nunca hablar o actuar por la verdad y la bondad? No.
  • ¿Significa la humildad ponernos hacia abajo, con el objetivo de manipular a otros a decir o hacer cosas para nosotros? No.

Y está claro que este último punto es lo que nuestro Señor Jesús parece recomendar, cuando dice que cuando somos invitados a un banquete deberíamos tomar el último lugar, para que el huésped responda por pedirnos que subamos. Pero aquí no nos está dando consejos literales sobre banquetes humanos: él está diciendo una parábola, y usando lenguaje exagerado para imaginar una situación humana, no para instruirnos a actuar exactamente de esta manera, sino para revelar la verdad que él quiere enseñar. Vamos a considerar qué es esa verdad en un momento.

Si buscamos en el Nuevo Testamento las menciones de la humildad y de humillarse, dos personas que descubrimos son Jesús y María.

  • María es la sierva humilde, que reconoce que el Señor ha hecho grandes cosas por ella—como regularmente él levanta a los humildes.
  • Y Jesús describe a sí mismo como “manso y humilde de corazón”—como es, él que vació a sí mismo en la Encarnación para vivir como uno de nosotros, y entonces se humilló aún más hasta morir en la cruz.

¿Y qué vemos en ellos? ¿Vemos la falsedad, baja autoestima, pasividad, o manipulación? ¡No! Vemos la verdad y el valor y la energía y la confianza. Lo que no vemos es el miedo o la soberbia.

Y el miedo y la soberbia están relacionados—y esto nos lleva al corazón de la cuestión. ¡Nosotros, los seres humanos, tenemos muchas necesidades! Necesitamos la comida, el vestido, la vivienda; pero igualmente necesitamos el amor, el respeto, y un propósito en nuestra vida. ¡Necesitamos estas cosas! ¿Y, si nadie nos las diera? ¿Qué pasa si ningún ser humano nos amara, ni nos respetara, ni nos honrara? ¿Si no importara a nadie lo que pensamos o queremos; si nadie creyera que valemos nada?

Del miedo que esto podría pasar viene la soberbia—un intento de proyectar una exageración de lo que somos, y entonces exigir a los demás, incluso obligarlos, que nos honren, nos prefieran, nos obedezcan. Y es muy fácil caer en esto. Aún alguien que es materialmente pobre y maltratado en el trabajo y marginado de la sociedad puede poner una cara soberbia y exigente con su familia, su cónyuge, sus hijos.

De esta manera, en la soberbia, intentamos presentarnos como una gran montaña: enorme, impresionante, poniendo miedo en los demás. Pero si subimos una montaña, ¿qué encontramos? Mientras que subimos más alto, disminuye la vida; cruzamos la línea de árboles; y finalmente llegamos al lugar donde casi no hay vida en absoluto, y quizá sólo la roca dura.

Pero Jesús tiene otro camino; y en la segunda parte de la lectura del Evangelio nos da su respuesta. ¿Recuerde que él nos dijo que, en invitar a una cena, no deberíamos invitar a personas que nos podrían recompensar, sino más bien invitar a los que no nos pueden recompensar, para que seamos recompensados por—Dios? Y ahí está. De nuevo, Jesús revela el núcleo de su identidad: que él sabe que él es el Hijo, siempre conectado con el Padre. Y esto es lo que él también nos enseña: si conocemos a nosotros mismos como los hijos adoptivos y amados de Dios Padre, que nunca nos olvida, que nunca deja de amarnos, que nunca para de considerarnos valiosos—entonces, hemos sido liberado de miedo, liberado de soberbia, y capacitado para ser humilde.

Y la humildad no es como la montaña sino como el valle abajo: invisible, inadvertido; pero receptivo a absorber todos los regalos que vienen a él desde arriba; y por lo tanto lleno de vida, lleno de vida vegetal y de vida animal. Esta es la forma verdadera de la humildad; porque nos da la posibilidad:

  • de conocer la verdad acerca de nosotros mismos y reconocerla ante nosotros mismos y ante los demás;
  • de tener el valor de decir y hacer lo que es correcto, y sin temor de represalias;
  • de preocuparnos por las necesidades de los demás y ayudarlos, sin preguntarnos si nos pueden recompensar.

Aunque la soberbia nos puede hacer duro e impermeable, la humildad suaviza nuestras conchas y nos permite recibir todo lo que Dios quiere darnos—como el valle y no la montaña rocosa. Como Jesús, como María “tenemos este tesoro en vasos de barro” como escribió San Pablo (2 Cor 4, 7), y el poder de Dios se perfecciona en la debilidad. (2 Cor 12, 9)

¿Qué quiso decir Jesús cuando dijo: “Cuando uno está invitado a un banquete, ocupe el último lugar”? ¡Bueno, aquí estamos en un banquete, en la Santa Misa, que es una prenda y una participación inicial del Banquete del Cordero, la Cena del Señor, celestial! Y ¿cómo empezamos? Al tomar el último lugar: “Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho…” Sin pretensiones, sin soberbia, simplemente reconociendo la humilde verdad ante Dios y ante los demás para que podamos recibir todo lo que él quiere darnos. Para que Dios mismo nos pueda decir: ¡Amigo, sube más arriba!

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