Su fuego trae el cambio

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XX Domingo Ordinario, Año C: 18 Agosto 2013
Jr 38, 4-6.8-10; Sal 39; Hb 12, 1-4; Lc 12, 49-53

A menudo oí decir en inglés que “a la gente no les gusta el cambio.” Parece que esto aumenta a medida que envejecemos; y que sin duda aumenta cuando arreglamos las cosas de nuestras vidas como las queremos. En extender esto, parece que los americanos tienen un talento para cambiar todas las religiones que encuentran—ya sea el catolicismo o el budismo u otra—en el mensaje de que somos perfectos tal y como somos, y no hay que cambiar nada; ¡son los demás que tienen que cambiar! Sólo déjenos en paz.

Pero este no es el mensaje y la misión de nuestro Señor Jesús. ¿Qué oímos de sus palabras en nuestra lectura del Evangelio de hoy? “¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer paz, sino la división.” Y también dice muy provocativamente: “He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!”

Jesús establece la analogía de comparar lo que está haciendo, al fuego. Y así hacemos bien en considerar lo que el fuego ordinario y físico es y hace. ¡Es un gran agente de cambio! Sabemos que ha sido muy importante en la historia de la raza humana. Con el fuego, en la oscuridad, podemos tener luz. En frío, podemos tener calor. Hemos sido capaces de cocinar los alimentos de manera segura; y de purificar metales y remodelar ellos. Hemos sido capaces de esterilizar por matar los gérmenes, y de destruir los objetos que queríamos eliminar o quitar. Todos estos son cambios que deseamos.

Pero el poder del fuego siempre lleva el riesgo de que pueda escapar a nuestro alcance, hasta que no seamos su dueño; hasta que no sólo mata a los gérmenes, pero a nosotros; hasta que no destruye sólo basura, sino las posesiones que necesitamos o deseamos. Dependemos de fuego natural, pero también tenemos miedo de él, y trabajamos para mantenerlo bajo control.

Nuestro Señor Jesús dijo: “He venido a traer fuego a la tierra.” Pero el fuego no es impersonal, sin inteligencia, sin sentimientos, como el fuego natural que conocemos; es el amor de su Sagrado Corazón. Nuestro Señor Jesús ha traído el fuego de su amor, su poder, su santidad, a un mundo que es frío, oscuro, húmedo, y enfermo; y él desearía que ya estuviera ardiendo.

Y eso significa cambio. A veces damos la bienvenida a esto, como cuando le oímos decir: “El Espíritu del Señor… me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres… a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos.” (Lc 4, 18) ¡Esto nos parece muy bien! Pero ¿qué pasa cuando quiere realizar esto, por cambiarnos adentro? ¿Por quemar nuestro egoísmo y la codicia y la ira? ¿Por matar a nuestra lujuria y el resentimiento? ¿Por quemar nuestros hábitos malos y las posesiones innecesarias que nos agobian? ¿Por encender un amor para nuestro prójimo? ¿Podemos confiar en él? ¿Es éste un bueno y beneficioso fuego?

¡Sí, que podemos confiar en él! ¡Él es bueno! Y así los santos nos urgen. Con sus ejemplos, nos muestran lo que viene de recibir el fuego de Jesús; con sus oraciones, nos ayudan a decir que sí a él. Y por eso, como hemos escuchado en la segunda lectura:

Rodeados, como estamos, por la multitud de antepasados nuestros, dejemos todo lo que nos estorba; librémonos del pecado que nos ata, para correr con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fija la mirada en Jesús, autor y consumador de nuestra fe.

Jesús le ama a usted tal como es; y ¡le ama demasiado para dejar que se quede así!

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