El amor, la muerte, y la Resurrección

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Homilía en Novena de la Medalla Milagrosa, 29 Abril 2013
1 Jn 4, 7-10.16-19

Una frase en el Cantar de los Cantares (8, 6) nos dice: “Fuerte como la muerte es el amor.” Y reconocemos este deseo dentro de todo amor, ¿no? En el amor de un hombre por una mujer, o una mujer por un hombre; o los padres por los niños, u en otras relaciones familiares; o en una gran amistad; o incluso en el amor por un lugar, una nación, una idea, una obra de arte. En el amor queremos que nuestro amor, y sobre todo el amado, y nosotros que amamos—que todos seamos inmunes a la muerte.

El joven teólogo P. Joseph Ratzinger, ahora Papa-Emérito Benedicto XVI, escribió en su libro Introducción al cristianismo hace unos 45 años:

… El amor postula perpetuidad, imposibilidad de destrucción, más aún, es grito que pide perpetuidad, pero que no puede darla, es grito irrealizable; exige la eternidad, pero en realidad cae en el mundo de la muerte, en su soledad y en su poder destructivo.

El joven P. Ratzinger consideró dos formas por las cuales personas han tratado de obtener una especie de inmortalidad: de vivir más allá de la muerte en sus hijos, o en su fama. Pero ambos, él observa, nos dan sólo una existencia irreal, una sombra, un no-ser más que un ser, y entonces el hijo, o el que conoce nuestra fama, también muere, y aún el recuerdo fantasmal desaparece.

El amor quiere más. Pero cuando el amor se encuentra la muerte, el amor siempre pierde.

Y, de hecho, puede parecer que, cuanto más se ama, más rápido se pierde a la muerte—más rápido la vida se termina por un acto violente y depredadora de una persona o una fuerza natural. Podemos defendernos de nuestros enemigos, como lo hemos hecho, una y otra vez; pero vemos una y otra vez, que tan a menudo, para defendernos de ellos, tenemos que adoptar algunos de sus métodos y sus pensamientos; para sobrevivir, tenemos que cambiar y convertirnos a parecer a ellos. Para simplemente sobrevivir, el amor debe disminuir.

Y así, escribe el teólogo moral Dr. Germain Grisez (uno de mis profesores en el seminario; en La Vida Realizada en Cristo), en un mundo cercado por la muerte, una persona moralmente buena, pero racional, va a cubrirse, a contenerse, si podemos decirlo así. No importa cuánto podría desear que todos los seres humanos alcancen una realización perfecta en todos los bienes humanos: reconoce que esto no es una meta asequible, sino simplemente un ideal. Él se guardará de actuar en contra de uno de estos bienes; hará bien a los demás, de manera activa y enérgica; pero no lo hará con sacrificio. Él no va a “tomar su cruz.” Sin hacer daño a los demás, no obstante tratará de maximizar los bienes que él mismo disfruta dentro de los límites finitos de esta vida terrenal—ya que, después de todo, eso es todo lo que hay. Y esto es lo que es moral, pero también racional, si no hay resurrección.

Qué diferente fue la vida de Jesús de Nazaret: qué bonito, y qué trágico. Porque no se cubrió. Dio sacrificadamente, viajando para llegar a los necesitados, hablando la verdad en la caridad; abrazando, alimentando, curando, liberando de las fuerzas naturales y humanas y sobrenaturales. Y cuando las amenazas violentas lo circularon, él no cambió. No huyó y no dejó de hacer lo que hacía; sin embargo, tampoco se resistió y así hacerse corrompido en la imagen de sus enemigos. Continuó a amar, y él también fue aplastado: traicionado, condenado falsamente, torturado, matado, y sepultado. Cuando el amor se encuentra la muerte, el amor siempre pierde.

¡Pero en esta vez, no! ¡Esta vez, al tercer día, nuestro Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos—glorioso y triunfante y transformado! ¡Esta vez, el amor venció a la muerte; esta vez, finalmente, el deseo del amor y el grito del corazón fueron cumplidos!

Nuestro Señor Jesús no hizo lo que, el joven P. Ratzinger observó, a menudo hacemos nosotros seres humanos mortales. No tuvo anhelo de autarquía; que quiso permanecer en sí mismo. Tampoco buscó sobrevivir en descendientes humanos o en la fama humano, una existencia sombría confiada a administradores que también morirán. No, nuestro Señor Jesús se confió a el que es, a Dios Padre, el Dios vivo, la fuerza original de mi ser. Él se encomendó al Padre; y así su amor fue más fuerte que la muerte.

Y así, el P. Ratzinger concluye:

Una de dos, el amor es más fuerte que la muerte o no lo es. Si en él el amor ha superado a la muerte, ha sido como amor para los demás. Esto indica que nuestro amor individual y propio no puede vencer a la muerte; tomado en sí mismo es sólo un grito irrealizable; es decir, sólo el amor unido al poder divino de la vida y del amor puede fundar nuestra inmortalidad.

Porque el amor ha vencido a la muerte; porque la resurrección se ha revelado y comenzado; entonces todo cambia. Si esta vida terrenal parece a una habitación finita, entonces la resurrección de nuestro Señor ha derribado la pared del fondo, para revelar una vasta extensión—en realidad, una extensión infinita, mucho más grande que la pequeña habitación original que ahora se revela como una mera entrada.

Así, el amor, el amor sin límites, no sólo es posible, sino es racional. Ahora, observa el Dr. Grisez, es verdaderamente posible que todos los seres humanos puedan alcanzar el cumplimiento perfecto en todos los bienes humanos—en el reino de los cielos, en cooperación con Dios; en Jesús, convertirse en una comunidad perfecta, regocijando y realizada Ahora nuestra bondad no tiene límites; ahora las normas morales cristianas
no estarán en contradicción con las normas de la ley natural, sino irán más allá de ellos. Ahora es verdaderamente racional tomar nuestras cruces y seguir a Jesús, amando hasta el punto de sacrificio, de sufrimiento, incluso al martirio; porque ¡mira lo que gana el amor!

O, como P. Ratzinger lo dijo:

Cuando para una persona el valor del amor es superior al valor de la vida, es decir, cuando está dispuesta a subordinar la vida al amor por causa de éste, el amor puede ser más fuerte que la muerte y mucho más que ella. Para que el amor sea algo más que la muerte, antes tiene que ser algo más que la simple vida.

Por lo tanto, en la resurrección de nuestro Señor es el amor vindicado; por lo tanto, sabemos lo que es el amor; por lo tanto, somos hechos capaces de amar. El amor que Dios nos tiene, se ha manifestado en que envió al mundo a su Hijo unigénito para que vivamos por él…. En el amor no hay temor. Al contrario, el amor perfecto excluye el temor… Nosotros amamos, porque él nos amó primero.

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