Las tribulaciones de esta vida, en la cronología de la Resurrección

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V Domingo de Pascua, Año C: 28 Abril 2013
Hch 14, 21-27; Sal 144; Ap 21, 1-5; Jn 13, 31-35

Hace cuatro semanas, en el domingo de Pascua, celebramos la resurrección de nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos. Porque, después de su pasión y crucifixión y muerte y sepultura, al tercer día resucitó de entre los muertos, gloriosamente vivo, su cuerpo transformado. Ese fue el principio de la Resurrección, porque el Señor Jesús fue las primicias de ella—el principio de la cronología de la Resurrección.

Y hoy, en el quinto domingo de Pascua, vemos una visión del cumplimiento de esa cronología. Porque nuestro Señor Jesucristo vendrá de nuevo, y resucitará a cada ser humano de entre los muertos, y él juzgará a cada persona y dará recompensas eternas y castigos eternos. Y transformará el universo entero, para que todas las personas y toda la creación lleguen a participar plenamente en su resurrección. Y entonces, como hemos oído en la segunda lectura: habrá “un cielo nuevo y una tierra nueva… y la morada de Dios con los hombres… Dios les enjugará todas sus lágrimas, y ya no habrá muerte ni duelo, ni penas ni llantos, porque ya todo lo antiguo terminó.” Qué hermoso, ¿no?

Así, entonces, son el principio y el cumplimiento de la Resurrección, desde el Domingo de Pascua hasta el Último Día. Pero, así como podemos identificar su principio y cumplimiento en términos absolutos, también podemos localizar cada una de nuestras historias personales dentro de esta cronología.

Para cada uno de nosotros, nuestra entrada en la historia de la Resurrección—o más bien su entrada en nuestra historia—ocurrió en nuestro bautismo. Porque en ese momento estuvimos unidos a Cristo en su muerte y resurrección, y el poder de su resurrección fue aplicado a nuestras almas: transformándolas, limpiando todo el pecado, y dándonos al Espíritu Santo para morar dentro de nosotros. ¡Fue increíble—algo que no estaba disponible a ninguna persona antes de que nuestro Señor Jesús murió y resucitó! Y si eso fue el principio de la resurrección para cada uno de nosotros, entonces nosotros también esperamos el Último Día, cuando nuestros cuerpos también serán transformados por la Resurrección hasta ser como el cuerpo resucitado de nuestro Señor.

Pero si ese es nuestro destino; si esa es nuestra realización; entonces, ¿con qué propósito es esta vida terrenal? ¿Por qué no ir directamente a lo mejor? ¿Por qué este valle de lágrimas?

Escuchamos la respuesta en el Catecismo (1263-64):

Por el Bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado. En efecto, en los que han sido regenerados no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios… No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia

¡Y estos no son de menor importancia! Sufrimientos, muerte, la inclinación al pecado: ¿por qué eran dejados? ¿Estaban simplemente pasados ​​por alto? ¿Por qué no estaban eliminados en el bautismo? El Catecismo dice que esto no fue un accidente cuando observa:

«La concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes bien (citando a San Pablo) “el que legítimamente luchare, será coronado.”»

Y ahí tenemos un indicio de por qué. Cualquier buen padre no va a hacer todo por sus hijos, sino a propósito dejará ciertos pasos, ciertas tareas, para que el niño las complete por sí mismo. Si no, ¿cómo podría aprender y crecer, tanto en las habilidades y el carácter? Y parece ser algo similar con el Señor. Mientras que sin duda podría haber caído en picado y nos arrebatado del todo, como un Deus ex machina, en cambio tuvo un plan diferente. Por la razón de nuestra dignidad, quiso que tengamos una participación en nuestra propia liberación. Quiso que tengamos una participación en vencer a los antiguos enemigos, a Satanás y el pecado y la muerte, a los cuales nuestros primeros padres habían capitulado. Y así, después de transformarnos y equiparnos en el bautismo, y mientras que nos da el alimento regular de la Eucaristía y la limpieza regular de la confesión, y cumple su promesa de nunca dejarnos ni abandonarnos, nos deja una parte en su batalla para que podamos verdaderamente participar de su victoria.

Así San Pablo dijo en la primera lectura: “Hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.” ¡En serio! Pero vale la pena. Como San Pablo también escribió a los romanos: “Considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada.” Y sabemos que San Pablo sufrió mucho en vivir su vocación como apóstol del Señor, como también nosotros sufrimos en vivir nuestras vocaciones. Y él dice: no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada. Vale la pena.

Entonces, ¿qué es esta vida terrenal, en la cronología de la Resurrección? Es el periodo cuando cooperamos con nuestro Señor Jesús en superar el residuo del pecado en nuestras vidas: las acciones, las omisiones, los hábitos, las actitudes, el miedo, la debilidad ante la tentación. Es cuando crecemos en cumplir su mandamiento nuevo de amarnos unos a otros como él nos ha amado. Es cuando nos hacemos totalmente pacientes y bondadosos, humildes y misericordiosos, pacificadores y de limpio corazón, sufriendo todo, creyendo todo, esperando todo (cf. Mt 5, 1-12; 1 Cor 13); cuando vencemos con el bien el mal (Rom 12, 21), de modo que nada nos pueda empujar ni atraer desde el camino del amor verdadero y fuerte para Dios y nuestro prójimo. Es cuando nos hacemos lo que él nos ha hecho en el bautismo; es cuando nos hacemos santos.

El que estaba sentado en el trono, dijo: “Ahora yo voy a hacer nuevas todas las cosas.” ¡Sí que lo hace! Sigamos muy cerca a nuestro Señor resucitado, el autor y consumador de nuestra fe (Heb 12, 2). ¡Vale la pena!

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