La noticia buena e inquietante de la Resurrección

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Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor:
31 Marzo 2013

Hch 10, 34.37-43; Sal 117; Col 3, 1-4; Lc 24, 13-35

Imagine por un momento qué habría pasado si la resurrección no hubiera ocurrido. En ese caso, cuando llegaron las mujeres al sepulcro muy de mañana, llevando sus perfumes, habrían encontrado la piedra todavía sentada firmemente en frente del sepulcro; y habrían tenido que encontrar a algunas personas para ayudarles a retirarla; y entonces habrían ungido el cuerpo muerto de Jesús. Habría sido una escena triste y depresiva: las mujeres, lamentando este profeta de Galilea, que había ido pasando haciendo el bien, sanando a muchos—ahora sólo otra víctima, traicionado por sus compatriotas y aplastado por el imperio.

¿Habría sido el final de la historia? Tal vez no, piensa un escritor (Caryll Houselander, This War Is the Passion): seguramente en todos los tiempos habría habido algunos, como Santa María Magdalena y San Juan, que habrían venido lamentando, llevando su precioso perfume del amor. Pero habrían sido pocos, y el mundo cristiano habría sido un mundo del llanto, sobre el amor derrotado una vez más; llenos de tristeza—como fueron esos dos discípulos en el camino a Emaús en aquella tarde—pero para siempre.

Pero eso no es lo que pasó, ¿verdad? ¡No! Porque en ese primer domingo de Pascua, las mujeres estuvieron desconcertadas al encontrar que la piedra ya había sido retirada del sepulcro, que no hubo ningún cuerpo muerto en ninguna parte, sino dos ángeles con vestidos resplandecientes con un mensaje para proclamarles; y pronto Jesús mismo apareció a ellos. Y entonces las mujeres y los apóstoles proclamaban el mensaje a los demás—viajando a otros países e incluso a los extremos de la tierra para difundir las buenas noticias.

Y ¿qué eran esas buenas noticias?

  • ¿Fueron: “¡Quiero informarles que es la primavera! ¡Y es cálido y soleado, y las flores florecen y los pollitos y conejitos nacen!”?
  • ¿Fueron: “¡He venido con urgencia para contarles acerca de un rabino muerto que me pareció muy inspirador!”? (Padre Robert Barron, serie Catholicism)
  • No, ¡fue la resurrección! ¡Fue la noticia que Jesús no estaba entre los muertos, sino que había resucitado; que Dios lo resucitó al tercer día; que resucitó Cristo, mi esperanza! Lo han visto, y han hablado con él; lo han tocado y han comido y bebido con él. Y los había mandado predicar las noticias.

¿Y qué les significó la resurrección? Algo realmente sorprendente. Porque ellos supieron tanto como nosotros que, como decimos en este país, no hay nada seguro excepto la muerte y los impuestos. Entonces, ¿qué pasaría si la muerte se volviera incierta?—¿si en algún momento fuera derrotada o deshecha? Entre los judíos del siglo primero, hubo mucha controversia acerca de si pasaría la resurrección—los fariseos entre los que dijeron que sí, los saduceos entre los que dijeron que no—pero todos estaban de acuerdo en esto: que, si alguna vez la resurrección ocurriera, pasaría el fin del mundo tal como lo conocemos.

Y en la resurrección de Jesús, la muerte fue conquistada y empezó algo completamente nuevo y transformador. Porque nuestro Señor Jesús no tropezó del sepulcro, agotado y sangriento. Tampoco no regresó a reanudar su vida terrena ordinaria. Más bien, él resucitó corporalmente, pero con su cuerpo transformado. Todavía era muy capaz de operar dentro de este mundo, pero con tal poder que las cerraduras y las paredes y las distancias y las apariencias, todos se dispersaron ante él.

Y en esto reside la mayor sorpresa de todas: que la resurrección había comenzado, superpuesta a este mundo del espacio y tiempo y pecado y muerte, surgiendo dentro de él, como una invasión de algo completamente diferente. Y Cristo hizo que la resurrección surgiera, superpuesto, no sólo a este mundo, sino individualmente en cada uno de nosotros que fuéramos bautizados en él; porque el poder de la resurrección está aplicado a nuestras almas en el bautismo, transformándonos, aún ahora mismo, mientras que esperamos el último día, cuando nuestros cuerpos serán transformados también.

Es una locura, ¿no? ¿Qué se puede hacer con eso? Es como San Pablo nos escribió en la segunda lectura: su vida está escondida con Cristo en Dios… Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra.

Habría sido más sencillo si Jesús hubiera quedado muerto en el sepulcro, ¿no? Nuestro nuevo Santo Padre, el Papa Francisco, observó en su homilía anoche que conocemos lo que es visitar un monumento o un sepulcro de un grande personaje del pasado que sólo vive en el recuerdo de la historia. Lo conocemos; estamos seguros en mantenerlos bien lejos. Pero Jesús no nos deja mantenerlo lejos. Resucitó de entre los muertos; salió del sepulcro y entra en nuestras vidas, algo parecido a lo que hizo en las vidas de estos dos en el camino a Emaús. Y al mismo tiempo que eso convierte nuestra tristeza en alegría, también puede sacudirnos y hacernos sentir inseguros y temerosos. ¿Qué deberíamos hacer con esto? ¿No podemos mantenerlo lejos a Jesús, a una distancia de seguridad? ¿No podemos mantenerlo en el sepulcro?

Y el Papa Francisco nos exhorta:

Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere.

Busque el resucitado Cristo hoy, ahora mismo. ¿Cómo puede hacer esto? Ofrezco tres recomendaciones breves y fundamentales:

  • Primero, la oración. En todos los días, tome unos minutos para estar consciente de la presencia de nuestro Señor resucitado con usted y de su amor por usted. Lo puede hacer en cualquier lugar, pero especialmente conviene visitar una iglesia en la cual está presente en el Santísimo Sacramento. Hable con él acerca de usted mismo, de su vida, de sus experiencias y sentimientos; y escuche lo que dice como respuesta.
  • Segundo, la confesión. La confesión sacramental es una forma maravillosa de experimentar el amor personal de nuestro Señor para usted, mientras que limpia sus pecados. Y, si ahora usted está llevando pecados graves aún no confesados, entonces usted en este momento está espiritualmente muerto; pero en la confesión nuestro Señor Jesús restaurará su participación en la vida divina.
  • Tercero, asegúrese de asistir a Misa todos los domingos. Porque en este Día del Señor celebramos la resurrección, no solo una vez cada año, sino en todas las semanas; y así usted se unirá a nuestro Cristo resucitado en una manera única entre toda la vida—reconociéndolo al partir el pan.

Nuestro Señor Jesús está muy cerca de usted, sobre todo en la oración, la confesión, y la Misa. Es él que venció a la muerte; es él que es nuestra esperanza y nuestro Salvador; él tiene el poder de sanarlo y salvarlo a usted, y a transformar su vida. Deje que este Domingo de Pascua sea para usted el primer día de una vida completamente nueva.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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