La verdad del Viernes Santo

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Viernes Santo de la Pasión del Señor: 29 Marzo 2013
Is 52, 13—53, 12; Sal 30; Heb 4, 14-16; 5, 7-9; Jn 18, 1—19, 42

En el Viernes Santo nos encontramos cara a cara con la pasión, el sufrimiento, de nuestro Señor Jesucristo. Y es un sufrimiento doloroso y terrible. Nos golpea presenciarlo: oírlo de nuevo, verlo de nuevo, en el drama y la liturgia, en la memoria y la historia.

De hecho, nos horrorizamos al verlo— como hemos escuchado en la primera lectura—porque estaba desfigurado su semblante, que no tenía ya aspecto de hombre…

Es algo que vemos en ciertas estatuas que representan vívidamente sus heridas, sus contusiones, su carne desgarrada, su sangre derramada. Aquí en los Estados Unidos, tal vez estuvimos reintroducidos a estas imágenes más fuertemente por la película La Pasión de Cristo hace nueve años. Y, en efecto:

Así asombrará él a muchas naciones. Ante él los reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se les había contado y comprenderán lo que nunca se habían imaginado… despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento; como uno del cual se aparta la mirada…

Pero sabemos que el Señor Jesús no estaba solo en estas cosas terribles que sufrió. Porque él entró en nuestro sufrimiento; y tomó sobre sí lo que muchos otros habían sufrido, de diferentes maneras, y siguen sufriendo hoy.

  • Porque hay demasiados inocentes que sufren de maltrato y abuso: sobre todo los pobres y los débiles; especialmente los niños.
  • Y hay demasiados que son traicionados por quienes les deberían amar y proteger: traicionados aun por sus padres o sus esposos o sus hijos, por los profesores o funcionarios del gobierno o incluso sacerdotes.
  • Hay demasiados triturado por la mentira y la injusticia; demasiados oprimidos por imperios.
  • Hay demasiados que están horriblemente torturado y humillado y condenado a muerte, por una razón u otra.

En verdad, nuestro Señor Jesús soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores.

Pero su sufrimiento no es sólo un espectáculo ante el cual estamos horrorizados, asombrados y con la boca cerrada, mirándolo, hasta que finalmente nos apartamos. Hay una verdad sobre él, debajo de la superficie sangrienta, que debemos buscar, y captar, y comprender, y abrazar.

Y este aspecto de la verdad se enfatiza por el hecho de que gran parte de la Pasión ocurre en un juicio: en el cual hay preguntas formuladas y contestadas, para descubrir la verdad de la cuestión, y pronunciar sentencia sobre lo que deberíamos hacer. Al menos, así es como un juicio debería funcionar; y así qué conveniente que nuestro Señor Jesús declaró: “Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.”

Y en teoría, ¿quién podría estar en desacuerdo? Todos queremos saber la verdad, y queremos ordenar nuestras vidas de acuerdo a lo— ¿no? ¿O lo queremos de verdad? ¿Qué es lo que vemos en los que encuentran a Jesús en su pasión?

  • Los líderes judíos en Jerusalén lamentablemente se habían cegado a la verdad sobre él. Ya estaban atrapados en errores, y se convirtieron aún más enredados por su propia soberbia y envidia. Y así vemos que no buscan la verdad, sino simplemente persiguen sus propios objetivos—y están listos a poner testigos falsos (cf. Mt 26, 55-62; Mc 14, 55-59), y amenazar al gobernador romano, con el fin de obtener lo que quieren.
  • Y vemos a San Pedro, que sabe la verdad sobre Cristo y sobre sí mismo. ¡Él lo sabe! Pero no está dispuesto a reconocerlo ante los demás, porque tiene miedo de las consecuencias. Que él es un discípulo de Cristo se ha convertido en la verdad central de su vida, de quién es—pero cuando se enfrenta con esa verdad, responde: “No lo soy.”
  • Y también hay Poncio Pilato, el gobernador romano. Él dice cínicamente: “¿Qué es la verdad?”—mientras que lucha con la cuestión que debe decidir: ¿Es Jesús culpable de un crimen capital? Pero pronto ésta le indica otra pregunta: ¿Quién es Jesús? Y vemos que Pilato comienza a sospechar que Jesús no sólo es inocente de las acusaciones, sino que también es alguien mucho mayor que un simple ser humano; y que algo mucho mayor que una simple juicio romano está ocurriendo a su alrededor.

Y tiene razón. Porque, mientras que Jesús está en juicio, y Pilato y otros tratan de descubrir la verdad acerca de él; en un sentido mucho mayor, realmente somos nosotros los que estamos en juicio, y Jesús trata de mostrarnos la verdad acerca de nosotros. Y cuando nuestro Señor se somete a su sufrimiento, cuando soporta nuestros sufrimientos y aguanta nuestros dolores, se levanta a sí mismo como un espejo ante nuestros ojos para mostrarnos lo que somos: que somos su creación hermosa y amada, pero corrompidos, esclavizados, desfigurados nuestra semblante hasta no tener aspecto de hombre—si tan sólo pudiéramos ver la verdad.

Como él dijo a las mujeres que lo conocieron mientras llevaba su cruz: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren por ustedes y por sus hijos.” (Lc 23, 28) Porque él ha sabido que ésta era la verdad acerca de nosotros desde el momento de la Caída de Adán y Eva. Y frente a nuestro sufrimiento, él no huyó, no mintió, no manipuló, no nos acusó a nosotros, asignando la culpa y el castigo. Más bien, él entró en nuestro mundo; asumió nuestra naturaleza humana que pudo sufrir; asumió nuestra carne que pudo ser azotado; asumió nuestro corazón que pudo ser traspasado para derramar sangre y agua. Y él sometió libremente a sufrir nuestros dolores ante nuestros ojos con el fin de ser testigo de la verdad acerca de nosotros; y, aún más, para proporcionar el remedio que puede curarnos y salvarnos de ella.

Con sus sufrimientos, justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos… fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus llagas hemos sido curados.

Esta es entonces la verdad debajo de la superficie: la verdad acerca de nuestro Señor Jesús, ante el cual estamos asombrados y con la boca cerrada, y la verdad acerca de nosotros, que nos debería horrorizar aún más. Esto realmente es la verdad en amor. (Ef 4, 15) Y así, cuando nos paramos delante de su Sagrado Corazón, traspasado por nosotros, también abramos nuestros corazones a él, para recibir misericordia y hallar la gracia, la gracia que nos trae la paz, desde nuestro Señor precioso, nuestro único Salvador.

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