Domingo de Ramos: La Pasión de Jesús y la respuesta de la fe

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Domingo de Ramos, Año C: 24 Marzo 2013
Is 50, 4-7; Sal 21; Flp 2, 6-11; Lc 22, 14—23, 56

La cuenta de la Pasión y la muerte de nuestro Señor Jesucristo siempre nos afecta profundamente. Es una historia conocida: conocemos a las varias personas y eventos, sus palabras y acciones. Pero lo conocemos aún más profundamente, porque reconocemos sus elementos dentro de nuestras propias vidas; y por eso resulta más notable por ser más familiar: la interacción del amor y el odio, de la verdad y la mentira, de la avaricia y el poder y el sufrimiento, del miedo y pérdida y dolor; de la generosidad y la fidelidad, de la traición y la muerte.

En el centro de todo esto es nuestro Señor Jesucristo, que ama con toda la fuerza de su Sagrado Corazón. Y en medio de la agitación de los eventos que suceden a su alrededor, vemos que él está tratando de alcanzar a una persona tras otra, mirando a los ojos de cada persona, tratando de establecer una conexión con ellos, buscando una respuesta personal a cambio de la suya.

En el principio de la cena, oímos que dijo a sus discípulos: “Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes.” ¡Cuánto he deseado! Pero pronto sus discípulos están discutiendo sobre quién de ellos es el más importante.

Hace sólo cuatro días, cuando entró en Jerusalén, inmediatamente después de la lectura del Evangelio que escuchamos al principio de la Misa, al ver la ciudad, lloró sobre ella (19, 41); como él había dicho anteriormente,

¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! (13, 34)

Amó a San Pedro, y oró para que su fe no desfalleciera. Porque él supo, aunque Pedro había dicho valientemente que estaba dispuesto a ir con él a la cárcel y a la muerte—supo que, en al hora de la verdad, negaría tres veces que conocía.

Amó a Judas, otro de los discípulos, sabiendo que le entregaría. Y cuando llegó el momento de la traición en el Jardín, le identificó con un beso: lo que debería haber sido una señal de afecto y amistad se convirtió en algo mucho más oscuro y horrible.

En medio de acusaciones y preguntas, encontramos a nuestro Señor tirando de los corazones de la gente. “Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?” “Ustedes dicen que yo soy.” “¿Eres tú el rey de los judíos?” “Tú lo dices.” Mírate a ti mismo, y considera lo que has dicho de mí. ¿Qué cree usted de mí? Usted ha dicho esto con sus labios; ¿lo sabe en su corazón? ¿Está listo para mirarme a los ojos y hacer una conexión conmigo?

Uno de ellos está listo. Cuando nuestro Señor está en la cruz, una persona tras otra grita: “Sálvate a ti mismo.” “Que se salve a sí mismo.” “Sálvate a ti mismo y a nosotros.” —cuando no ha estado allí nunca por sí mismo, sino siempre por nosotros. Y estos gritos tratan de alejarlo, de empujarlo al aislamiento. Pero uno hace la conexión: uno de los malhechores crucificados junto a él, que dice: “Jesús, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí.”

Y ahí está: la respuesta de la fe. La respuesta de la fe de un pecador semejante a nosotros. La respuesta de la fe a la iniciativa de Jesús, al amor de Jesús, al sufrimiento de Jesús; la respuesta de la fe que abre el corazón, aunque sólo sea un poco, para dejar entrar el amor que derrama desde el Sagrado Corazón de nuestro Señor. Y eso es todo lo que necesita: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso.”

Nuestro Señor Jesús colgado en la cruz, con los brazos extendidos entre el cielo y la tierra, alcanzando a su Padre, a quien pidió que nos perdonara; y extendiendo la mano a nosotros, dispuesto a atraernos, si lo permitiremos. ¿Lo permitiremos? ¿Devolveremos amor por amor? ¿Responderemos: “Jesús, acuérdate de mí”? ¿Sí, Señor, yo creo?

En esta Misa, en todas las Misas, el Señor Jesús se hace presente a nosotros, en su sacrificio único y perfecto, en su Pasión y muerte y resurrección: todo por nosotros. Él extiende sus brazos, él derrama su corazón; dice, “¡Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes!” ¿Y usted? ¿Qué dirá?

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