La vida, el amor, y la fiesta de boda en Caná

Eschucha mp3
II Domingo Ordinario, Año C: 20 Enero, 2013
Is 62, 1-5; Sal 95; 1 Cor 12, 4-11; Jn 2, 1-11

Hubo una boda en Caná, leemos en nuestra lectura del Evangelio de hoy; y, como en nuestras bodas actuales, fue un tiempo de alegría, celebrando el principio del matrimonio de este hombre y esta mujer, novio y novia, ahora marido y mujer. Pero las celebraciones de bodas en la Tierra Santa en el siglo I fueron más largas que las de este país: duraron unos días. Hubo mucho banquetear, mucho gozar.

Pero, en esta boda particular, algo salió mal en la preparación. Estuvieron en el punto de que el vino faltó. Y tener vino fue un aspecto muy importante de sus fiestas: “Sin vino,” escribieron los rabinos de la época, “no hay alegría.” Por eso, bajo la superficie de la celebración, percibimos que hay un tono del temor, aún del pánico, de que algo estuvo a punto de salir muy mal. “Ya no tienen vino.” Es simplemente que muchos todavía no lo saben—ni el novio ni la novia, ni aún el mayordomo—todavía no.

Pero quizá los que servían supieron; quizá ellos supieron lo que estuvo a punto de suceder. Y la Virgen tuvo tal posición en esa celebración que ellos hicieran lo que les mandara. Los señaló a Jesús, que los instruyó a llenar de agua las tinajas de piedra, un total de 600 litros de agua. Y entonces los mandó a “sacar un poco y llevarlo al mayordomo.” ¿Puedes imaginar la experiencia de ser el servidor que cumplió ese mandato? ¿Que llenó una cuchara o una taza y la trajo al mayordomo y se lo dio para que lo probara? ¿Y entonces esperó su reacción airada por recibir sólo agua, que crecería hasta el pánico cuando aprendería que el vino había faltado? Podemos imaginar que el servidor temblaba mientras que entregó la copa al mayordomo y esperó el golpe—

—pero entonces ¡oyó el mayordomo exclamando su placer en gustar el vino maravilloso, y yendo para hablar con el novio sobre eso!

¿Qué había pasado? ¡Hace solo un momento, la fiesta de la boda fue a punto de explotar en miedo y pánico y emergencia! ¡Y ahora, en cambio, su gozo y vida se habían elevado hasta un nivel nuevo, por un vino verdaderamente excelente! Y todo eso porque los servidores habían obedecido las instrucciones de este hombre Jesús, el hijo de María. ¿Quién es este Jesús? ¿Cómo pudo cambiar todo esto en un instante?

Y qué interesante que la primera señal milagrosa de nuestro Señor Jesús sucedió en una boda. Porque sabemos que, entonces y ahora, la relación de un hombre y una mujer es algo maravilloso, llena de posibilidades y también de peligros. Como el fuego, como herramientas eléctricas o máquinas poderosas, entre un hombre y una mujer hay la posibilidad de gozo o de miedo; de crecimiento y transformación personal, y nueva vida, y de dolor y tragedia y aún muerte.

Aquí debemos quitar los zapatos, como Moisés ante la zarza ardiente: porque estamos en tierra santa. En la complementariedad de hombre y mujer, Dios creó la posibilidad de una relación que parece, una muchas maneras, a la relación entre las Personas Divinas de la Santísima Trinidad. El Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, caracterizados por el amor infinito, relacionándose por dar a sí mismo y recibir al otro, desde toda la eternidad: a esto, un hombre y una mujer pueden parecer, de algunas maneras, cuando son unidos por los lazos del matrimonio por toda la vida. Y, como la creación de la vida se derrama del corazón de la Trinidad; así la unión de hombre y mujer se hace fructífera, capaz de participar en la creación divina de vida nueva, de nuevos seres humanos, tal como sí mismos.

No hay maravilla, pues, que Satanás, ese ángel caído, envidiara este privilegio humano de participar en la naturaleza de Dios; y no hay maravilla que el pecado lo corrompiera, intentando a rasgarlo en pedazos por el temor y la sospecha, por el abuso y la dominación y la manipulación. De muchas maneras hombres y mujeres individuales han pecado uno contra otro; y sociedades enteras han corrompido el matrimonio y la procreación de hijos de una manera u otra, intentando vaciarlos de su poder santo, para abaratarlos, para hacerlos sólo otro producto de consumadores para un placer desechable y superficial.

Y mientras que nos acercamos al 22 de enero, recordamos con tristeza uno de los dolores de nuestra época: la legalización del aborto provocado en este país, hace 40 años, que ha resultado en más de 55 millones de vidas de niños terminadas en el vientre, por sus propios padres. ¡Qué tragedia! Sabemos que muchos embarazos inesperados traen miedo y pánico, y la percepción que todo está saliendo mal; y entonces, después de un aborto provocado, llegan muchos años oscuros de tristeza y de culpa, en madre y padre y muchos más. ¡Qué oscuridad, qué sufrimiento, vemos en la relación de hombre y mujer, donde deberíamos ver santidad y gozo y vida!

Pero aquí, al igual que en la boda en Caná, nuestro Señor Jesús y la Virgen María están presentes. Aquí, en tu vida, en tu miedo, en tu emergencia, la Virgen nota tu necesidad también, antes de que la notas tú; y aquí habla a su Hijo, intercediendo por ti. Y a ti dice, como a los que servían en la boda, “Haz lo que él te diga.”

Y, ¿qué te dice? Habla por la enseñanza moral de su Iglesia, su Esposa, instruyendo que reserves toda actividad sexual para el matrimonio de un hombre y una mujer, que han sido casados válidamente en la Iglesia. Te enseña a no matar, sino a proteger y cuidar la vida, así como dio su vida por nosotros. Y habla a tu corazón en la oración, hablando de su amor eterno para ti, y urgiendo que no temas sino confíes.

En nuestro mundo, esta enseñanza de nuestro Señor Jesús nos puede parecer tan rara como su instrucción a los servidores de entregar una copa de agua al mayordomo. Pero, si seguimos su enseñanza, nos trae una riqueza y un gozo como el vino que creó milagrosamente—un vino que el mundo no conoce, pero que tú puedes conocer. Porque, como nuestro Señor mostró su gloria en ese día en Caná, así puede mostrar su gloria en tu vida. Porque él es el Señor de la vida; es él que creó al hombre y mujer y la sexualidad y la procreación y el matrimonio; te ama sin límite; y puede transformarte y sanarte. Puede darnos la fuerza que necesitamos para superar el miedo y andar en la senda correcta; y puede darnos el perdón y la paz que necesitamos para todos nuestros pecados pasados, inclusive el pecado del aborto provocado. No hay nada más allá del alcance de su poder; no hay nada más allá de su misericordia.

¡Porque el Evangelio de la Vida es una noticia buena! Es noticia buena para cada uno de nosotros; y es noticia buena para todas las personas que encontramos. Y así, tal como en la próxima semana recordaremos, en la fiesta de Martin Luther King, como esta nación llegó a proteger a toda persona sin importar su raza; así también pedimos a Dios que nos guiemos a proteger a toda persona sin importar su juventud o su pequeñez, o su locación en el vientre. Quiero animar a todos ustedes que participen en dos eventos parroquiales del próximo fin de semana:

  • En viernes, 25 de enero, ustedes pueden acompañarme a la Marcha por la Vida en el National Mall en el centro de la ciudad de Washington. Pueden ir por autobús desde San Martín, que saldrá después de que termine la Misa de las 9 de la mañana en el viernes.
  • Y entonces, en la tarde del sábado 26 de enero, San Martín presentará un Concierto Pro-Vida para toda la familia, con altavoz y músico Bob Rice. Sucederá en el gimnasio desde las 7 hasta las 10 de la tarde, del sábado próximo.

Hoy, después de esta Misa, ustedes pueden comprar boletos en el Sótano.

Como el profeta Isaías, por amor de todas personas que nos rodean, no podemos callarnos; por amor de ellos, no nos podemos dar reposo. Con alegría, proclamamos la noticia buena: “Te llamarán con un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor… Porque el Señor se ha complacido en ti… y como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo.” El Esposo Divino está aquí: “Haz lo que él te diga.”

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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