Un Adviento hermoso y transformativo

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I Domingo de Adviento, Año C: 2 Diciembre 2012
Jr 33, 14-16; Sal 24; 1 Tes 3, 12—4, 2; Lc 21, 25-28.34-36

Cuando leemos los libros de los profetas en el Antiguo Testamento, antes de la venida de Cristo, vemos muchas referencias al “Día del Señor.” Y, por la referencia primera, en el libro del profeta Amós, podemos discernir que ya hubo una esperanza popular de que, cuando llegara ese día, sería un día de bendiciones para ellos, un día de luz, un día de recompensas. Y respondió Amós: “¡Ay de los que desean el día del Señor! ¿Para qué quieren este día del Señor? Será de tinieblas y no de luz.” (Am 5, 18)

Y, por los profetas, fue revelado que el Día del Señor tendrá dos aspectos: castigo para los pecadores, y salvación para los justos. Y oímos esto también de nuestro Señor Jesús, en la lectura del Evangelio de hoy, cuando habla de su Segunda Venida. Porque habla, por una parte, de que habrá angustia y miedo y la gente se morirá de terror. Pero dice, por otra, a sus propios discípulos: “Pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación.”

No es posible meramente suponer que recibiremos recompensas y bendiciones en el gran día de su Segunda Venida, sin referencia a la condición de nuestro corazón, a la verdad moral sobre nuestra manera de vivir, a nuestro estado de preparación a conocerlo. Así, él nos urge: Velen y hagan oración continuamente… estén alerta. Es decir, está preparado y vive con la expectativa de su venida, para que sea algo de alegría y vindicación para ti, y no del miedo y castigo. Vela, prepárate, vive en expectativa: así es el Adviento.

Claro que conocemos bien que la cultura norteamericana vive esta temporada como un tiempo de preparación. Pero, ¿qué tipo de preparación? Sobre todo, por comprar, por gastar el dinero en las tiendas; y entonces por decorar, enviar tarjetas, dar regalos, preparar alimentos, asistir a fiestas y conciertos, viajar para visitar, y más. Es un proyecto caro y agotador—hasta el punto de que, en una encuesta reciente, 45% de norteamericanos dijeron: ¡Ojalá pudiéramos omitir esta temporada de fiestas!

Es un tipo de preparación; pero no es el tipo de preparación que Cristo urge. No es el tipo de preparación hasta la cual nos guía la Iglesia, en su amor maternal. En medio de tanto movimiento y actividad, somos llamados a entrar en el tiempo del Adviento, para prepararnos para el adviento, la venida, de nuestro Señor. Y el Adviento tiene un doble carácter:

  • Prepararnos para celebrar la Navidad, fiesta de la primera venida del Señor—que celebra aquel evento inmenso del nacimiento de nuestro Señor Jesús, cuando el Hijo único de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, nacido del Padre antes de todos los siglos, asumió nuestra naturaleza humana y nació de María la Virgen en nuestro mundo, viviendo en medio de nuestras vidas. Emmanuel, Dios con nosotros.
  • Y, ¿cómo prepararemos a celebrar ese evento? Que quiere decir, no cómo decoraremos nuestras casas o nuestra iglesia, sino, ¿Cómo nos preparamos a nosotros mismos a celebrar dignamente tal evento? Y la respuesta es: por prepararnos a dar la bienvenida a Cristo en su segunda venida, al final de la historia. Y eso es el aspecto segundo del Adviento y, en verdad, el punto donde empezamos.

¿Cómo nos prepararemos? ¿Cómo nos prepararemos para estar listos a dar la bienvenida a Cristo en su segunda venida y, así, estar listos a celebrar dignamente su primera venida, en la Navidad?

Tenemos dos santos grandes del Adviento que pueden guiarnos en este proyecto. Y puede leer de ellos en uno de los Libritos Azules, que están disponibles en el vestíbulo después de la Misa; o también en los primeros capítulos de los cuatro Evangelios. Esos dos santos nos instruyen por sus palabras y por sus vidas; y ellos son San Juan Bautista y la Virgen María.

San Juan Bautista fue, en su ser y en su vida entera, el Precursor del Señor. Se dedicó a preparar su camino, por preparar los corazones de la gente de su época. Puedes pasar tiempo con San Juan otra vez, y permitir que su celo encienda una luz sobre tu consciencia y tu manera de vivir, para examinarlas bien. Esté listo para arrepentirse, a apartarte de prácticas pecaminosas y tontas. Trae estos pecados a la confesión sacramental, para recibir perdón y fuerza para el viaje por delante. Y vuélvete hacia prácticas buenas—como hicieron muchos en la época de San Juan, en responder a su ejemplo y su predicación.

Y la Virgen María fue ella que tuvo el tiempo más íntimo de esperar el nacimiento del Señor—a través de los nueve meses de su embarazo, mientras que se crecía dentro de su vientre. Con ella, recuerda las obras grandes que el Señor ha hecho para ti, y medita en estas bendiciones. Pídele que te ayude a desear la voluntad de Dios para ti, sea lo que sea—para que puedas decir con ella, “Hágase conmigo conforme a tu palabra.” Y guarda todas estas cosas, meditándolas en tu corazón.

Y el sitio, el momento, hasta el cual ellos nos guían es el regalo precioso del Adviento. No lo encontramos ni en la actividad frenética ni en el gasto prodigioso de esta cultura circundante; sino en un momento de soledad, silencioso y hermoso; dulce, tranquilo, y maduro con la posibilidad de la oración. Quizá en la noche, con solo la luz de velas, quizá las velas de una corona del Adviento; o las lucecitas de un árbol de Navidad. Te animo a preparar tales momentos para ti, en todos los días, si es posible: tales momentos en los cuales puedes prepararte a ti con el Señor, para estar listo a darle una bienvenida hermosa y santa.

Esto es el Adviento: no la confusión de preocupaciones y libertinaje, sino la vigilancia dulce en expectativa de la venida de quien sabemos nos ama. Vela, prepárate, vive en expectativa: ¡porque se acerca la hora de su liberación!

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