¡Comparte el gozo!

Eschucha mp3
XXIII Domingo Ordinario, Año B: 9 Septiembre 2012
Is 35, 4-7; Sal 145; St 2, 1-5; Mc 7, 31-37

¿Notaron el gozo que brota de nuestras lecturas de hoy? En la primera lectura, el Señor dice: “Digan a los de corazón apocado: ‘¡Ánimo! No teman. He aquí que su Dios… viene ya para salvarlos.” Y oímos de la sanación y la renovación de los problemas físicos profundos, como la ceguera y la sordera—y ¡el cojo no sólo anda, sino salta! ¡El mudo no sólo habla, sino canta! Brotan aguas; y la tierra seca se convierte en manantial.

El salmo también habla de los prodigios que Dios hace por los ciegos, los hambrientos; por la viuda y el huérfano; por el cautivo y el oprimido y el forastero. Y grita el salmista: “El Señor siempre es fiel a su palabra… el Señor… por todas las generaciones… Oh alma mía, alaba al Señor. Alabaré al Señor mientras yo viva.” ¡Qué alegría, qué energía oímos!

Y hay algo interesante que deberíamos notar, del contexto del cual hemos recogido la primera lectura y también el salmo.

  • La lectura del profeta Isaías viene de cerca de 700 a.C. Y es una parte de una sección de unos capítulos que anima al Pueblo de Israel, en el reino de Judá, del sur, a no temer al imperio asirio, y también a no contar con una alianza con Egipto—sino a fundar su confianza en Dios.
  • Y el salmo hace algo semejante. La primera parte del salmo, que omitimos, nos anima: “No confíen en príncipes, ni en hijo de hombre en quien no hay salvación. Su espíritu exhala, él vuelve a la tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos.” A diferencia, el salmo continua: “El Señor siempre es fiel a su palabra… el Señor… por todas las generaciones.”

Y, ésa es una admonición que necesitamos todo el tiempo, ¿no? Que necesitamos en tiempos de cambio, de convulsión, de promesas, de la esperanza, del temor: que no debemos confiar en príncipes, en un mero hijo del hombre; que no debemos atar nuestras esperanzas ni temores a naciones o instituciones o figuras humanas. “Bienaventurado aquel … cuya esperanza está en el Señor su Dios, que hizo los cielos y la tierra … que guarda la verdad para siempre.”

Y en nuestra lectura del Evangelio conocemos a un hombre que descubre todo esto en el día cuando conoce a nuestro Señor Jesucristo. Estaba de la región de Decápolis—que fueron las diez ciudades romanas al este del Mar de Galilea—la mayor parte no judía y por eso faltaba la herencia religiosa entera del Pueblo de Israel. Y él era sordo, probablemente desde su nacimiento. Y, aunque sabemos que un ciego desde su nacimiento probablemente no tendría una idea muy clara de qué era esta vista que le faltaba, comparada a otros—este sordo pudo ver los labios moviendo; pudo ver las expresiones faciales y la evidencia de la comunicación sucediendo; pudo ver la decepción y la frustración en las caras de otros, cuando él intentó hablar, aunque no podía oír a sí mismo ni a otros—y por eso no podía tener éxito, sino quedaba tartamudo; y por esto se atascaba en una aislamiento, una falta de conexión plena con otros; siempre separado de otros…

…hasta el momento de conocer a este hombre Jesús. Y Jesús lo apartó a un lado de la gente, donde podría relacionarse con él con intimidad y dignidad. Jesús no le explicó, en palabras que no podía oír, lo que haría. En vez de esto, hizo señales: metiendo los dedos en los oídos; tocando la lengua con saliva. Y entonces pronunció la primera palabra que oyó aquel hombre: “¡Effetá!”—una palabra ordinaria de su idioma arameo, que significó, “¡Ábrete!” Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultades.

¡Qué gozo debe de haber sentido ese hombre! ¡Qué júbilo, qué esperanza! Por haber recibido su oído, con todas las paredes de silencio quitadas—y también por haber encontrado a Dios mismo, andando entre nosotros, compartiendo todos los aspectos de nuestras vidas; y este Dios, Jesucristo, Dios verdadero y hombre verdadero, le había tendido la mano; había metido los dedos en los oídos; había tocado la lengua con su propia saliva; y le había dado algo de su propia vida, de su amor, de su poder—y de su gozo. Seguramente ese hombre no sólo habló sin dificultades; ¡seguramente cantó por gozo!

Nuestro Señor Jesús había desatado su lengua—y no sólo la lengua suya, parece, sino las lenguas de toda la gente presente, que no pudo guardar la noticia. Aunque él les mandó que no lo dijeran a nadie, cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban. Porque así pasa cuando alguien recibe tal buena noticia: tiene que decirla a otros; tiene que compartir el gozo. Como tantos en los Evangelios (cf. Jn 1, 40-46; 4, 29), y en los siglos siguientes, dijeron a otros: “¡Ven y ve a este hombre que ha hecho maravillas para él! ¡Ven y ve a ello que ha hecho maravillas para mí! ¡Ven y ve!”

El Cardenal Wuerl ha escrito (en su Carta Pastoral sobre la Nueva Evangelización):

Jesús nos hace señas para que le sigamos. El gozo que experimentamos hace que lo compartamos con otros. No sólo somos discípulos, somos evangelizadores… Jesús mismo establece la evangelización como perteneciente a la misma naturaleza y esencia de la Iglesia cuando le encomienda a sus discípulos que evangelicen, es decir, que anuncien esta Buena Noticia…”

Y cuánto gozo experimentamos cuando compartimos con otros el gozo que poseemos por conocer a Cristo. Cuando lo compartimos con los ricos y los pobres; con los niños y los adultos; con familia y amigos y vecinos y compañeros de trabajo y de clase y con extraños. Para traerlos a Jesús, para que él pueda tocar los oídos y los labios y los corazones, y decir: “¡Effetá! ¡Ábrete!”

“Digan a los de corazón apocado: ‘¡Ánimo! No teman. He aquí que su Dios… viene ya para salvarlos.”

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