Recibir el amor de tal don

Eschucha mp3
XX Domingo Ordinario, Año B: 19 Agosto 2012
Pr 9, 1-6; Sal 33; Ef 5, 15-20; Jn 6, 51-58

Hace un siglo, el escritor Ernest Thompson Seton publicó un libro que incluyó una historia que vino de hace unas décadas. En la zona del Ártico, en un invierno, un grupo de indios algonquinos murieron de hambre—todos, menos una mujer y su bebé. Llevando a su bebé, ella empezó a caminar hacia un lugar donde podrían recibir ayuda. Llegaron en un lago, y allí encontró equipo, incluyendo un sedal; y hubo peces en el lago; pero no tuvo cebo. Y estaban muriendo de hambre. Por lo tanto, usando un cuchillo, la mujer cortó de su propio muslo una tira de carne, y puso su propia carne como cebo en el anzuelo, para coger el primer pescado. Y así ellos sobrevivieron—y siempre después la mujer tuvo una cicatriz en su muslo de donde había sacado su propia carne.

Es una historia impresionante. E inmediatamente entendemos, ¿no?, cuánto amor tuvo aquella mujer por su bebé. Y qué notable sería dar tu propia carne para alimentar a alguien que amas. O qué notable sería ser el recipiente de tanto amor.

Hoy es el cuarto domingo que pasamos en Capítulo 6 del Evangelio según San Juan. Y recuerdas

  • que en el principio del capítulo Cristo alimentó milagrosamente al 5000;
  • y cuando, en el día siguiente, la muchedumbre vino para buscarlo, para recibir más comida, les prometió el alimento que daría la vida eterna;
  • y reveló que él mismo fue ese pan, el Pan de la Vida, bajado del cielo.

Y, si el capítulo hubiera terminado en ese punto, habría sido suficientemente maravilloso. Porque habló de viniendo a él, y creyendo en él, y que nunca tendríamos hambre ni sed, sino tendríamos vida eterna. Si hubiera sido todo su mensaje, habría sido uno que habría cambiado nuestras vidas.

Pero no es todo. Pasó adelante, como oímos hoy, en decir: “El pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida.” Y habla explícitamente de comer su carne y beber su sangre. Y descubrimos, ¿no?, que nos está revelando algo maravilloso—y quizá un poco repugnante en la superficie.

Los líderes religiosos, que están escuchando, ponen la pregunta obvia: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” ¿Tomará un cuchillo para cortar una tira de su carne y dárnosla, como aquella algonquina? Es una pregunta buena. Y la respuesta es que, no, lo que hará es instituir la Eucaristía en el Jueves Santo; y, desde ese momento hasta el fin del mundo, por medio del sacerdocio ministerial que también instituyó en esa noche, sobre el altar transformaría pan ordinario y vino ordinario en algo extraordinario: en sí mismo (cuerpo y sangre, alma y divinidad), verdaderamente presente, aunque todavía bajo la apariencias de pan y vino.

Todos los días comemos alimentos que nos vienen de plantas o de animales; y, por la digestión, los cambiamos en nosotros mismos. Claro que, en ese proceso, su apariencia y sus otras calidades cambian. Pero, en la Eucaristía, en una forma un poco semejante, Cristo cambia pan y vino en sí mismo; sin hacer ningún cambio en la apariencia de ellos; y no por comerlos, sino por transformarlos en sí mismo, para que nosotros podamos comerlos, para que podamos comerlo a él, como dijo.

De esta manera, éste puede darnos a comer su carne. No bajo su propia apariencia, que es tan gloriosa y majestuosa que temeríamos a acercarnos a él; sino bajo este disfraz humilde y conocido de pan y vino ordinario. Este don profundo de sí mismo nos habla de tanto amor, de un deseo tan apasionado de unirse a nosotros, de unirse a ti y a mí; y se humilla aún más para atraer suavemente a tu alma.

Y esto es lo que atrae, con tanta frecuencia, a los de otras tradiciones cristianas a hacerse católicos—inclusive a Santa Elizabeth Ann Seton (la primera nacida en este país que fue nombrada una santa) y a otros conversos que se hicieron santos. Y fue la razón más importante también por mí, cuando fui un protestante de 26 años y una amiga católica me habló de cómo supo que nuestro Señor Jesús es verdaderamente presente en la Eucaristía; y vi cómo formó cómo ella asistió a Misa y cómo recibió la Santa Comunión, y cómo ella oró delante del Tabernáculo y me animó orar también así, sabiendo que él, él mismo, allí fue presente. Yo había buscado muchos años la verdad y una conexión a Cristo verdadera y viva; y supe que, si podría ser la verdad, si Cristo verdaderamente me lo daría a sí mismo en esta forma, yo no podría estar en ningún otro sitio. ¡Tendría que estar en la Iglesia Católica, y en la Santa Misa, para recibir ese don!

¡Y fue la verdad! De verdad, así él nos da a sí mismo. Como nos dice: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebía. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él.”

¡Qué don extraordinario! ¡Qué amor! Pero—qué fácil es olvidarlo—qué fácil ser engañados por el disfraz humilde de pan y vino, hasta hacernos ciegos y entumecidos, no reconociendo al que recibimos. En el siglo primero, San Pablo tuvo que avisar a los corintios (1 Cor 11, 29) sobre comer y beber sin discernir el cuerpo. Pero siempre tenemos la posibilidad de empezar de nuevo a preparar un lugar conveniente para recibir a nuestro Señor:

  • por confesarnos con regularidad, para limpiar a nuestros corazones a los cuales lo damos la bienvenida a nuestro Señor;
  • por llegar temprano a Misa, para pasar unos momentos enfocando nuestras mentes;
  • por permanecer tranquilamente después de la Misa, para disfrutar de su presencia dentro de nosotros y hacerle una acción de gracias por su gran don.

Y también tenemos la posibilidad de dar testimonio a otros, especialmente a hijos y nietos, y a amigos que no son católicos, de la verdad de su presencia que bien conocemos:

  • por hacer la genuflexión a él, que es verdaderamente presente en el Tabernáculo;
  • por mantener un silencio reverente, hablando a él y escuchando a él en nuestros corazones, y permitiendo que otros lo hagan;
  • y por venir a menudo a esta parroquia o a otras parroquias católicas en los días laborables, para hacer una visita, y para pasar tiempo en adoración de él, nuestro Señor Eucarístico.

¡Cuánto amor nos muestra, sin retener a nada! —ofreciéndonos todo lo que es, aún su propia carne y sangre, para que pueda unirse a nosotros, en la Comunión más verdadera.

Te adoro con devoción, Dios escondido,
oculto verdaderamente bajo estas apariencias.
A Ti se somete mi corazón por completo,
y se rinde totalmente al contemplarte.
(S. Tomás de Aquino, Adoro te devote, traducido)

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