La vida verdadera y la respuesta audaz de Cristo

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XIX Domingo Ordinario, Año B: 12 Agosto 2012
1 Re 19, 4-8; Sal 33; Ef 4, 30–5, 2; Jn 6, 41-51

Cuando considero la lectura del Evangelio de hoy, veo una semejanza entre el intercambio de nuestro Señor Jesucristo con sus oyentes, y la situación del protagonista de una película norteamericana reciente que se llama “Moneyball,” o, en unos países hispanohablantes, “El juego de la fortuna.”

En esa película, el protagonista es el director general de un equipo de béisbol profesional. En el principio, pierde tres de sus jugadores mejores, y tiene solo una cantidad muy limitada de dinero para reclutar reemplazos. En esa situación difícil, está dispuesto a considerar e implementar un enfoque totalmente nuevo de reclutar y edificar un equipo ganador. Encuentra la resistencia de muchos, que piensan que es loco. Y, después de unas semanas de la temporada, cuando no pasa todo bien y muchos hablan de si él perderá su empleo, este director debe decidir: ¿Irá atrás a métodos más convencionales? ¿O implementará más plenamente estos métodos nuevos y radicales? ¿Cuál es el camino correcto para realizar sus propósitos?

Y, en nuestra propia forma, todo el mundo tratamos de contestar esa misma pregunta con respeto a vivir la vida. ¿Qué es necesario para vivir una vida llena y rica, como debería ser la vida? ¿Qué necesitas para sentirnos bien fundado; bien suplido; viajando en la dirección correcta? O, si alguien te preguntara cómo escapar de una vida confundida, sin dirección, aislada, sin satisfacción, o infeliz, ¿qué consejo ofrecerías? ¿Dónde se puede encontrar la vida verdadera?

Y nuestro Señor Jesucristo nos dice que él es la respuesta a esa pregunta. Oímos en la lectura del Evangelio de la semana pasada: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed.” Lo que es necesario para la vida verdadera se encuentra en él.

¡Es una afirmación audaz! Porque todos tienen sus ideas propias de cómo vivir la vida verdadera y cómo ganarla—sea por un tipo de comida o bebida, o ejercicio físico, o asistencia psicológica, o una ideología política, o una senda de educación y trabajo y familia y manera de vivir, o otro. Y todos saben que hay muchas ideas distintas que competen para adherencia y lealtad. Estas son los modelos convencionales; y Cristo propone una respuesta nueva, extraña, y radical. Propone a sí mismo como lo necesario para la vida verdadera.

Y así no nos sorprende que en la lectura de hoy oímos de la resistencia que ofrecieron los líderes religiosos que están entre la muchedumbre. Hoy es el tercero de cinco domingos que estamos pasando por el capítulo 6 del Evangelio según San Juan. En el principio del capítulo, Cristo alimentó a la muchedumbre milagrosamente de sólo cinco panes y dos pescados; y entonces, el día siguiente, la muchedumbre lo buscó para recibir otra comida milagrosa, y él redirigió su atención a sí mismo. Y ahora, a la misma vez que ofrece algo mejor—que ofrece la vida, la vida plena terrenal y, además, la vida eterna—también pide algo: su fe, su compromiso, su decisión radical de corazón y mente y voluntad, su decisión de la vida.

Y así unos de ellos están murmurando. Dicen: ¿Tú? ¿Tú eres la respuesta? ¿Eres el pan de la vida? ¿Eres el pan que ha bajado del cielo? Eres sólo un hombre ordinario, ¿no? Conocemos a tus padres, ¿no? ¿No eres el hijo de José? Entonces, ¿cómo podemos creerte en ti? Ya tenemos nuestras preferencias para vivir la vida verdadera; y tú las contradice con tus ideas extrañas, nuevas, y locas de quién eres.

Pero ellos no tienen razón. De verdad, no es el hijo de José. De verdad, es Dios verdadero y hombre verdadero, nacido del Padre antes de todos los siglos, encarnado por obra del Espíritu Santo, nacido de la Virgen María. Y todo lo que dice y todo lo que ofrece es cierto y confiable. Y lo avanza más. Dice: Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí.

Es difícil hacer la decisión dura de seguirlo a él sólo. Es más fácil darle un poco de honor, un poco de oración, de recibir unas palabras buenas y unos regalos—y continuar a seguir nuestras ideas y formas convencionales. No somos fanáticos; no somos locos.

Pero nuestro Señor permanece en llamar e invitar. Y siempre hay unos que aceptan su invitación y se atreven a probar sus nuevas formas. ¿Qué puede motivar a alguien a hacer esto?

  • Puede ser la experiencia de perder otras opciones—como el profeta Elías en la primera lectura; o como ese director general en la película. La experiencia de descubrir que las otras respuestas no salen bien, que no hay otras opciones. ¿Por qué no probar a Jesucristo y sus promesas?
  • O puede ser una experiencia más positiva: de, día tras día, año tras año, oír sus palabras, experimentar su amor, sentir algo en su persona que nos atrae al más allá, al más profundo, en él. O de ver, en sus seguidores, en sus santos, esa plenitud de la vida que buscamos; y de querer encontrar lo que ellos han encontrado.

De un camino u otro, la invitación de nuestro Señor permanece, y el Padre nos atrae. Porque Jesucristo es el pan de la vida; es el pan que ha bajado del cielo. Y nos invita a:

  • escucharlo a él en su Verbo y en la enseñanza de su Iglesia;
  • acercarnos a él en la oración todos los días;
  • recibir su vida con frecuencia por sus sacramentos, especialmente por la confesión y la santa Comunión;
  • unirnos a él en la Santa Misa y en cómo vivimos nuestras vidas—en su único sacrificio perfecto.

Como el director general de “Moneyball,” tengamos el valor para dejar atrás ideas viejas y convencionales que no nos ganan la vida verdadera; tengamos el valor para abrazar a Cristo y sus promesas, sin reservas. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor— qué bueno es el pan de la vida.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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