Un poder más allá de comprar y vender

Eschucha mp3
XVII Domingo Ordinario, Año B: 29 Julio 2012
2 Re 4, 42-44; Sal 144; Ef 4, 1-6; Jn 6, 1-15

En todas las Misas de los domingos, las lecturas que oímos de las Sagradas Escrituras vienen del ciclo de tres años del Leccionario. Y en cada año, en el Tiempo Ordinario, oímos de uno de los tres Evangelios Sinópticos: en al Año A, oímos del Evangelio según San Mateo; en Año B, de Marcos; en Año C, de Lucas. Ahora estamos en el medio del Año B, que indica Marcos. Pero, ¿notaste que nuestra lectura del hoy vino del Evangelio según San Juan? Sucede porque el Evangelio según San Marcos es el más corto y así recibimos un pequeño interludio de verano: 5 semanas pasando por capítulo 6 del Evangelio según San Juan. Esas 5 semanas empiezan hoy y durarán en todos los domingos de agosto.

Pero, ¿por qué Juan capítulo 6? Algunos ya lo saben. Y, si no estás seguro, por favor, da mucha atención en estas cinco semanas. Porque éste es un capítulo muy importante para todos católicos: para poder hablar de la fe a nuestros amigos y vecinos, a compañeros de trabajo y de clase; y también para poder entrar más profundamente en el misterio de la Eucaristía todas las veces que venimos a Misa. Quizá querrás leerlo temprano en casa: Juan, capítulo 6.

Y, en oír el principio del capítulo, ¿notaste las palabras señal y señales, usadas dos veces? El Evangelio según San Juan usa esta palabra con frecuencia en hablar de los milagros hechos por nuestro Señor Jesús. Y lo hace por un propósito. Ya conocemos qué es una señal. Sean marcas de tinta en un papel, o una pieza metálica con su propia forma y color montada en un polo, u otra forma—sabemos que una señal es lo que es, y también indica o señala a algo más allá de sí mismo. La señal de la multiplicación de los panes, con la cual empieza este capítulo, es el milagro que es, y también señala otra verdad que oiremos que Jesús nos revelará en las semanas que vienen.

Todo empieza cuando Jesús con sus discípulos va a la otra orilla del mar de Galilea, sube una montaña, y ve que mucha gente lo sigue. Y pregunta a Felipe, uno de sus discípulos: “¿Cómo comparemos pan para que coman éstos?” Notamos que el Evangelio dice que le hizo esta pregunta para ponerlo a prueba, pues él bien sabía lo que iba a hacer. Yo creo que Jesús lo dijo con la intención de dirigir a Felipe en una senda mental incorrecta: porque dice la palabra “comprar” (“¿Cómo comparemos pan para que coman éstos?”). Y así lo dirige en la senda de pensar en el dinero: en ganarlo, y conservarlo, y gastarlo; y en cultivar alimentos, y cosecharlos, y venderlos; en los empleos, y salarios, y el trabajo; en medios físicos para resolver un problema físico.

Y Felipe evalúa la situación y dice, con razón: “Ni doscientos denarios—que significa, ni el salario medio de doscientos días de trabajo—bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan.” Y pronto Andrés también dice: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es eso para tanta gente?”

Felipe y Andrés viven en el mundo que conocemos bien. Perciben el problema; lo miden. Son compasivos, y quieren resolverlo. Evalúan sus recursos, y los miden. Y descubren que sus recursos son insuficientes ante el problema. Sus manos son, en realidad, vacías, ante esta hambre y necesidad humana. En comprar y vender, ganar y proveer, sus recursos como humanos—y nuestros recursos como humanos—son insuficientes.

Pero el poder de Cristo sobrepasa lo suficiente. Porque su poder no es meramente humano, sino es divino. Dios verdadero y hombre verdadero, tiene el poder de multiplicar milagrosamente los panes y los pescados y así satisfacer el hambre de la muchedumbre. Hace unos 800 años el profeta Eliseo había podido alimentar a 100 personas con 20 panes de cebada; y ahora nuestro Señor Jesucristo alimenta a 5000 hombres, sin contar las mujeres y los niños, con 5 panes y 2 pescados. Y los dio no sólo un pedazo de pan, como dijo Felipe, sino hasta que se saciaron, hasta que sobraron doce canastos de pedazos.

¡Qué glorioso! ¡Qué inolvidable! Que un poder desconocido fue derramado de este hombre de aspecto ordinario, este Jesús, que estaba en medio de ellos. Claro que fue un señal que indicaba algo mucho mayor—¿pero qué?

La muchedumbre tuvo una idea—y por esa iban a llevárselo para proclamarlo rey. Y en esto su pensar era—invertido. ¡Invertido! Porque pensaban en Jesús como una fuente de poder—como una pila grande o un reactor nuclear—que podrían llevar y enchufar en su sistema para que funcionara mejor. Pero no pensaban correctamente; pensaban de una manera invertida. ¡No podemos reclutar a Jesús para realizar nuestros planes y nuestros propósitos!

En cambio, él es Rey de reyes y Señor de señores. Y nos arrodillamos ante él y le entregamos nuestros planes, nuestros propósitos, y todos los recursos que tenemos. No es la muchedumbre que tiene la idea correcta; es el muchacho con los cinco panes y dos pescados—que, aunque fueran sus recursos pocos e insuficientes, los entregó en total a Jesús. Andrés preguntó, “Qué es eso para tanta gente?” En las manos de Cristo, fue todo lo que se necesitaba—y mucho más.

Nuestro Señor Jesucristo no nos pide un cuarto en nuestra casa, ni un espacio en nuestro horario; nos pide que le entreguemos todo: la llave, el título, la contraseña. Nos pide mucho: ¡nos pide todo! Pero, después de conocer su amor y poder infinito, ¿cómo podríamos vacilar? Si pudo alimentar a la muchedumbre con los cinco panes y dos pescados del muchacho… ¡imagina lo que podría hacer contigo!

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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