Participar del carácter profético de Cristo

Eschucha mp3
XIV Domingo Ordinario, Año B: 8 Julio 2012
Ez 2, 2-5; Sal 122; 2 Cor 12, 7-10; Mc 6, 1-6

Cuando leemos las páginas del Antiguo Testamento, vemos tres oficios o funciones que ayudaron al Pueblo de Israel en permanecer juntado al Señor:

  • el sacerdote les enseñó la Ley e hizo posible sus sacrificios en el Templo;
  • el rey les guió y arregló su sociedad de una manera correcta y justa, fiel al Señor;
  • y el profeta habló en nombre del Señor y siempre les llamó a regresar a fidelidad a la alianza con él.

Cuando leemos las páginas del Nuevo Testamento, vemos que nuestro Señor Jesucristo cumple perfectamente los tres oficios, los “tria múnera,” del profeta, sacerdote, y rey. Y, porque él lo hace, también nosotros, por nuestro bautismo en él. El Catecismo nos dice (783) que “Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas.”

Nuestras lecturas de hoy nos invitan a centrarnos en la función del profeta. ¿Qué significa la llamada de participar en el carácter profético de Cristo?

Quizá deberíamos empezar por decir lo que no significa.

  • Normalmente no implica predecir el futuro—que no es la mayoría de la función del profeta.
  • Y no consiste en sólo oponer a instituciones, o sólo proponer las ideas de la izquierda política; y claro que no incluye contradecir la revelación pública de nuestro Señor, enseñada fielmente por su Iglesia.
  • Y la participación de todos los bautizados en el carácter profético de Cristo no es lo mismo que el don espiritual de la profecía, de la cual San Pablo habló (cf. Rom 12, 6; 1 Cor 14, 1; Ef 4, 11).

Entonces, ¿en qué consiste nuestra participación? Consideremos la función del profeta en el Antiguo Testamento. Una descripción de ése es que el profeta fue: un portavoz de Dios sobre el presente.

  • La característica principal de un profeta era su relación muy íntima a Dios. Dios lo había llamado particularmente; y la historia de su llamada fue un componente importante de sus credenciales. En efecto, nuestra primera lectura de hoy es una parte de la historia de la llamada de Ezequiel. Por eso, el profeta era testigo.
  • Entonces, día tras día, el profeta escuchaba lo que Dios le comunicaba—y en torno lo decía a la gente a la cual Dios lo había enviado—normalmente la gente propia del profeta. Por eso, el profeta era predicador.
  • Y el profeta habló principalmente sobre el presente. Cuando habló sobre el futuro o el pasado, lo hizo principalmente para persuadir a sus oyentes para que cambiaran sus acciones en el momento actual.

Estas características iluminan cómo deberíamos participar en el carácter profético de Cristo. Necesitamos cultivar nuestra relación a Dios; necesitamos escuchar bien su palabra; necesitamos una visión moral clara. Y, para realizar esta participación, el Catecismo (785) resume bien lo necesario en decir que participamos del carácter profético de Cristo:

  • cuando nos adherimos indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre;
  • cuando profundizamos en nuestra comprensión;
  • y cuando nos hacemos testigos de Cristo en medio de este mundo.

¿Describe a ti? ¿Estás realizando tú tu participación en el carácter profético de Cristo? Vemos tres acciones: adherirnos, profundizar, y hacernos testigos.

  • Primero, necesitamos adherirnos. Un profeta sin su relación a Dios, y sin oír su palabra, no es nada. Para nosotros también, el primer paso es recibir la verdad que Dios nos ha revelado: oírla y creerla. Oír y creer las Escrituras; oír y creer todo lo que la Iglesia nos enseña fielmente; y no rechazarlo como los testarudos y obstinados de la primera lectura, sino recibirlo y adherirnos.
  • Segundo, necesitamos profundizar en nuestra comprensión. Necesitamos avanzar más allá de la comprensión de un niño, o aún de un joven, si queremos poder vivirlo y comunicarlo plenamente en nuestro mundo actual. Necesitamos recibir la enseñanza oficial de la Iglesia, sobre todo del Papa y de los obispos—sea por asistir a una clase o por leer y estudiar directamente—para profundizar en nuestra comprensión de aquello a lo cual nos hemos adherido.
  • Tercero, necesitamos hacernos testigos de Cristo en medio de este mundo. Por este paso, comunicamos a otros lo que hemos aprendido: actuamos como los portavoces, los embajadores, de Dios. El Concilio Vaticano II nos dijo que nos hacemos testigos por el testimonio de la vida y por la palabra—y que esto “adquiere… una eficacia singular por el hecho de que se lleva a cabo en las condiciones comunes del mundo.” (Lumen gentium, 35)

Realizar la función de profeta no es fácil, y el éxito no se garantiza. La palabra que el mundo necesita más, es muchas veces la palabra que rechaza con más fuerza. Hoy, en nuestro mundo, quizá la palabra que necesita más es la verdad que proclamamos sobre la sexualidad y el matrimonio. Como el profeta Ezequiel, es posible que encontremos resistencia y rechaza; como nuestro Señor Jesús, asombro y desconcierto; como San Pablo, insultos, persecuciones, y dificultades. Pero la palabra profética que llevamos es una palabra de vida y de bendiciones, cuando se recibe. Como San Pablo escribió a los corintios (2 Cor 2, 15-16), “Fragante aroma de Cristo somos para Dios entre los que se salvan y entre los que se pierden; para unos, olor de muerte para muerte, y para otros, olor de vida para vida.”

Seamos fieles y valientes en participar en el carácter profético de Cristo: adhiriéndonos a la fe, profundizamos en nuestra comprensión de ella, y haciéndonos testigos de Cristo en medio de este mundo. Y sea que nuestro mundo escuche o no, sepan que hay un profeta en medio de ellos.

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