Mantiene la libertad religiosa encendida

Eschucha mp3
XIII Domingo Ordinario, Año B: 1 Julio 2012
Sab 1, 13-15; 2, 23-24; Sal 29; 2 Cor 8, 7.9.13-15; Mc 5, 21-43

¿Cómo parece la falta de electricidad a la falta de una relación a Dios?

Muchos hemos experimentado esa falta de electricidad desde viernes. Y ¿qué hemos perdido en perder la electricidad? El poder de calentar y cocinar; el poder de enfriar; de encender la luz y poder ver; y en esta era del Internet, nuestra conexión a la información y el conocimiento y a otras personas.

Y parece, ¿no?, a perder nuestra relación a Dios. Como seres humanos, cada uno ha sido creado en la imagen y la semejanza de Dios, con una capacidad de conocer a Dios que es única entre todas las creaturas del universo—y así tenemos la necesidad de conocer a Dios que es única entre todas las creaturas del universo. Y cuando nos separamos de él, sentimos la falta de relación—y, semejante a la falta de electricidad, perdemos mucha habilidad de ver, y nuestra conexión a su conocimiento y, sobre todo, perdemos nuestra conexión a él.

Creo que nuestra necesidad de tener una relación a Dios explica unas de las palabras y acciones de Cristo en la lectura del Evangelio de hoy. Lo vemos rodeado por los enfermos y los sufrientes, que quisieron recibir la sanación de él. Y se la dio; y les dio aún más.

  • Cuando la mujer que padecía flujo de sangre tocó su manto, ¡se sanó! Y entonces Jesús preguntó, “¿Quién me ha tocado?” ¿Por qué? ¿Porque no lo supo? ¿Porque quiso darle vergüenza? No.
  • Cuando Jairo y su esposa pidieron que ayudara a su hijo, que estaba muy enferma, Jesús tardó, hasta que ella murió. ¿Por qué? ¿Porque no supo la necesidad de prisa? ¿Porque no le importó su vida? No.

¡No! Sabía todo; y amaba a todos; y sí que sanó a ambos pero también quiso hacerles una relación a él, su Dios, y también cultivar esa relación.

  • Quiso que la mujer mirara en sus ojos, y oyera su voz, y que él oyera la suya: para que no recibiera sólo la sanación física sino también la relación al Dios que la creó.
  • Y apreció la fe del matrimonio—su confianza en él, su receptividad a lo que él daría—y quiso cultivarla aún mayor: para que recibieran no sólo su hija sanada sino su relación a Dios engrandecida.

Nuestro Señor conoció bien lo que hacía en darles ese don necesario. Y nuestra necesidad de conocer a Dios debería formar nuestras acciones y nuestras prioridades—y además cómo tratamos a otros, conscientes de que ellos necesitan conocer a Dios—y cómo formamos nuestra sociedad. Por eso, hace 50 años, el Concilio Vaticano II afirmó el principio de la libertad religiosa, fundado en “la dignidad de la persona humana.” Porque, dijeron,

todos los hombres… están impulsados por su misma naturaleza y están obligados además moralmente a buscar la verdad, sobre todo la que se refiere a la religión… [y] a aceptar la verdad conocida y a disponer toda su vida según sus exigencias. Pero los hombres no pueden satisfacer esta obligación… si no gozan de libertad psicológica al mismo tiempo que de inmunidad de coacción externa. Por consiguiente, el derecho a la libertad religiosa… se funda en la… misma naturaleza [de la persona]. (Dignitatis humanae, 1-2)

Y recordamos que el deseo de alcanzar la libertad religiosa es uno que motivó a los primeros colonos norteamericanos. Los católicos y los protestantes que vinieron aquí a Maryland en el barco “The Ark and the Dove” en 1634 establecieron libertad religiosa en esta colonia, codificada en el Acto de Toleración. Pero, después de pocas décadas, esa libertad religiosa fue perdida. Y, en el siglo XVIII católicos en Maryland sufrieron las mismas leyes represivas que en Inglaterra: prohibidos de tener iglesias, o de adorar en público, o de tener oficio público, o de votar. En esta situación creció el católico Charles Carroll aquí en Maryland. Y cuando él fue el único católico de los 56 firmadores de la Declaración de Independencia, adoptada en 4 julio 1776 (celebrada esta semana)—buscaron no sólo la independencia de Inglaterra sino también una restauración de libertad religiosa. Y la ganaron, y la escribieron en la Constitución como la libertad primera escrita—la libertad primera, libertad religiosa.

Ahora estamos en la Quincena por la Libertad: 14 días hasta el 4 julio, en las cuales nuestros obispos norteamericanos nos hemos pedido que apreciemos la libertad religiosa, y oremos y nos esforcemos a protegerla.

¿Es necesario? Sí, creo que sí. Porque, en los 12 años pasados, he leído las noticias de cambios en las leyes en distintas partes de este país. Y siempre hay la cuestión de si se dejará espacio de una exención de consciencia para proteger la libertad religiosa—o no. Cuando se hacen leyes para promover el aborto provocado, la contracepción, y la esterilización; o cuando se hacen leyes de dar privilegios y estado a las personas homosexuales y cambiar la definición del matrimonio; ¿dejarán espacio para una exención de consciencia? ¿Dejarán plena libertad religiosa a hospitales y doctores y enfermeros; a escuelas médicas y profesores y estudiantes; a organizaciones benéficas; a negocios; a empleados del gobierno; a escuelas; a iglesias? Es un peligro real y actual que muchas personas en este país no aprecian suficientemente la libertad religiosa para preservarla en estos casos. Es probable que todos conocemos a estas personas, y que deberíamos ayudar para que la apreciemos más.

Por eso, necesitamos esta Quincena de la Libertad. Porque es necesario que la natura humana busque para llegar a conocer a Dios. Porque nuestro Señor Jesús hacía esa relación, y la cultivó; y mandó que lo hagamos también. Porque, en ayudar que una relación a Dios crezca, primero tenemos que dejar que meramente exista, por la libertad religiosa. Sabemos con cuánta impaciencia esperamos el regreso de la electricidad. En este 4 julio, aseguremos que esa mayor de electricidades y de conexiones, que esa libertad religiosa, quede encendida.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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