La semilla crece: su Reino, en su ritmo

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XI Domingo Ordinario, Año B: 17 Junio 2012
Ez 17, 22-24; Sal 91; 2 Cor 5, 6-10; Mc 4, 26-34

“¿Con qué compararemos el Reino de Dios?” pregunta nuestro Señor Jesucristo. Y nos cuenta dos parábolas en nuestra lectura del Evangelio, ambos comparando el Reino de Dios con el crecimiento de semillas.

En la segunda parábola, el foco es cuán grande es el crecimiento de la semilla—grande y quizá sorprendente. La semilla de mostaza es muy pequeña en el principio—sólo 1 o 2 milímetros—pero crece hasta un arbusto que puede ser de casi 3 metros en altura. Y así es el Reino de Dio, nos dice nuestro Señor: aunque empiece pequeñito e insignificante—en el mundo, o en una vida individual—crecerá hasta hacerse muy grande. No debemos pensar sólo en la apariencia externa. Como San Pablo nos recuerda, “Por fe andamos y no por vista.” No es la apariencia inicial, sino la vida adentro de la semilla, que prevalece.

Y vemos esa vida manifestada en la primera parábola también. En este caso, la semilla es de una planta productora de grano, y vemos un hombre que la siembra en la tierra. Y entonces, ¿qué hace para que la semilla crezca? ¡Nada! Se acuesta y se levanta. Pero la vida dentro de la semilla está trabajando, germinando y creciendo, primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. El hombre no sabe cómo pasa todo; porque, aunque fue él que sembró la semilla, es la vida dentro de la semilla que está obrando.

Así es con el Reino de Dios. Notamos primero que el reino es suyo; es él que obra. Su sabiduría y su poder son infinitos; su amor y su misericordia son sin límite. Aunque su obrar muchas veces nos parece oculto y misterioso, efectúa lo que desea. Es su reino, no el nuestro; su proyecto, su vida, su don.

Y aunque desea nuestra receptividad y nuestra cooperación, no nos entrega el proyecto entero. San Pablo también usa la misma analogía del crecimiento de la planta en su primera carta a los corintios, escribiendo (3, 6-9): “Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios que da el crecimiento… ustedes son labranza de Dios, edificio de Dios.”

Quizá yo lo aprendí con más claridad cuando estaba en el seminario. Mis 6 años allá fueron una época de estar formado y transformado para que pudiera ser lo que un sacerdote debe ser y servir de todas las maneras que un sacerdote debe servir. Y se podía observar muchos elementos que trabajaban con ese fin: muchos sacerdotes y profesores laicos y hermanas religiosas que servían con gran dedicación en clases y Misas y dirección espiritual y supervisión y más. ¡Muchas partes obrando! Pero, durante mi cuarto año, llegué a entender que aún más estaba pasando. Debajo de todos esos elementos humanos que se podían observar—y no sólo por medio de ellos sino además de ellos—el Espíritu Santo movía a mí y a mis compañeros de clase por el camino que quería, a su propio ritmo. Esa comprensión me dio sentimientos de pasmo y también de consuelo.

Porque es verdad que somos el proyecto de Dios; y entonces lo segundo que notamos es que el crecimiento transpire según su paso. En contar la parábola, Cristo usó un ritmo: “se acuesta y se levanta, de noche y de día, y la semilla germina y crece.” Es el lento crecimiento del mundo natural, que no se conforma a nuestros horarios, siempre conectados y multitarea. La vida dentro de la semilla está obrando—en la tarea lenta y cuidadosa de hacer una obra maestra—de hacer un santo—de ti y de mí y de cada uno de los que nos rodean.

La ilustración perfecta de esto debe ser la visita de Jesús al hogar de Maria y Marta (Lc 10:38-42). Recordamos que Marta se preocupaba con todos los preparativos—aparte de Jesús, separado de él, intentando hacer muchas tareas por él, y por fin haciéndose frustrada y viniendo a decirle lo que debía hacer: “Dile [a mi hermana] que me ayude.” Pero sus acciones no son los que Jesús desea; quiere la respuesta de María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Entonces, ¿cómo respondió a Marta? “Marta, Marta, tú estás preocupada y molesta por tantas cosas; pero una sola cosa es necesaria, y María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada.”

Es muy fácil cometer el error de Marta, de tratar de edificar y cultivar el Reino como el proyecto nuestro, el deber nuestro, el logro nuestro. Esto viene de nuestra soberbia pecaminosa, de nuestra inmadurez espiritual. Y su fruto en nosotros, semejante a Marta, es aislamiento; frustración e ira; desánimo; tristeza; y desesperanza. Si procedemos por ese camino hasta alcanzar ese punto, entonces vayamos como Marta a Jesús y le digamos, “Señor, ¿no te importa?”

—y dejemos que él indique a María, cuya confianza humilde es la diferencia significativa. Si, en cambio, nos quedamos con él, y escuchamos sus palabras y aprendemos qué tipo de cooperación él desea de nosotros—entonces esta fe nos guía al gozo y paz y esperanza. Porque éste es el reino—el reino suyo, en el paso suyo—y ¿qué más podríamos querer?

¿Con qué compararemos el Reino de Dios? Ustedes son labranza de Dios. Es Dios que da el crecimiento.María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada.” O, como Madre Teresa de Calcuta es citada a menudo: “Dios no pretende de mi que tenga éxito. Sólo me exige que le sea fiel.”

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