Corpus Christi: La sangre de la alianza nueva

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El Cuerpo y la Sangre de Cristo, Año B: 10 Junio 2012
Ex 24, 3-8; Sal 115; Heb 9, 11-15; Mc 14, 12-16.22-26

Introducción
Hoy celebramos la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Su propio día fue el jueves anterior—exactamente 9 semanas después del Jueves Santo, cuando celebramos la institución por Cristo de la Eucaristía—pero en este país actualmente celebramos Corpus Christi hoy, en el domingo. Celebramos el don milagroso que, en la santa Misa, nuestro Señor transforma el pan y el vino en su propio Cuerpo y Sangre: para hacer presente su único sacrificio perfecto; para alimentar a sus fieles por sí mismo; y para hacerse presente con nosotros siempre, mientras que viajemos por esta vida.

Homilía
En nuestras lecturas en este año, en el ciclo del leccionario, oímos mucho de la alianza, y de la sangre de la alianza que la sella. Y ¿qué es una alianza—un convenio, un pacto? Es un tipo de contrato: cuando dos personas o partes llegan al acuerdo de lo que harán o no harán, en un tipo de intercambio. Y una alianza es un contrato más serio, más duradero. En las Sagradas Escrituras una alianza o pacto establece una relación continua y hace un vínculo casi familiar.

Y en las Escrituras, en la historia de la salvación, vemos que el Señor forja una serie de alianzas para establecer estas relaciones con seres humanos—cada una de esas alianzas hechas con más gente, en una relación más cerca, que la alianza previa. Hizo una alianza con Adán, con Noé, con Abraham, con Moisés, con David, y, por final, la alianza nueva y eterna establecida por nuestro Señor Jesucristo.

En la primera lectura, oímos de la ratificación de la alianza entre el Señor y Moisés y el Pueblo de Israel. Los ha rescatado de Egipto y los protegerá y proveerá por ellos. Y ha exigido que ellos lo adoren exclusivamente, y que sean semejantes a él, justo y misericordioso y lo demás, en la enseñanza de su Ley.

Y en el centro de la ratificación vemos un rito que usa la sangre de animales—de novillos—la mitad derramada sobre el altar, y la otra mitad rociada al pueblo. ¿Parece extraño? Estos animales no pertenecen a esta alianza—no son una parte del acuerdo. Entonces, ¿por qué el uso de su sangre?

Podemos proponer unas respuestas para explicarlo, en parte:

  • Es seguro que el uso de la sangre señala que lo que pasa es algo serio, no casual.
  • Quizá también simboliza las maldiciones asociadas al no cumplir la alianza.
  • La sangre sirve a purificar y limpiar, como oímos en la segunda lectura.
  • Y pudo usarse para consagrar para un servicio especial y santo, por ejemplo, en la consagración de sacerdotes y altares (Ex 29, 20-21; Lv 8, 23-24, 30; Ez 43, 20).
  • Y este uso de la sangre era una manera de que el Señor y el Pueblo pudieron compartir algo. Aunque fue posible, en unos tipos de sacrificio, comer unas partes del carne del animal, no fue permitido beber la sangre—porque la sangre, la vida, perteneció al Señor solo. Así el rociar sobre su exterior fue lo más cerca que podían venir al este compartir.

Pero, creo que el uso de la sangre en la primera lectura queda misterioso—y queda así hasta que lleguemos a Cristo.

Durante los siglos siguientes, claro que el Señor cumplió su parte de la alianza, perfectamente y fielmente; pero el Pueblo volvió a caer una y otra vez. Los profetas los llamaron a volver a la fidelidad a la alianza; y los sacerdotes ofrecieron sacrificios para repararla y renovarla.

Y el Señor empezó a decirlos que una alianza nueva vendría—más fuerte, más profunda que la hecha en el Monte Sinaí. Por el profeta Ezequiel (36, 26), prometió un corazón nuevo y un espíritu nuevo; por el profeta Joel (3, 1-2), que derramaría su espíritu sobre todo ser humano; por el profeta Jeremías (31, 31-34), que escribiría su ley en su corazón, y que todos lo conocerían.

Por fin, esa alianza nueva prometida fue hecha por nuestro Señor Jesucristo—y la significancia de la sangre fue revelada.

  • Porque él no es una mera animal sin conexión a la alianza; sino es el mediador mismo de la alianza nueva. Es el mediador perfecto entre Dios y los hombres, siendo Dios verdadero y hombre verdadero, conociendo nuestras debilidades y conociendo al Padre.
  • Él ha cumplido la alianza antigua perfectamente en su vida, y en su muerte ha hecho satisfacción por todos los delitos cometidos durante ella.
  • Y su sangre no es sólo rociada sobre nosotros, sino nos ha sido dado de beber. Porque no es la sangre de un animal, sino la vida misma del Dios-hombre, dada libremente por él para que compartamos en su vida divina.

San Pedro nos escribe (1 Pe 1, 18-19) que fue con la sangre preciosa de Cristo que fuimos rescatados de nuestra vana manera de vivir. Y San Pablo escribe (1 Cor 6, 11): fueron lavados, fueron santificados, fueron justificados. Lo que nuestro Señor nos ofrece en la alianza nueva y eterna, por su sangre preciosa, es maravilloso: el renacer; la unión con él; la adopción en su filiación; el Espíritu Santo morando adentro; comunión con Dios Padre. Cambio real, sanación real, perdón real, transformación real. Por el sacrificio de su propio cuerpo, nos ha hecho su Cuerpo Místico la Iglesia; por derramar su propia sangre, nos ha hecho partícipes de su vida divina.

Y ¿qué es nuestra parte en la alianza nueva? Recibir ese don; responder; y cooperar; para que, como San Pablo, podamos decir, “lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gal 2, 20) Y a veces eso puede ser lo más difícil: vaciar nuestras manos y recibir.

En la lectura del Evangelio, nuestro Señor los dirige a sus apóstoles que pregunten al hombre que encontrarán: “¿Dónde está mi habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” “¿Dónde está mi habitación?” ¿Quién lo recibirá? ¿Quién hará sitio para él en su propio corazón? Nuestro Señor ha hecho la alianza nueva y eterna en su propia sangre, y la hace presente en esta Misa y en todas las Misas: para alimentar, para purificar, para consagrar, para compartir su vida. Renovemos nuestra aceptación de su alianza hoy, verdaderamente recibiendo a él, dándolo la bienvenida a la habitación que desea—a nuestro corazón.

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