La Trinidad y tu adopción en Cristo

Eschucha mp3
Domingo de la Santísima Trinidad, Año B: 3 Junio 2012
Dt 4, 32-34.39-40; Sal 32; Rom 8, 14-17; Mt 28, 16-20

En la primera lectura, Moisés recuerda al Pueblo de Israel de las maravillas que han experimentado. Dios se les ha revelado verdades de sí mismo, desde el fuego. Y ha hecho prodigios en rescatarlos de Egipto. Y, ¿por qué? Porque Dios los ha escogido como su propio pueblo—porque los quiere. Ha dado grandes revelaciones y ha hecho grandes maravillas para formar una relación con ellos sin par.

De una forma similar, pero mucho mayor, es lo que Dios ha hecho en Cristo por nosotros, su Cuerpo, la Iglesia. Durante los seis meses pasados, hemos celebrado los prodigios que hizo para salvarnos: la encarnación y nacimiento de Cristo; el Misterio Pascual de su pasión, muerte, resurrección, y ascensión al cielo; y la misión del Espíritu Santo sobre la Iglesia. Estos son aún mayores que el éxodo de Egipto; y la revelación de sí mismo también es mayor, para establecer una relación mayor.

¿Qué es esa revelación? Nosotros católicos, en nuestra tradición intelectual, afirmamos que es posible saber muchas verdades de Dios por la sola razón: por ejemplo, que él existe, que es uno, que es bueno y perfecto e infinito—y más. Pero la doctrina de la Santísima Trinidad es una que nunca podríamos descubrir, sino necesitamos recibirlo por una revelación especial de Dios. Y qué revelación es: la enseñanza más distintivamente cristiana; y, dice el Catecismo (234), “el misterio central de la fe y de la vida cristiana… la fuente de todos los otros misterios de la fe… la luz que los ilumina.”

Y la doctrina es bastante fácil declarar—aunque sea más difícil entender. Torna en 3 términos importantes: substancia, persona, y relación.

  • Dios es uno. “No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas.” Hay una “substancia, esencia o naturaleza divina.” Y “las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios.” (253) Dios es uno en substancia.
  • Dios es tres. Hay tres Personas divinas: el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. Y estos “no son simplemente nombres que designan” tres aspectos de una persona, o tres modos o modalidades de cómo actúa una persona. Las tres Personas divinas “son realmente distintos entre sí.” (254) Dios es tres Personas.
  • Y la distinción real de las Personas entre sí no se encuentra en diferentes características de personalidad, ni en diferentes funciones de empleo. No, “la distinción real de las Personas entre sí reside únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras.” Y los nombres de las tres Personas identifican esa distinción con precisión: “El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede” o es aspirado. (254-55)

La doctrina es bastante fácil declarar—pero más difícil entender, porque no estamos hablando de personas humanas sino de Personas divinas infinitas. Podemos hablar por analogía y hablamos la verdad; pero nuestros intelectos finitos no alcanzan comprender la verdad que afirmamos por nuestros labios.

Y ésta, la mayor de revelaciones, con esas mayores de maravillas que hemos celebrado durante el año, tiene el propósito de establecer la mayor de relaciones con Dios. Y esto pertenece mucho a la Misa.

Considera: confesamos que nuestro Señor Jesucristo, Dios Hijo, es el “hijo unigénito” de Dios Padre. Y la distinción que lo distingue de las otras dos Personas divinas es su relación de ser Hijo: de ser “engendrado,” de su “filiación.” Y, como oímos del apóstol San Pablo, hemos recibido “un espíritu de adopción como hijos,” por el bautismo. Por nuestro bautismo, ¡hemos sido traídos en el corazón de la Trinidad mismo!

Y, si hemos sido hecho partícipes de la filiación del Hijo unigénito, ¿qué más podemos decir de qué significa esta filiación? El Papa Juan Pablo II escribió (Vita Consecrata, 16) que el Hijo “todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor.” Lo hizo desde toda la eternidad, recibiendo toda la bondad, el ser, el amor, y la belleza que se encuentra en el Padre, y devolviendo todo en el amor. Y, encarnado como nuestro Señor Jesucristo, continuó hacerlo en todos los momentos de su vida terrenal, cumpliéndolo en su gran donación sacrificial de sí mismo, en el amor, en la cruz.

Lo que pasa en la Misa es que ese sacrificio se hace presente aquí en el altar; Cristo recibiendo todos y devolviendo todo al Padre, aquí; ¡la filiación de Dios Hijo siendo vivido aquí mismo! En la Misa, ¡estamos en la presencia del corazón de la Santísima Trinidad!

Y quiere que nosotros también vivamos la filiación de la cual hemos sido hecho partícipes. Y por este propósito Cristo se hace presente en la santa Misa: para vivir su filiación al Padre y guiarnos en hacer lo mismo; para recibir todo del Padre y devolver todo en el amor, y guiarnos en hacer lo mismo. Para que nosotros nos ofrezcamos al Padre con él—de verdad, “por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.”

Y ¿dónde está esa Tercera Persona de la Trinidad en esta Misa? Está en tu corazón, morando desde tu bautismo; dirigiéndote seguir a Cristo hasta el Padre; dirigiéndote a la Misa, y aún adelante, espiritualmente, para que te ofrezcas con Cristo y en Cristo.

Y eso es lo que significa la Santa Misa. Entrar en el corazón de la Trinidad: y no sólo como observadores, sino como hijos, adoptivos en Dios Hijo, viviendo esa filiación en unión con el unigénito, dándonos sin límite al Dios Padre. Entremos más profundamente en esta Misa que nunca.

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