Pentecostés, la Virgen, y decir Sí al Espíritu Santo

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Domingo de Pentecostés, Año B: 27 Mayo 2012
Hch 2, 1-11; Sal 103; Gal 5, 16-25; Jn 15, 26-27; 16, 12-15

Oímos en el libro de Génesis, capítulo 11, de la torre de Babel—de cómo, muy temprano en la historia humana, en un valle en Mesopotamia, se intentó edificar una gran torre—una torre cuya cúspide llegara al cielo para que sus edificadores pusieran hacerse un nombre. (Gn 11:4) Fue un proyecto de orgullo y ambición humana, con la intención de edificarse sin Dios—y produjo tensión, confusión, y división; y los que intentaron colaborar fueron separados, hablando distintas idiomas, morando muy alejados.

Hoy, en la fiesta de Pentecostés, celebramos la revocación de Babel. Porque, en los eventos de este día, narrados en el capítulo 2 del libro de los Hechos, nace la Iglesia. E inmediatamente la Iglesia empieza a cruzar las barreras del idioma para que, como oímos, gente de muchas naciones los oyeron hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua. Y así estos pueblos—diversos y divididos—se juntan en uno. Y esto no fue un accidente: el Concilio Vaticano Segundo nos enseñó que la Iglesia es “para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación.” (Lumen gentium, 9)

Pentecostés es la revocación de Babel. La división cambia en la unidad; la confusión en el entendimiento. Este es el sueño que deseamos ardientemente. Pero, ¿cómo sucede? Y debemos asegurar que la contestemos correctamente—porque, si pensamos que la Iglesia es sólo otra operación meramente humana, entonces edificaremos la torre de Babel de nuevo, produciendo los mismos resultados terribles.

Lo que se necesita es un cambio de corazón. Lo que se necesita es un cambio de espíritu. Y San Pedro dice a la muchedumbre ese día: lo que pasó “es lo dicho por el profeta Joel: “En los postreros días—dice Dios—, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne.” (Hch 2, 16-17) Es por el don del Espíritu Santo que pasa este cambio—este don que nuestro Señor Jesús había prometido muchas veces, inclusive en nuestra lectura del Evangelio del hoy, y hace sólo 10 días cuando estuvo a punto de ascender a los cielos: “cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos.” (Hch 1, 8)

En el día del Pentecostés se cumplió esta promesa: en este día, el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, fue enviado a la Iglesia. Ésta es la misión del Espíritu—que procede del Padre y del Hijo, o es “aspirado” por ellos, de la misma naturaleza de ellos. Ésta es la misión del Espíritu—en plena cooperación con la misión del Hijo, que había cumplido abrir el camino del regreso al Padre en su Ascensión hace 10 días—y ahora el Espíritu es enviado a la Iglesia, para movernos y animarnos en seguir nuestro Señor, nuestra cabeza y principio, a dónde nos ha guiado.

Y así el Espíritu Santo nos ha movido durante 2000 años, guiándonos hasta la verdad plena, morando en nosotros desde nuestro bautismo, fortaleciéndonos en la confirmación, actuando en los sacramentos, actuando en nuestros corazones—haciendo un santo heroico tras otro en la gran procesión de la historia de la Iglesia.

Pero, ¿estás listo? ¿Eres dispuesto a dejar que el Espíritu Santo te mueve en tu vida actual? ¿Te asusta un poco? Aunque el Espíritu Santo ya mora dentro de ti, si has sido bautizado—es un paso adicional estar abierto y responsivo a los impulsos del Espíritu, sus susurros, su dirección. Parece más fácil, ¿no?, permanecer en estar el capitán de nuestro propio barco, el forjador de nuestro propio destino. Se asusta, ¿no?, empezar en escuchar al Espíritu Santo.

Y es probable que también se sintieran así los apóstoles en ese primer día de Pentecostés hace tantos siglos. Supieron la historia de su Pueblo de Israel, y qué pasó cuando el Espíritu Santo vino sobre varios jueces y reyes y profetas. Pero, ¿sobre ellos? ¿Qué podría pasar en ellos?

Pero entre ellos hubo alguien que pudo decírselo. Leemos en el 1er capítulo de los Hechos que junto con ellos fue la santa Virgen María, madre de nuestro Señor Jesús (1, 14). Y ella bien conoció cómo fue decir “sí” al Espíritu Santo; porque, hace unos 33 años, el ángel Gabriel le había dicho, “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.” (Lc 1, 35) Quizá más que todos los otros seres humanos, ella conoce cómo es ser llenado por el Espíritu Santo—hasta que unos santos la llaman “la esposa del Espíritu Santo.” Su presencia entre los apóstoles, su ejemplo, su testimonio debieron de haberlos reasegurado en aquel día; y así pueden reasegurarnos hoy.

Porque vemos en ella lo que oímos de San Pablo en la lectura segunda. No encontramos en ella las obras de la carne, las obras que proceden del desorden egoísta, que caracterizaron a los que quisieron edificar la torre de Babel. No encontramos ningún hambre interna ravenesa que guía a la agresión y la destrucción adentro y en las relaciones con cosas materiales, con personas, con Dios mismo. No, descubrimos que ella está llena, de verdad, con la alegría y la paz que todos quieren; y que, de ellas, pudo ser generosa y benigna y buena a otros; y fiel y amable y con el dominio de sí mismo en sí y en su relación con Dios; y sobre todo, siempre, movida por el amor.

Nuestra Señora pudo asegurarlos que así es ser llenado y movido por el Espíritu Santo. Ésta es la misión de esta Tercera Persona de la Trinidad. Ésta es el alma de la Iglesia, y la fuente de cómo puede ser la Iglesia la restauración y sanación de lo que hirió Babel. Éste es el latido del corazón de los santos, y sobre todo de la santa Virgen. Como los apóstoles, recibamos todos su aseguro, y dejemos que el Espíritu Santo nos mueve en todo momento.

Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles,
y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu Creador
y renueva la faz de la tierra.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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