Día de la Madre y Primera Comunión: Caminando juntos al Reino Celestial

Eschucha mp3
VI Domingo de Pascua, Año B: 13 Mayo 2012
Hch 10, 25-26.34-35.44-48; Sal 97; 1 Jn 4, 7-10; Jn 15, 9-17

Hoy oímos que nuestro Señor Jesús nos habla de una familia—de la familia suya, la familia de la Santísima Trinidad. Nos habla de su relación con Dios Padre—una relación que ha existido desde la eternidad, entre Dios Padre y Dios Hijo. Y ¿por qué nos habla de ella? Porque le importa mucho a él, y es necesario saber de ella si queremos saber quién es Jesús y cómo es; pero también porque quiere atraernos hasta entrar en esa relación, hasta compartir en su propia vida divina.

Nos dice: “Como el Padre me ama, así los amo yo… yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor… si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor.”

Y este mensaje pertenece a los dos grupos por los cuales esta Misa es muy especial: para las madres, y para los cinco niños que hoy recibirán su primera Santa Comunión.

A las madres—y también a los padres, y los hijos, a toda la familia—es importante pensar en lo que añade Jesús a la familia natural. Porque, cuando hace que se crucen la familia humana y la familia divina, añade nuevas dimensiones y una nueva misión a la familia humana natural.

Oímos que San Juan habló en su primera carta de los que han nacido de Dios—que han sido hechos hijos de Dios. Esta transformación maravillosa sucede en el bautismo: nacimos de nuevo como hijos adoptivos de Dios. Cuando un hijo adoptivo de Dios se casa con una hija adoptiva de Dios—cuando un bautizado y una bautizada se casan—forman más que un matrimonio natural. Son dos discípulos fieles de Cristo, elegidos y destinados por Cristo, juntándose uno a otro para vivir esa vocación juntos. Y entonces cuando dan luz a un hijo, y traen ese hijo suyo y lo entregan al bautismo—lo que reciben de nuevo en sus brazos es tercero hijo adoptivo de Dios.

Por eso, al mismo tiempo que son una familia de madre y padre e hijo, también son algo más: son una comunidad de hijos adoptivos de Dios, una comunidad de discípulos de Cristo, con un mandamiento y un compromiso de amar unos a otros como él los ha amado; de ayudar unos a otros a seguirlo hasta su reino celestial.

Así el Catecismo (1656) nos dice que “las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora”; y el Concilio Vaticano II llama a la familia Ecclesia domestica. Porque en el seno de la familia, “los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo.”

Son las madres y los padres que son los primeros que enseñan a estos discípulos más pequeños de Dios y cómo hablarle en la oración; de Jesucristo y lo que él nos ha hecho; que los traen a Misa; que les dan sus lecciones primeras en el amor de Dios por su propio amor generoso y sacrificial todos los días. Así hacen su familia una “comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana.” (CIC 1666)

De esta manera, los padres de estos cinco niños los han traído hoy hasta los pies de nuestro Señor Jesucristo, para que pueda alimentarles con su propio cuerpo y sangre en su primera Santa Comunión.

Y ustedes cinco niños—Daniel, Federico, Micaela, Gonzalo, y Juan David—ustedes han aprendido mucho en este año de qué significa permanecer en el amor de Cristo, como él nos anima. Han aprendido y experimentado que, si cometemos el error de salir de su amor por pecar, siempre podemos regresar a su amor por arrepentirnos y confesarnos, en el sacramento de la penitencia y de la reconciliación. ¡Que ustedes permanezcan siempre en su amor!

Y han aprendido que él nos ofrece el don preciosísimo de su propio cuerpo y sangre. Después de unos pocos minutos, ustedes traerán adelante las ofrendas del pan y del vino. Y entonces, por las palabras que pronunciará el sacerdote—las palabras mismas que él dijo en la cena última—Cristo los cambiará en sí mismo. Porque él quiere mucho a ti y cuánto ha deseado entregarse a ti—para que more contigo, y tú con él; para que puedas permanecer en su amor.

Y así la familia católica crece como una comunidad de discípulos: amando juntos a Cristo, escuchando su palabra, siguiéndolo en sus caminos, aún hasta el reino celestial. Y la enseñanza fluye no sólo de una dirección, de los padres a los hijos; sino también pasa de los discípulos menores a los discípulos mayores, cuando ellos también dan ayuda, consuelo, y ánimo en acercarse a Cristo. Una amiga mía fue recordada por su hija de siete años que sus hijos son sus joyas—sus joyas espirituales. De verdad el fruto de la vida de una madre es fruto que permanecerá: hijos e hijas de Dios que brillarán para siempre, proclamando la grandeza de Dios.

Así nos acerquemos a Cristo—madres y padres e hijos; discípulos mayores y menores—amando los unos a los otros como él nos ha amado, y permaneciendo en su amor.

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