El Ministerio de San Esteban y el fruto de escuchar con compasión

Eschucha mp3
V Domingo de Pascua, Año B: 6 Mayo 2012
Hch 9, 26-31; Sal 21; 1 Jn 3, 18-24; Jn 15, 1-8

La lectura que oímos del Evangelio hoy es una que usé muchas veces mientras que enseñaba la RICA en este año—a los que se preparaban para el bautismo o para hacerse católicos. Porque, después de llegar a conocer a Cristo, y responderlo en la fe, y recibir el bautismo y la confirmación: entonces, ¿qué?

La respuesta es: vivir la vida cristiana; vivir cada día en Cristo. Y Cristo nos lo muestra en el imagen en la lectura: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante.” De un lado, debemos echar raíces en él, como un sarmiento en una vid. Como ese sarmiento, nos abramos a recibir su gracia, su alimentación, por medio de la oración y la meditación todos los días. Y entonces esa misma alimentación emerge como fruto en nuestras vidas. Y pensamos en el fruto que vemos en una vid: rico, abundante, hermoso, y vivificante.

¿Qué es el fruto que desea Cristo? El fruto de un amor que se entrega, como el suyo: amor para Dios, en oración y alabanza, en fidelidad y obediencia; y amor para otros, en hechos de justicia y bondad, de caridad y misericordia.

Porque Cristo nos ama tanto. Quiere que recibamos su amor; y que seamos sus instrumentos en tocar a otros con su amor también. ¡Qué profundo es cuando recibimos una acto de amor de otro y sabemos que es el amor de Cristo y el amor suyo también!—mediado por sus ojos, sus manos, por nosotros aquí y ahora.

Cuando estaba en el seminario—sobre todo en un programa especial de verano—aprendí que ordinario, pero profundo, es un regalo que podemos dar a otros: el regalo de escucharlo con compasión. Cuando le damos de nuestro tiempo y atención; cuando oímos todas las palabras que dice, y lo que hay debajo de ellas; cuando comprendemos algo de lo que siente; cuando nos quedamos y no huimos; cuando le informamos que no está sólo y, no, no es loco; cuando no podemos resolver sus problemas pero podemos amarlo con el amor de Cristo en medio de ellos: es un regalo de amor muy simple, pero valioso—y necesitado por todos.

En este año hemos estado preparando iniciar el Ministerio de San Esteban, ese ministerio de compasión, en nuestra parroquia. Es probable que has oído de él en el boletín o en conversación. En Agosto, tres fuimos para ser entrenados como Líderes—el Diacono Julio, Hernán, y yo. Y en enero empezamos entrenar a unos 12 de la parroquia para hacerse nuestros primeros Ministros de San Esteban. Van a completar su entrenamiento y ser comisionados después de solo dos semanas, en el 20 de mayo. Estamos en un momento emocionante.

¿Qué es un Ministro de San Esteban? ¿Para qué se preparan estos 12? Un ministro de San Esteban es, básicamente, un amigo cristiano y compasivo—pero con más estructura: que ha recibido entrenamiento, ha hecho un compromiso específico, y recibe supervisión. No ofrece ni consejo legal ni consejo de finanzas; no ayuda con conducir el coche ni con las tareas del hogar. En cambio, provee una ayuda muy particular y valerosa: escucha y se preocupa; da apoyo y consuela.

Así, parece a San Bernabé, del cual oímos en la primera lectura. Allí oímos, como en todas sus apariencias en el libro de los Hechos, que cumple su apodo “Bar-Nabas,” “hijo de consolación”—y siempre vemos que él se acerca a una persona u otra, para apoyarlo, edificarlo, consolarlo. Y uno de ellos fue San Pablo mismo. Pareciente a San Bernabé, un Ministro de San Esteban forma una relación uno-a-uno y confidencial con la persona que recibe su cuidado—un hombre con un hombre, una mujer con una mujer—y se reúnen normalmente una vez cada mes, más o menos una hora, para la duración que se necesita, aún meses o años.

Si este es el Ministro de San Esteban, ¿quién recibiría beneficio de su cuidado? Una persona normal, y sicológicamente sana, que vive una vida normal—pero ha experimentado unas de las dificultades de la vida que todos experimentamos de vez en cuando. Quizá perdió a un ser querido, o su empleo. Quizá está en el hospital, o sufre de una enfermedad grave. Quizá ha experimentado un divorcio, o un nacimiento, o una graduación, o una mudanza, u otro cambio importante de la vida. Quizá es el cuidador de un miembro de la familia. En todas estas situaciones, y otras, quizá esa persona eres tú. O quizá es otro que conoces en esta parroquia—que recibiría beneficio del cuidado cristiano, confidencial, comprometido, de un Ministro de San Esteban.

Nuestros primeros Ministros de San Esteban se comisionarán en sólo dos semanas—y por eso estamos buscando los en nuestra parroquia que deberían recibir su atención. ¿Eres tú? Si quieres discutir recibir el cuidado de un Ministro de San Esteban, favor de hablar conmigo—o con el Diácono Julio o Hernán Oyarzábal—después de la Misa, o por teléfono. O, ¿conoces a alguien de la parroquia que recibiría beneficio de tal cuidado? Entonces, favor de hablar con eso y recibir su permiso, y entonces llamar a uno de nosotros.

Y creo que es una gran consolación saber que, a veces, los que reciben el cuidado de un Ministro de San Esteban en una estación de su vida entonces se hacen Ministros de San Esteban también, para dar ese mismo regalo a otro en otra estación. Porque así pasa, ¿no?, cuando permanecemos en Cristo y damos el fruto que él desea. Si piensas en hacerte un Ministro de San Esteban, o un Líder de San Esteban, favor de hablarnos también.

Como escribió San Pablo, consolemos a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. (2 Co 1, 4) Como San Esteban, como San Bernabé, demos el regalo de escuchar con compasión. Nos amemos los unos a los otros, conforme al precepto que Cristo nos dio; amemos de verdad y con las obras. Nuestro Señor Jesús dijo, “La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiestan así como discípulos míos.”

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