Tóquenme y vean que el amor venció la muerte

Una homilía para un Día de Oracíon del Proyecto Raquel, que ayuda a mujeres y hombres que sufren por haberse hecho o contribuido en un aborto provocado. No fue grabada.
III Domingo de Pascua, Año B: 21 Abril 2012
Hch 3, 13-15.17-19; Sal 4; 1 Jn 2, 1-5; Lc 24, 35-48

Cristo resucitado dijo a sus apóstoles: “Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse.”

Y claro que era difícil creerlo. Habían visto lo que había sufrido hace pocos días: las acusaciones falsas, la condenación, el azotar, la corona de espinas, la vía dolorosa, los clavos, y, por fin, la muerte. Habían visto todo esto—o habían oído de ello, los que habían huido.

Y supieron bien lo que escribiría nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, cuando era sacerdote joven, en su libro Introducción al Cristianismo. Supieron que la natura del amor “postula perpetuidad, imposibilidad de destrucción.” Pero también supieron que, en este mundo que conocían, “es grito irrealizable; exige la eternidad, pero en realidad cae en el mundo de la muerte.” Supieron que, cuando el amor se enfrentaba a la muerte, el amor perdía.

Hasta ahora. Lo que descubrieron en aquel primer domingo de Pascua fue que, por fin, en la resurrección de su Señor Jesucristo, el amor se había enfrentado a la muerte, y ¡el amor venció! “Miren mis manos y mis pies,” les dijo. “Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse.” Vivía. ¡Vivía! Y había venido para hablar a cada uno, a tocar a cada uno, a compartir con ellos su amor invencible, su vida indestructible, su sanación, su gozo—y para hacerlos testigos de esto.

A ellos que lo habían abandonado, no los abandonó. A San Pedro que lo había negado, lo afirmó, restauró, y edificó. Aún sus pecados no pudieron vencerlo a Cristo, si fueron listos a arrepentirse y abrirse de nuevo a él y a sus dones.

Y así, después de pocos meses, después de su Ascensión y la misión del Espíritu Santo en Pentecostés, San Pedro y San Juan pudieron compartir el poder sanador de Cristo con un hombre, cojo de nacimiento, hasta que era andando, saltando y alabando a Dios. (Hch 3, 1-11) Y entonces San Pedro dijo a la muchedumbre las palabras que oímos en la primera lectura: Ustedes han dado muerte al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y de ello nosotros somos testigos.” Conociendo bien el perdón, el poder sanador, y el amor de Cristo, San Pedro pudo proclamarlo a la muchedumbre.

Porque esto es lo que somos como la Iglesia de Cristo. No somos los perfectos sino los que hemos sido perdonados. No los nunca-sucios sino los que hemos sido limpiados. No los siempre-sanos sino los que él está sanando. Lo que San Pablo escribió de Cristo y la Iglesia aplica a cada uno de sus miembros; aplica a mí y aplica a ti.

Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada. (Ef 5, 25-27)

Esto es lo que somos; esto es lo que seremos, si dejamos que nuestro Esposo Divino nos lo haga. A esto te llama a ti; esto te lo promete. Porque te ama con un amor invencible; y él es poderoso para salvar. (Is 63, 1)

En este tiempo de la Pascua, gocemos en su victoria; gocemos en su amor. Lo toquemos y seamos convencidos; y seamos sus testigos—testigos del amor de Cristo que ha vencido la muerte.

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