¡Qué grande es la Divina Misericordia!

Una traducción de la homilía que prediqué en inglés en el Domingo de la Divina Misericordia.
II Domingo de Pascua (o de Divina Misericordia), Año B: 15 Abril 2012
Hch 4, 32-35; Sal 117; 1 Jn 5, 1-6; Jn 20, 19-31

Hace nueve días, recordamos la dolorosa Pasión de nuestro Señor Jesucristo: cuando, voluntariamente, extendió sus brazos entre el cielo y la tierra, y derramó su Sangre Preciosa por nosotros. Y, por los que lo estaban matando, clavando sus manos y sus pies a la cruz, dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lc 23, 34)

Hace nueve días, recordamos la gran provisión de la Divina Misericordia, cuando, después de que nuestro Señor entregó el espíritu, uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al momento salió sangre y agua (Jn 19, 30.34)—esos dos corrientes de su gracia que se simbolizan por los dos rayos de luz que vio Santa Faustina brillando desde su Corazón:

  • el agua que llena todos los fuentes del bautismo, por el cual él da el perdón y el renacimiento;
  • la Sangre Preciosa que llena todos los cálices todas las veces que el sacrificio de la Santa Misa está ofrecida;
  • y la gracia dada en la confesión, en el sacramento de la penitencia y la reconciliación, que entramos como pecadores para encontrar la misericordia, el perdón, y el amor. Oímos que dio el poder y la comisión a sus apóstoles: “A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados.” Los hizo—y por medio de ellos los hizo a todos sus obispos y sacerdotes—agentes de su Divina Misericordia.

De verdad, como escribe San Juan, Jesucristo es el que se manifestó por medio del agua y de la sangre. Ha vencido la muerte; ha resucitado, glorioso y triunfante; y comparte su vida de la resurrección—su filiación, su victoria—con nosotros: porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo.

¡Qué fuente tremenda es la Divina Misericordia que Cristo nos ha abierto! Porque no nos da el castigo que merecen nuestros actos pecaminosos. Y mucho más que eso: nos suple los que necesitamos gravemente, lo corporal y lo espiritual. Porque esto es la significancia de la misericordia, del hebreo jesed y el griego éleos: de su abundancia, nos suple nuestra necesidad. Por la gracia que derrama de su Corazón, nos da un corazón nuevo; por soplar sobre nosotros, nos da un nuevo espíritu. (Ez 36, 26) En una Divina Misericordia que es una superabundancia de la justicia, Cristo derramó su sangre, como San Pablo escribe a los romanos, para manifestar la justicia de Dios, a fin de que él sea el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús. (Rom 3, 25-26)

A él, nos acercamos; abrimos nuestras manos; recibimos la misericordia que derrama de su Corazón; y nos exultamos en ella, en la acción de gracias. Dad gracias al Señor, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia.

Y, después de suplirnos su misericordia, nuestro Señor nos manda que también tengamos misericordia de otros. Dijo a sus discípulos: “Sed misericordiosos, así como vuestro Padre es misericordioso… Amad a vuestros enemigos, y haced bien… Dad, y os será dado.” (Lc 6, 35-38) Y recordamos bien la parábola en la cual el rey perdonó la enorme deuda de su siervo, y después tuvo que decirlo, “¿No deberías tú también haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti?” (Mt 18, 33)

Y así es que nosotros que hemos recibido la misericordia somos mandados a darla a otros: físicamente, en los siete obras de misericordia corporales, por dar de comer, vestir, y visitar; y espiritualmente, en los siete obras de misericordia espirituales, por instruir, perdonar, consolar, y orar. Y qué claramente lo vemos en la primera lectura, que nos hable de la comunidad primitiva de los que habían creído en Jerusalén. Aunque no necesitamos vivir de la forma exacta que ellos vivían, la raíz es correcto: nadie consideraba suyo nada de lo que tenía, sino todos reconocían que lo que se les había dado, o material o espiritual, era para suplir los necesidades de otros, en la misericordia. “De gracia recibisteis, dad de gracia.” (Mt 10, 8)

Y qué preciosa misericordia vamos a recibir en esta Santa Misa. En las palabras de la oración de San Tomás de Aquino:

Dios todopoderoso y eterno, aquí vengo al sacramento de tu Hijo Único, Nuestro Señor Jesucristo; vengo como enfermo al médico de la vida, como impuro a la fuente de la misericordia, como ciego a la luz de la claridad eterna, como pobre e indigente al Señor del cielo y de la tierra.
Imploro, pues, la abundancia de tu inmensa generosidad, para que te dignes curar mi enfermedad, lavar mi suciedad, iluminar mi ceguera, enriquecer mi pobreza, vestir mi desnudez; y así pueda recibir el pan de los Ángeles, al Rey de reyes y Señor de señores, con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y devoción, con tanta pureza y fe, con tal propósito e intención, como conviene para la salud de mi alma.
Dame, te ruego, que no sólo reciba el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, sino también la gracia y la virtud del sacramento.
Dios de mansedumbre, concédeme, así, recibir el Cuerpo de tu Hijo único, Nuestro Señor Jesucristo, que Él tomó de la Virgen María, para que merezca ser incorporado a su Cuerpo Místico y contado entre sus miembros.

Padre lleno de amor, concédeme contemplar por toda la eternidad el rostro revelado de tu amado Hijo que, ahora oculto, me propongo recibir en el camino de esta vida.

Que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

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