Domingo de Ramos: ¿Es el Amor amado?

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Domingo de Ramos, Año B: 1 Abril 2012

En la Procesión con Ramos
Jn 12,12-16

Así empezamos la Semana Santa como siempre: en procesión gozosa con ramos. Porque así empezó la primera Semana Santa hace tantos siglos: con mantos y ramas en el camino, y ramas arriba, ¡para dar la bienvenida al rey!

¡El rey, el Hijo del gran Rey David, el Mesías! ¡Había llegado en su capital Jerusalén—y ahora todo cambiaría! ¡Qué alegría! ¡Qué esperanza! “¡Hosanna!”

El muchedumbre dio la bienvenida a un rey, y toda la ciudad se conmovió y decían, “¿Quién es éste?” (Mt 21, 10) Y convino que preguntaban. Quizá unos notaron que este rey no montaba a un caballo de guerra, para conquistar por la violencia; sino a un burrito, porque quiso ganar nuestros corazones.

¿No oímos una súplica por el amor en ese versículo del Antiguo Testamento?—“No tengas temor, hija de Sión, mira que tu rey viene a ti montado en un burrito.” Viene a nosotros en humildad para ganar nuestra apertura, nuestra confianza, nuestra fe.

Por eso, en aquel primer Domingo de Ramos, caminó adelante con valor para cumplir su propósito—su propósito de un amor infinito y generoso.

“No tengas temor, hija de Sión, mira que tu rey viene.” ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!

En la Misa
Is 50, 4-7; Sal 21; Flp 2, 6-11; Mc 14, 1—15, 47

¿Qué tipo de rey es éste? Hace cinco días el muchedumbre lo había aclamado, mostrando ramas y gritando, “¡Hosanna!” Y ahora—muerto. Muerto en una cruz—una cruz romana. No había pasado ningún organizar militarmente, ni armar, ni luchar contra el imperio romano.

¿Cuál era su propósito? ¿Cómo lo había perseguido?

Había preparado una cena. Había reunido a los Doce alrededor de la mesa, y les había alimentado con su propio cuerpo, su propia sangre.

Ya, como dice San Pablo, este Hijo de Dios no se había aferrado a las prerrogativas de su condición divina, sino se había anonado a sí mismo, tomando la condición de siervo. Por amor del Padre, se había humillado a sí mismo; por amor de nosotros, y para ganar nuestro amor, había venido entre nosotros, para compartir nuestra vida y nuestra naturaleza.

Y ahora avanzaría más: dándonos a su propio cuerpo y sangre como alimentación.

Y en su pasión, no nos negará nada. Como oímos en la primera lectura, ofreció la espalda a los golpes, la mejilla a las tiras, el rostro a los insultos y salivazos. Por nosotros, endureció su rostro como roca y avanzó a la cruz, menospreciando la vergüenza (Heb 12, 2). Por nosotros, sufrió el azotar, la corona de espinas, llevar su cruz, el clavar, y, por fin, el morir. Por nosotros su Sagrado Corazón fue traspasado por una lanza, y salió sangre y agua (Jn 19, 34), la fuente de la gracia de todos los sacramentos.

Allí se suspende, sus brazos abiertos, ofreciéndonos su gran amor.

¿Y cómo le respondieron otros a él? Por besarlo como acto de traición; por acusarlo; por condenarlo; por burlarse de él; por insultarlo; por abandonarlo; por huir de él; por negarlo.

Como San Francisco de Asís y muchos otros santos han declarado, “¡El Amor no es amado!” “¡El Amor no es amado!”

Y el Amor persevera en amar. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” “Perdónalos.”

En su amor, nuestro Señor te creó a ti. En su amor, se anonadó a sí mismo para llegar a ser hombre, para ti. En su amor, se sometió al sufrimiento y a la muerte, para librarte de tus pecados. En su amor, salió sangre y agua de su Sagrado Corazón, para unirte a él. En su amor, te ofrece su proprio Cuerpo y Sangre, para alimentarte de sí mismo.

En la Pasión de Cristo, vemos que nuestros sufrimientos son los suyos; vemos la verdad de nuestro pecado; y se toca el corazón nuestro por su gran amor. Pero esta realización no puede ser sólo un momento que recurre cada año; no puede ser sólo un sentimiento aislado. Nuestro Señor nos invita adelante, a acercarnos a él, a darle a él nuestra vida de nuevo.

Vimos que San Pedro quiso ser fiel a su Señor. Pero el espíritu estuvo pronto, la carne débil. En el peligro, no pudo, y negó a Jesús. Y rompió a llorar. Pero su historia no terminó allá. Después de su resurrección, Jesús lo restauró, con la pregunta, “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Jn 21, 16) Tres veces lo preguntó para recibir tres veces su afirmación: “Sí, Señor; tú sabes que te quiero.” Tres afirmaciones para reparar las tres negaciones. Y conocemos que entonces San Pedro lo amaba fielmente, predicando el evangelio, sirviendo como el primer papa de la Iglesia, y por fin derramando su vida en Roma en su propia cruz.

San Juan nos escribió (1 Jn 4, 10): El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados.

Responde, por favor, a este rey—el rey de los corazones. Que el Amor sea amado; que el Amor sea amado en tu corazón.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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