Él permanece fiel

Eschucha mp3
IV Domingo de Cuaresma, Año B: 18 Marzo 2012
2 Cr 36, 14-16.19-23; Sal 136; Ef 2, 4-10; Jn 3, 14-21

Creo que el salmo de hoy debe tocar los corazones de todos que viven fuera de su hogar, de su patria. Este salmo recuerda la nostalgia que habían sentado los israelitas desterrados en Babilonia:

Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar… Decían los opresores: “Algún cantar de Sión, alegres, cántennos.” Pero, ¿cómo podríamos cantar un himno al Señor en tierra extraña?

Estas palabras pueden expresar el dolor o, a lo menos, el ansia, que sentimos cuando lo echamos a menos nuestro hogar. Y seguro que muchos aquí en esta Misa conocen ese sentimiento.

Pero creo que hay otro también por el cual sentimos nostalgia—aunque quizá no lo reconocemos bien. Ansiamos la solidez. En un mundo que ahora siempre cambia, deseamos algo inmutable. Deseamos algo en el cual podemos depender. Y no sólo sitios que no cambian, y tradiciones e instituciones que no cambian—sino también ansiamos relaciones personales que no cambian. Personas que no se marchan; empleadores que no despiden; esposos que no divorcian; padres que no abandonan.

La echamos a menos la fidelidad. Ansiamos que personas sean fieles a nosotros, guardando sus compromisos para siempre. Pero ¿estamos listos nosotros a ser fieles a otros? ¿Pueden depender firmemente en nosotros?

En las lecturas de hoy oímos de la fidelidad absoluta de Dios—como una roca.

En la primera lectura oímos, como oímos con frecuencia en el Antiguo Testamento, de las infidelidades del Pueblo de Dios—practicando las costumbres de los paganos y no escuchando las palabras de sus profetas. Oímos de los esfuerzos del Señor a convencerlos a cambiarse—y de cómo, al final, dejó que salieran al destierro. ¿Fue una acción de fidelidad? ¡Sí! ¿Cómo? Hay un paisaje en la segunda carta de San Pablo a Timoteo que puede iluminarlo. Escribe: “Si perseveramos, también reinaremos con Él; si le negamos, Él también nos negará; si somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo.” (2 Tim 2, 12-13)

No puede negarse a sí mismo, y no puede contradecir nuestro bien verdadero. Como a un niño que está al borde de hacerse daño; como a un adulto esclavizado por una adicción; el Señor no puede consentir a nuestras acciones pecaminosas, que hacen daño a nosotros y a otros. Consentir a estos sería infiel y sin amor. Por eso, no puede consentir a ningún tipo de pecado, inclusive esa clase de pecado que está de mayor interés a nuestra sociedad hoy, la que pertenece a la sexualidad y al matrimonio. Dios no puede consentir a la actividad sexual fuera del matrimonio; a la actividad homosexual; al adulterio; a la cohabitación; a la contracepción; al aborto provocado; al divorcio; al llamado “matrimonio” del mismo sexo. Porque sabe bien que nos ha hecho para la fidelidad, para la unión verdadera, para dar la vida en el amor. Nos llama a ser fiel como él es fiel. Pero si somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo.

Pero, aunque no puede consentir a nuestro pecado, no se limite en una posición fría y lejos. ¿Cuánto está dispuesto a hacer para ayudarnos a caminar justamente? Cómo oímos, continuamente enviaba a sus mensajeros, a sus profetas, a su Pueblo. Y en la plenitud del tiempo, tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo único. Y ¿cuán fiel fue él? ¿Cuán confiable? Hasta el punto de ser clavado en su lugar en la cruz; no saliendo, no yendo a ninguna parte. Allí lo vemos: fijado en la cruz.

Jesús dijo a Nicodemo: “Así como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.” ¿Te acuerdas de ese evento acerca de las serpientes? Se cuenta en el capítulo 21 del libro de los Números, mientras el Pueblo de Israel viajaba en el desierto, desde Egipto hasta la Tierra Prometida. Pasó que muchas serpientes venenosas mordían al pueblo, y así murieron muchos. Y el Señor dijo a Moisés: “Hazte una serpiente de bronce y ponla sobre una asta; cualquiera que sea mordido y la mire, vivirá.” (Nm 21, 6-9)

Se sufrían de un veneno mortal—y el Señor proveyó una imagen de lo que los afligió—para salvarlos. Y en la cruz de Jesucristo, otra vez, por razón del pecado del todo el mundo, levanta a su Hijo único sobre el universo, mostrando qué es el pecado que nos aflige—para que todo crea en él, y todo se salve.

Y para que todo vea qué es su fidelidad: una fidelidad confiable; una fidelidad generosa al extremo; una fidelidad que nos soporte y nos edifica. Una fidelidad paternal que no nos permite perdernos en un camino malo, sino nos levanta y fortalece. Una fidelidad, una gracia, un amor que nos salva—y nos hace semejante a él—si lo permitimos.

Permítelo, por favor. Mira a él, al fiel, levantado por ti. Deja que seas levantado en él. En este tiempo santo de Cuaresma, deja atrás las tinieblas y acércate a la Luz del Mundo, Jesucristo. Murió por amor a ti; y será fiel para siempre.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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