Un amor generoso sin límites

Eschucha mp3
II Domingo de Cuaresma, Año B: 4 Marzo 2012
Gn 22, 1-2.9-13.15-18; Sal 115; Rom 8, 31-34; Mc 9, 2-10

¡Qué generosidad vemos en Dios! ¡Qué generosidad vemos en su creación del universo!—porque, en la eterna relación de amor en la Santísima Trinidad, sin ningún tipo de necesidad, con libertad creó al mundo, para compartir su bondad.

Y ¡qué generosidad vemos también en nuestra redención! Leemos en el Evangelio según San Juan: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Jn 3, 16) Dios Padre nos dio todo, sin retener a nada. San Pablo nos escribe en la segunda lectura: “Él no nos escatimó a su proprio Hijo, sino lo entregó por todos nosotros.” Él nos dio lo que quería más.

Y vemos esa generosidad total también en Dios Hijo. En otra carta, San Pablo escribe: “Se despojó a sí mismo tomando forma de siervo… Y… se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Flp 2, 7) Había dicho a sus discípulos poco anterior de la lectura del Evangelio del hoy que padecería, y sería rechazado, y matado (Mc 8,31). Que no retendría nada, sino que derramaría todo, para su salvación.

No les gustó esa noticia. No quisieron que él sufriera. Y no les gustó su palabra que ellos también tendrían que negarse a sí mismo y tomar su propia cruz. Jesús quiso que ellos tuvieran una generosidad como la suya. ¿Cómo ganarían ella? ¿Cómo podrían dar todo lo que poseían, todo pedido de ellos, sin retener nada?

Ganarían esa generosidad por una manera semejante a Abraham, del cual oímos en la primera lectura. En ésa, vemos que él muestra una generosidad semejante a la de Dios Padre. Porque Abraham también no le negó a su hijo único sino fue listo a dárselo—aunque no pudo entender por qué el Dios que le había prometido una gran cantidad de descendientes ahora fue pidiendo su hijo único como sacrificio. ¿Cómo pudo ejercer tanta generosidad en tanta oscuridad?

La respuesta es que había caminado con Dios muchos años. Lo había visto hacer milagros—sobre todo, el milagro de la concepción de Isaac cuando Abraham y Sara eran mucho más allá de esa posibilidad natural. Y también Abraham había visto que sus propias ideas y sus propias soluciones no funcionaron—por ejemplo, su idea con Sara de concebir un hijo con su sierva Agar. Y así estas lecciones eran como luces en aquel momento, y no dudó, ni vaciló, ni negoció—sino obedeció con una confianza calma, y llegó a manifestar una generosidad profunda como la de Dios Padre.

Y nuestro Señor Jesús quiso dar ésta a sus discípulos por una manera semejante—por darles el regalo de verlo brillando con su gloria celestial; hablando con Moisés y Elías, las figuras grandes de la Ley y los Profetas, el tesoro religioso del Pueblo de Israel. Y les dio el regalo de entrar bajo la nube de la Presencia de Dios, y de oír la voz del Padre, diciendo, “Este es mi Hijo amado; escúchenlo.” Ellos necesitarían esos regalos para poder tomar sus cruces y seguirlo a él. Como San Pedro escribiría, necesitarían poder recordar estos regalos “como a una lámpara que brilla en el lugar oscuro.” (2 Pe 1, 19) Entonces serían reforzados para ejercer una generosidad completa como la del Padre—aún hasta el punto del martirio.

Y eso es lo que nuestro Señor Jesús desea de nosotros también—y el tiempo de la Cuaresma es una gran oportunidad de crecer en la santidad, de crecer en ejercer un amor generoso como el de Dios. A renunciar algo como tipo de ayuno y dar a otros como tipo de limosna. A dar la bienvenida a Cristo en todas partes de nuestra vida como nuestro Señor, disponibles a cambiar todo por él.

¿Cómo va esta Cuaresma para ti? ¿Cómo va tu vida? Es probable que necesites una lámpara que puede brillar en tu oscuridad. Y por eso te pregunto: ¿Tienes tanta lámpara? ¿Has experimentado, en momentos como la Transfiguración, el amor de Cristo, el poder de Cristo, la fidelidad de Cristo para ti? Si no, por favor, pídele que revele esto a ti. Si lo has experimentado, toma el tiempo para regresar a mirarla en tu corazón y tu mente, como a una lámpara que brilla en el lugar oscuro. Ese regalo fue dado a Abraham, y a los discípulos, y ahora a ti—para que puedas confiar a Dios Padre y tener una generosidad sin límites como la suya.

“Él que no nos escatimó a su proprio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a darnos todo, junto con su Hijo?” Y ¿cómo responderemos? San Juan nos escribe: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor… Nosotros amamos, porque Él nos amó primero” (1 Jn 4, 18-19)—con un amor generoso sin límites.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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