La Cuaresma y la batalla por el corazón

Eschucha mp3
Miércoles de Ceniza: 22 Febrero 2012
Jl 2, 12-18; Sal 50; 2 Cor 5, 20–6, 2; Mt 6, 1-6.16-18

Todo lo que Dios creó es bueno. Todo lo que Dios creó es bueno, y así merece ser amado.

El problema, nos dice San Agustín (en Ciudad de Dios y otras obras), es que amamos algunas cosas demasiado; o de una manera equivocada. Cuando, en el orden de cuánto deberíamos amar a personas y cosas, se ponen desordenados. Algo más bajo desplaza a algo más alto. Lo que está dentro de nuestro corazón se desordena.

La Cuaresma es un tiempo de esforzarnos en arreglar nuestros corazones de nuevo.

San Juan de la Cruz supo bien que somos hechos para amar. Y lo que amamos sobre todo—eso es lo que servimos; y también llegamos a ser semejante a esa persona o cosa. (Subida del Monte Carmelo, I,9,1) Seres humanos hemos sido creados para conocer, amar, y servir a Dios mismo—que es infinito, eterno, todo-bueno, todo-amando. Y si ponemos algo o alguien que es menor que infinito en ese primer lugar de nuestros amores, en ese centro de nuestro corazón—nos bajamos, y nuestras vidas de desordenan.

Como cualquier adicto, decimos, “¡Yo no soy adicto; puedo parar en cualquier momento que quisiera!” ¿De verdad? La Iglesia tiene más sabiduría. La Iglesia sabe que ésta es una batalla. ¿Contra qué? Contra los “consecuencias temporales del pecado” dejadas dentro de ti cuando el pecado original fue lavado en el bautismo—consecuencias temporales como los sufrimientos, las debilidades de carácter, y “una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia.” (CIC 1264) Ésta es la batalla que nuestro Señor Jesucristo nos ha dejado, para luchar con su ayuda—para luchar y vencer. La batalla para nuestro corazón.

Y así oramos en la Colecta en el principio de la Misa:

Que el día de ayuno con el que iniciamos, Señor, esta Cuaresma,
sea el principio de una verdadera conversión a ti,
y que nuestros actos de penitencia
nos ayuden a vencer el espíritu del mal.

Y así, en esta batalla para nuestro corazón, tomamos las tres prácticas tradicionales de la Cuaresma:

  • El ayuno, en el cual, de diversas maneras decimos no a las meras cosas que se han subido demasiado entre nuestros amores. Son buenos y dignos de amor, pero no de demasiado. Y así necesitamos esta disciplina para devolverlos a su lugar propio.
  • La limosna, en la cual recordamos que otras personas no existen para servirnos a nosotros, sino nosotros podemos satisfacer sus necesidades. Cuando decimos no a un superávit, podemos usarlo para satisfacer lo que les falta.
  • Y la oración, en la cual, como nos dice Santa Teresa de Jesús (Vida, 8,5), estamos “muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama.” A quien deberíamos amar sobre todas las cosas, y todas las cosas por él.

Así empieza la batalla—la batalla para nuestros corazones. Y cuando este tiempo de la Cuaresma termine, después de 40 días, estemos más listos que nunca para juntar nuestros corazones con su Sagrado Corazón, que murió y resucitó por amor de nosotros.

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