Cuando llegaron los magos, la Luz comenzó a brillar a todas las naciones

Eschucha mp3
La Epifanía del Señor: 8 Enero 2012
Is 60, 1-6; Sal 71; Ef 3, 2-3.5-6; Mt 2, 1-12

“La Iglesia es misionera por naturaleza,” escribió el Papa Beato Juan Pablo II hace 20 años. “La Iglesia es misionera por naturaleza.” Hemos visto a apóstoles, sacerdotes, religiosos, laicos sin número yendo—yendo a todas partes, a todas naciones—llevándoles el evangelio y el regalo preciosísimo de nuestro Señor Jesucristo. Y hoy celebramos el principio de ese proyecto de que Cristo sea “Luz a las naciones”—cuando las naciones vinieron a él, en las personas de los magos.

¿Quiénes fueron esos magos? ¿De dónde vinieron? ¿Por qué siguieron la estrella a Belén?

¿Pensamos en los magos como personas reales? Sí que los conocemos como los que dan regalos; como figuras pintadas en cuadros; como estatuas en Belenes; como imágenes exóticas, con ropa extraña, viajando lentamente a través del desierto. Pero ¿también los conocemos como personas reales, semejante a nosotros, con experiencias y deseos como los nuestros?

¿Quiénes fueron los magos? Esa palabra en el griego del Nuevo Testamento—”magos” o “magoi” plural—originalmente indicó una casta de sacerdotes persas que interpretaban los sueños. Pasó que se asociaba con la mágica y la astrología. Y vemos personas llamadas “magoi” en el libro de los Hechos y en el libro del profeta Daniel en el Antiguo Testamento.

Imagino que podríamos pensarlos un poco semejante a los estudiantes en el mundo del Harry Potter—en el colegio del Hogwarts que enseña a magos jóvenes en esas películas y libros. Claro que no coinciden exactamente—pero son algo parecido. Nuestros magos reales del siglo primero habrían sido jóvenes y energéticos, pasando mucho tiempo en los libros y en el laboratorio, estudiando acerca de las estrellas, del conocimiento oculto, de cómo interpretar los sueños; y probablemente la filosofía y cultura griega también. Como jóvenes, estudiaron mucho y aprendieron.

Pero, ¿qué tipo de vida alcanzaron así? Intentaban a penetrar los secretos de un universo oscuro; y sí que penetraron algo, pero su inmensidad oscura permanecía. ¡Todavía no supieron mucho! Y lo que aprendieron, incursionando en este conocimiento oculto, los había expuesto a unos poderes duros y malos.

Y por eso sugiero que los imaginemos como jóvenes inteligentes y energéticos, sino, por su experiencia y su conocimiento, un poco tristes, un poco durados, un poco solos, un poco cínicos. Y eso no es muy exótico, del conocimiento del mundo: lo conocemos, ¿no?

Y entonces, un día, en su vida—se levanta una estrella. ¡Una estrella que se comporta de forma extraña! Una estrella que habían esperado. Deben de haber conocido la profecía del profeta Balaam, hace 1200 años, recordado en el libro de los Números (24:17): una estrella saldrá de Jacob, y un cetro se levantará de Israel. La vieron: ¡esto es lo que habían esperado!

Y podemos imaginar a Gaspar gritando: “¡Melchor! ¡Baltasar! ¡Es la estrella! ¡Preparen sus caballos! ¡Es la hora de salir!” “¿Qué? ¿Cuándo salimos, mañana?” “¿Mañana? No, ¡dentro de una hora! ¡No perdamos ni un minuto! ¡El rey verdadero ha nacido!”

¿Puedes imaginar estos jóvenes, sedientos de esperanza, al galope al oeste lo más rápido que sus caballos árabes pueden llevarlos? Y sugiero caballos árabes, como sugirió un comentarista del siglo décimo, porque así habrían podido viajar la distancia de mucha rapidez.

¿Por qué imaginarlos así? Para descubrir de nuevo que los magos son nuestros antepasados espirituales; que conocemos las tinieblas de su vida y su sed a encontrar la Luz del mundo. Y ¡qué día fue este día, esta fiesta de la Epifanía, cuando llegaron y lo conocieron!

Hacía más de 1000 años que el pueblo de Israel ya lo había conocido. Había tenido las alianzas, la revelación, la ley, el sacerdocio, los profetas. Lo había conocido, lo había experimentado. Pero los Gentiles—las otras naciones, los que no eran étnicamente judíos—no habían tenido nada de esto, menos la revelación natural y la luz de la razón. Y, para la mayoría de nosotros aquí presente, que no somos étnicamente judíos, ellos son nuestros antepasados. Y vivieron en las tinieblas.

Hasta que la estrella de Belén guió a los magos a él que habían buscado. Hace siglos, el Señor había dicho por el profeta Isaías (49:6), “Poca cosa es que tú seas mi siervo, para levantar las tribus de Jacob … también te haré luz de las naciones.” Allí y entonces, comenzó: el proyecto misionero de la Iglesia, y la evangelización de las naciones, cuando los magos encontraron, bajo la estrella, la Luz del mundo que habían buscado.

Y continúa. Hoy, en la misa del mediodía, dimos la bienvenida a seis adultos que se preparan a unirse con la Iglesia Católica en la Vigilia de la Pascua—dos catecúmenos y cuatro ya bautizados. Como los magos, ellos han viajado, y continúan a viajar, a su encuentro con Jesucristo.

Por su ejemplo, examinémonos otra vez, con dos preguntas.

  • ¿Apreciamos, suficientemente, a Jesucristo como la Luz del mundo—como nuestra luz y nuestra esperanza? ¿Necesitamos encender el fuego de la fe de nuevo en nosotros?
  • Y ¿estamos dispuestos a compartir este regalo con otros? “La Iglesia es misionera por naturaleza.” Como los magos, ellos también están sedientos de conocer a Jesucristo, la Luz del mundo. En este Nuevo Año, ¡qué buenísimo regalo para darles!

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