La Luz que penetra nuestras tinieblas

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La Navidad del Señor, Misa vespertina de la Vigilia:
24 Diciembre 2011

Is 62, 1-5; Sal 88; Hch 13, 16-17.22-25; Mt 1, 1-25

¡Qué bonita es esta época del año! ¡Qué bonito es el adorno de la iglesia esta tarde!—las luces brillando en los arboles; las flores vertiendo desde el santuario. Y este Belén hermoso, inclusive este pastorcillo, nuevo en este año.

Y así paramos un momento en el resplandor, para disfrutarlo, con todos los regalos y las tarjetas y las canciones y las horas juntos con la familia y los amigos. Una canción en inglés declara que ésta es “la época más maravillosa del año.”

Y entonces recogemos y guardamos todo, fuera de la vista, unos 10 o 11 meses. ¿Por qué? Si todo es tan maravilloso, ¿por qué pasa en solo una parte del año?

Hace poco leí un artículo del periódico en lo cual el autor piensa en varias películas de la Navidad. Y preguntó: ¿Qué es el factor que hace una película un clásico navideño?—un cuento que nos toca profundamente, y que queremos mirar en todos los años—distinto que otras películas que son sólo amables y chistosas, y no nos importan mucho. ¿Qué es el factor? Y él concluyó que es una buena cantidad de la miseria. ¡Sí, lo piensa! Y él habla de las películas “¡Qué bello es vivir!”, “Milagro en la Calle 34,” y “Cuento de Navidad.” Porque, en ellas, vemos unos caracteres que son egoístas y crueles; y también caracteres buenos en situaciones muy difíciles, al bordo de la tragedia. Y entonces, en las tinieblas de la ruina y la desesperanza, la luz de su salvación y su redención brilla.

Por eso, para hacerse un clásico navideño, una película necesita más que solo luz; necesita la luz sobreviniendo las tinieblas, para darnos ese sentimiento profundo del consuelo de Navidad que buscamos. No puede ser solo una fantasía ligera; debe penetrar las tinieblas que conocemos y prometer la salvación.

Eso hace la historia real de la Navidad. Esa lista muy larga de los nombres que oímos es real, desarrollada durante casi 2000 años. Y, cuando oímos esos nombres, quizá las historias del Antiguo Testamento aparecen en nuestras mentes—como San Pabló predicó en la segunda lectura. Y así recordamos: la fe y la desesperanza; la fidelidad y la traición; el amor y el lujo y la crueldad; la esclavitud y la liberación; el éxito y la derrota; el exilo y el regreso; el amor familiar y la división de la familia; hijos que gustan a sus padres e hijos que desilusionan; la prosperidad y el hambre; la enfermedad y la sanación; la vida nueva y mucha muerte.

Y, cuando la lista se acerca a su fin, se llena de la desilusión: la Casa de David, esa línea de reyes descendidos del Rey David, pareció haber desaparecido; el Pueblo de Israel dominado por un imperio tras otro; el Mesías, tan esperado para salvarlos, todavía ausente.

Esa historia reconocemos, ¿no? No es un cuento de hadas; es la realidad. Es la historia nuestra.

Y en esta historia oscura y complicada viene un ángel, y un milagro, y un bebé. En vidas reales y ordinarias. ¡Luz, en tinieblas! El hijo de David! ¡El Mesías tan esperado! Y además, el Hijo de Dios! La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios verdadero, de la misma naturaleza del Padre, asumiendo nuestra naturaleza humana, para hacerse hombre verdadero. De verdad, es Emmanuel, Dios-con-nosotros—no solo entre nosotros, sino siendo uno de nosotros, experimentando nuestro gozos y dolores, nuestras esperanzas y miedos. Empezando la vida como lo empezamos: concebido en el seno, nacido como bebé. Y indefenso en nuestros brazos.

“Y vivieron felices para siempre.” ¡No! ¡No pasó así! Porque, cuando entra el Señor en tu vida y te pide hacer espacio para él y vivir tu vida para él, no es simple nunca. ¿Qué vemos en este Belén? ¿Un bebé precioso; una madre amorosa y hermosa; un padre devotado y cuidando? Sí, pero mucho más que eso. Los que vemos son discípulos verdaderos del Señor.

Porque, cuando el ángel Gabriel vino a María con la invitación de hacerse Madre de Dios, le pidió hacer algo que ella no pudo comprender completamente. No pudo saber todo que significaría; pero sí que pudo entender el peligro real que le impondría, en su reputación y aún su misma vida. Y pudo entender que cambiaría completamente su vida y todos sus planes y todos sus sueños. Y San José también, como oímos en la lectura del Evangelio, tenía que luchar con este embarazo en ésta, desposada con él, y lo que podía significar. Y vemos que, en el principio, estuvo listo a salir, en su miedo.

Pero ambos dijeron, Sí. Sí, no sólo al estar en un millón de Belenes por todo el mundo una vez al año; sino Sí a sus llamadas, a ser la Madre de Dios, y el Custodio del Señor. Estos dos vemos en el Belén: dos discípulos, dos seres humanos que han conocido al Señor, y le han dado la bienvenida en sus vidas, y han dicho Sí a su invitación a ellos, y han preparado vivir con él las vidas tumultúas que seguirían.

¿Crees que alguna vez se arrepintieron? No. Aunque sus vidas se volcaron, con sus planes viejos ya salidos, estaban con él: en unión íntima con el Señor del universo, que llena el vacío dentro de nosotros que sólo él puede llenar; que es luz en las tinieblas, que es la esperanza y la vida; que es el Amor.

Y ésta es la invitación a nosotros en esta gran fiesta: no sólo oír un cuento amable, ornamentado bonitamente; sino conocer al Señor del universo, venido para ser Dios-con-nosotros, luz en las tinieblas de nuestras vidas reales. No sólo para mirarlo hoy, y entonces recoger y guardar a todo esto hasta la próxima Navidad; sino darle la bienvenida, verdaderamente, todos los días en nuestras vidas reales. Y entonces, como oímos en la primera lectura:

Ya no te llamarán “Abandonada,” ni a tu tierra, “Desolada”; a ti te llamarán “Mi complacencia” y a tu tierra, “Desposada.” … Serás corona de gloria en la mano del Señor y diadema real en la palma de su mano… Las naciones verán tu justicia, y tu gloria todos los reyes… y como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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