Por la Navidad, tu familia nunca será la misma

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IV Domingo de Adviento, Año B: 18 Diciembre 2011
2 Sm 7, 1-5.8-12.14.16; Sal 88; Rom 16, 25-27; Lc 1, 26-38

En esta época del año, pensamos mucho en la familia. Aún los norteamericanos—famosos por enfocarse en el trabajo y en las cosas materiales—paran las actividades del empleo para pasar un rato con la familia. La Navidad, el Año Nuevo, la Epifanía o el Día de los Tres Reyes Magos—toda esta época trae los viajes para reunirse, para pasar días muy amables con la familia. Habrá juegos, deportes, cuentos, canciones, y comidas—mucha risa, mucho gozo. Y, cuando no podemos reunirnos con nuestra familia, sentimos la falta. Porque así es la época.

Y hoy, en el cuarto domingo de Adviento, mientras nos preparamos a dar la bienvenida al Señor en su segunda venida, y a celebrar dignamente su primera venida, oímos en las lecturas cómo la promesa de su Encarnación afectó a dos personas y a sus planes para sus familias.

Primero, oímos del Rey David: cómo él quiso edificar un templo grande, muy digno del Señor. Quiso constituir una casa para el Señor. Pero el Señor le respondió: ¿Piensas que vas a ser tú el que me constituya una casa? No; sino soy yo que voy a constituirte a ti una casa. En vez de aceptar un templo dado por David, el Señor le daría una dinastíaun reino, un trono, que permanecería para siempre.

¡Qué clase de noticias para su familia! ¡Qué regalo! ¡Qué bendición! Y, en realidad, su dinastía permanecería cuatro siglos—sus descendientes en el trono de Israel y del reino del sur de Judá.

Pero habría más. El Señor tuvo otra sorpresa—algo mantenido en secreto durante siglos, como dice San Pablo. Y eso fue, cuando dijo a David de su descendiente, “Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo,” no lo quiso decir sólo de significancia figurada; sino con una significancia literal. En secreto, quiso decir que Dios Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumiría la naturaleza humana de un descendiente de David. Y así Dios mismo se haría hijo de David—Jesucristo—y su reino no tendría fin. ¡Qué regalo maravilloso para su familia!— ¡tener a Dios mismo como miembro de familia, como descendiente!

El Rey David es la primera persona cuya familia, oímos, fue cambiada por la Encarnación. Y la segunda es la Virgen María—esa descendiente de David de la cual el Hijo recibiría esa naturaleza humana. Ella recibió el mensaje del arcángel Gabriel—que el Espíritu Santo descendería sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra—y llegaría a ser la Madre de Dios. ¡Qué honor aún más glorioso! ¡Qué gracia!

Pero, también, ¡qué responsabilidad; qué carga! En un instante, su vida cambió; su familia futura cambió. No tendría una vida normal, con un matrimonio normal, ni hijos normales, ni una reputación normal. Llevaría al Señor; daría a luz al Señor; criaría al Señor, y lo acompañaría en su vida y su ministerio; quedaría con él en su cruz; y lo vería resucitado. El regalo de Dios en aquella primera Navidad cambiaría completamente su vida y su familia. Su familia nunca sería la misma.

Bien, así fueron las promesas que recibieron el Rey David y la Virgen María. Así les pasaron a ellos. Pero no a nosotros. La natividad del Hijo de Dios no cambia nuestras familias; no cambia nuestras vidas de tal manera. O ¿sí?

La verdad es que la Encarnación puede transformar también nuestras vidas completamente. La Navidad puede cambiar nuestras familias tan radicalmente como las de David y de la Virgen María.

San Atanasio dijo, “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios.” Eso quiere decir que Cristo no quiere hacer algo que es aplicado a nosotros solo exteriormente—solo algo superficial, una aplicación tópica. Quiere unirnos a él. Quiere que entremos en él—”en Cristo,” esa frase usada por San Pablo muy frecuentemente. Quiere que compartamos su vida divina; y que compartamos su familia divina.

  • San Pablo escribió: “Cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley… para que recibiéramos la adopción de hijos” (Gal 4, 4-5)—la adopción en Cristo.
  • “A los que antes conoció [Dios Padre], también los predestinó para que fueran hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (Rom 8, 29)

Así el bautismo pertenece a la Navidad y a la Encarnación. Porque el bautismo no es ni un acto mágico ni una construcción ritual social: es una adopción divina, y así el pecado original es limpiado. En esa fuente—tan seguramente como la Virgen recibió a Dios Hijo como su proprio hijo por medio de su “fiat”—en esa fuente tú recibiste a Dios Padre como tu padre, y a la Virgen como tu madre, y a muchos hermanos en Cristo como tus hermanos—por medio de tu bautismo. “Por eso, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios.” (Ef 2, 19)

Y por eso te pregunto. Sabemos qué importante es tu familia a ti: cómo la honras, cómo la amas, cómo la cuidas.

  • ¿Pones la misma importancia en tu familia adoptiva, tu familia divina?
  • ¿Intentas hacerse semejante a tu padre adoptiva, Dios Padre, y a tu madre adoptiva, la Virgen María—en calidades y hechos?
  • La vida de Santa María cambió totalmente cuando recibiste a Dios Hijo como su propio hijo. ¿Y la vida tuya—también ha cambiado así desde tu bautismo?
  • ¿Vives una vida que los da gusto?—¿que da gusto a tu familia adoptiva?

Estas son preguntas para considerar mientras que viajamos más profundamente en esta época. De realidad, es una época de la familia—de una familia distinta, una familia divina. Por la Navidad, tu familia nunca será la misma.

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