Inmaculada Concepción: Con las manos abiertas

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Inmaculada Concepción de la Virgen María:
8 Diciembre 2011

Gn 3, 9-15.20; Sal 97; Ef 1, 3-6.11-12; Lc 1, 26-38

En esta fiesta celebramos el don dado a la Virgen Maria en el primer instante de su concepción—un don especial, un don único, que la preparó para vivir su vocación única. Y para que entendamos este don, la primera lectura nos señala a Eva.

Y, en pensar en esta pareja de mujeres, sucede que pienso en su lenguaje gestual—en lo que hacen con sus manos.

Las manos de Eva, anteriormente en el capítulo, han cerrado en miedo y el recelo de Dios. Se han extendido para agarrar el fruto del árbol prohibido. Han cubierto a sí mismo en la vergüenza. Y han señalado a la serpiente en la acusación.

Y en estos gestos, Eva revela lo que ha roto en su pecado. Ha roto a la armonía original entre ella y Dios, entre ella y otras personas humanas, entre ella y el mundo natural, y dentro de sí mismo. Y ella—ellos—han manchado a la naturaleza humana, para que todos nosotros fuéramos concebidos y naciéramos con esa mancha; con las manos nuestras cerradas y cubriendo y agarrando y acusando. Y así ha pasado.

Pero una persona—María—recibió la singular gracia y privilegio de Dios de ser preservada de toda esa mancha de pecado original en el primer instante de su concepción. Ella fue concebida y nació y crecía con la armonía originalmente deseada; sin el recelo de Dios, sin la vergüenza, sin la acusación. ¿Y sus manos? Abiertas. Abiertas para recibir; abiertas para dar. Abiertas para recibir toda la gracia que Dios quiere darle; abiertas para recibir los corazones de otros; abiertas para dar esa gracia y su amor a todos.

Y así, cuando el arcángel Gabriel la encontró, la saludó con las palabras, “Ave, llena de gracia.” Porque su inmaculada concepción había hecho posible esa verdad, que era llena de gracia; porque sus manos abiertas habían podido recibir toda la gracia que Dios quiso darle—tal como Él quiere darnos muchas gracias; pero, ¿son nuestras manos abiertas para recibirlas?

Nacimos todos con esa mancha, esa “macula,” del pecado original. Y fue lavado en el bautismo; pero algo del daño se quedó. Y así tenemos la inclinación de cerrar las manos, de cubrir, de temer, de recelar, de agarrar, de acusar. Tenemos la inclinación dejada por esa mancha de no recibir las gracias que Dios nos ofrece, de no dar lo que Él desea que compartamos con otros.

El Catecismo nos dice (1264) que esta inclinación fue dejada en nosotros para el combate, para que la resistamos por la gracia de Jesucristo. Para que participemos en su lucha; para que participemos en su victoria. Y cuando por fin llegamos a ese estado bendito, al lado de la Inmaculada, ella regocijará con nosotros, que habremos llegado a ser tan santos e irreprochables como ella.

Y ahora ella nos anima en nuestro combate: a confiar en Dios y no temer; a recibir lo que quiere darnos y no rechazarlo; en aceptar sus invitaciones y no rechazarlas; a estar con las manos abiertas y no cerradas, proclamando con ella la grandeza del Señor, alegrándonos con ella en Dios nuestro Salvador.

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