Esperar con emoción la venida del Señor

Eschucha mp3
II Domingo de Adviento, Año B: 4 Diciembre 2011
Is 40, 1-5.9-11; Sal 84; 2 Pe 3, 8-14; Mc 1, 1-8

Lo que oímos en la primera lectura es un mensaje de gran gozo. El Señor dice: “Consuelen, consuelen a mi pueblo.” El contexto era el exilio a Babilonia: cuando el reino del sur de Judá había vencido, el capital de Jerusalén destruido, el Templo del Señor encendido, y tanta gente noble y educada deportada a la tierra de Babilonia. Era el gran trauma para el Pueblo de Israel, con dolor y confusión.

Y en esta situación viene la palabra del Señor: ¡los exilios regresarán! Un camino será preparado en el desierto—con valles elevados, montes rebajados, y torcidos enderezados, para hacer este camino, desde la tierra del exilio, hasta la Tierra Santa, su hogar.

Y podemos entender, ¿no?, con qué emoción oyeron estas noticias; y con qué anticipación esperaron su cumplimiento. Porque nosotros también sabemos lo que es estar fuera de nuestro país y desear lo cómodo, lo conocido. Y también sabemos lo que es faltar a un querido que está muy lejos, y desear que regrese pronto. Quizá, en este mes de diciembre, mientras la Navidad nos acerca, conocemos estos sentimientos con mucha emoción.

Esas palabras proféticas de Isaías también aplicaron a San Juan Bautista, que también proclamó las noticias a su Pueblo y los llamó a preparar el camino del Señor, enderezar sus senderos. Ellos esperaron el adviento del Mesías con mucha anticipación.

Y los apóstoles de Jesucristo, después de su Ascensión al Padre, también esperaron su regreso, su segunda venida, su segundo adviento. No sólo porque quisieron estar junto con él de nuevo; sino porque esperaron todas las maravillas que traería cuando vendría.

Así vemos que la anticipación de la Parusía, la segunda venida de Cristo, era un tema regular en su predicación y su oración. Cerca del principio del libro de los Hechos de los Apóstoles, poco después del día de Pentecostés, San Pedro predicó: “arrepentíos y convertíos … a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor, y Él envíe a Jesús, … a quien el cielo debe recibir hasta el día de la restauración de todas las cosas.” (Hch 3, 19-21) Oímos hablar el mismo San Pedro, en la segunda lectura, del “apresurar el advenimiento del día del Señor.” Y leemos, en el fin del libro del Apocalipsis: “El Espíritu y la esposa dicen: Ven. … Amén. Ven, Señor Jesús.” (Ap 22, 17.20)

Esta emoción llenó los apóstoles—esta esperanza del regreso de Cristo y de la inauguración del cielo nuevo y la tierra nueva y todo lo que significarían.

Así: ¿con cuánta emoción esperas tú la venida del Señor? ¿Con cuánta anticipación? Lo pensemos así… durante todo este día, que casi ha terminado, has pensado: “Me pregunto si Jesús vendrá hoy. ¡Espero que sí! Ven, Señor Jesús.” ¿Lo pensaste? ¿No? Entonces, ¿lo pensaste ayer? ¿O en el día anterior?

Tengo que admitir que yo tampoco pensé así en estos tres días. Pero es verdad que, cuando todo me pasa muy mal, todos me oponen, no puedo lograr en nada, sí que pienso: ¡Ojalá Jesús regresara ahora mismo y todo esto terminaría! Y espero que tú también pienses así en momentos semejantes.

Pero, si no esperas la Parusía, el Adviento, la Segunda Venida de Cristo, con la misma fuerza de emoción que la esperaron los apóstoles, deberías preguntarte: ¿Por qué no? Y quiero sugerir tres posibilidades para ayudarte en este examen de conciencia.

Primero, ¿es porque no crees en la Segunda Venida? ¿Eres como los a los cual San Pedro escribió?—que, después de un retraso en su venida, empezó a pensar que nunca pasaría. O quizá alguien te ha dicho que la segunda venida de Cristo es sólo una expresión metafórica: que significa algo como que el mundo mejorará mucho, o la gente se pondrán a ser mucho más amables. Entonces, por favor, entiende que las Escrituras y la Iglesia enseñan la verdad de la segunda venida literal de Cristo. Después de pocos minutos, confesaremos que “vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.” Es la verdad, y es una fuente de la esperanza.

Segundo, quizá no esperas su segunda venida con emoción porque piensas que lo que seguirá será aburrido, cuando comparado a esta vida terrena. Ésa es una equivocación que desaparecerá en el instante que la ves con claridad. Porque, considéralo: si nos disfrutamos de la belleza y las maravillas que conocemos en este mundo, en las personas y en la natura, ¿cómo debe ser su Creador? ¡Todo eso y más! Y así, el momento que sacamos esa creencia de lo subconsciente y la miramos, descubrimos la verdad; y empezamos a esperar con ilusión el cielo nuevo y la tierra nueva y el Salvador que los trae.

Tercero, quizá no la esperas su venida porque tienes miedo de los eventos apocalípticos que la precederán. Es verdad que la descripción de la destrucción en el fuego en la segunda lectura, o los eventos turbulentos del libro del Apocalipsis, no nos parecen fáciles. Pero recordemos el frase de San Pablo a los Romanos que “los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada.” (Rom 8, 18) Lo dice de los eventos de esta vida, pero también aplica a los que vienen: podemos confiar en el Señor, que él nos protegerá y guiará a través de las tormentas.

Así, te animo a examinar tu corazón para descubrir si hay uno de estos factores—la incredulidad, o una creencia en un cielo aburrido, o un miedo del los eventos apocalípticos—que te ha robado tu emoción de la venida de nuestro Señor.

Y, entonces, ¿cómo te preparas, en este tiempo de la preparación? Hay una sola respuesta, muy simple, que oímos de San Juan Bautista y San Pedro: nos preparamos por el arrepentimiento. Y ¿qué significa el arrepentimiento? No significa una emoción, aunque sí que podemos sentir mucho cuando nos arrepentimos. Sino es una decisión a cambiar, a girar de una dirección a otra: girar interiormente, rechazando pensamientos, actitudes, e intenciones malas; y entonces girar exteriormente, en nuestras acciones, rechazando los pecados y eligiendo el bien.

El arrepentimiento verdadero requiere cambios dramáticos: tan dramáticos como elevando un valle, rebajando un monte, o enderezando un torcido. Es difícil; pero vale la pena, para poder dar la bienvenida a nuestro Señor que viene.

Así te animo a preparar con un arrepentimiento verdadero en este tiempo del Adviento. Examínate en detalle para descubrir cualquier pecado que necesitas rechazar. Quizá lo conoces inmediatamente; quizá es más sutil y necesitas reflexionar para descubrirlo. Quizá ya sabes que haces algo que la Iglesia enseña es un pecado, pero tú no estás de acuerdo. Te animo a rechazar a este pecado también, porque la Iglesia tiene razón en su enseñanza moral, y tu pecado te hace daño, aunque no lo sepas.

Entonces, trae esos pecados a la confesión sacramental, para ser perdonado y fortalecido por nuestro Señor. Así podrás esperar con ilusión la venida, el adviento, del Señor—preparado para darle la bienvenida—mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo. Y tú también puede decir: “Ven, Señor Jesús.”

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