Cristo, el Rey que hemos esperado

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Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, Año A:
20 Noviembre 2011

Ez 34, 11-12.15-17; Sal 22; 1 Cor 15, 20-26.28; Mt 25, 31-46

Cada año, la Iglesia nos da la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, como el último domingo del año litúrgico. Y es conveniente, como escribió el Papa Pio XI (undécimo) cuando la instituyó en el año 1925, “pues así sucederá que los misterios de la vida de Cristo, conmemorados en el transcurso del año, terminen y reciban coronamiento en esta solemnidad.” (Quas primas, 31)

Y también, por instituir esta fiesta, esperó cambiar algo que estaba sucediendo en su tiempo—que mucha gente excluía a Cristo y su ley de la vida pública y la vida privada—que también pasa actualmente. Sabemos que ha pasado en muchos países en varias formas—y, aún aquí en los Estados Unidos, en los cuales la libertad de la religión ha sido tan valorado, nuestros obispos nos han avisado que, por eventos recientes, esta libertad ha sido erosionado. De verdad, necesitamos recordarnos quién es nuestro Señor y Rey.

Pero, ¿es ésta una buena designación hoy?—unos han preguntado. Mucha gente hoy por todo el mundo piensa mal de los reyes. Han rechazado esta forma de gobierno en su vida común—porque muchos reyes no los han servido bien como buenos administradores del bien común, sino los han explotado y maltratado; y porque desean tener más libertad y más participación responsable en el gobernar del país. ¿Es una buena idea perseverar en llamar a Cristo nuestro rey? ¿Quizá sería mejor instituir una fiesta de Jesucristo, Amigo del Universo?

Es una buena pregunta, y nos ofrece la oportunidad de entender mejor qué significa llamar a Cristo un Rey; qué tipo de rey es; y porque podemos confiarlo en este papel en nuestras vidas.

Oímos en la primera lectura la analogía entre ser el líder de una nación y el pastor de un rebaño. Esta analogía era familiar en el mundo anciano, inclusive en los escritos de Hammurabi y en La República del filósofo griego Platón. Y ellos supieron que muchos líderes fracasaron o explotaron a su pueblo. En efecto, este capítulo del libro del profeta Ezequiel, de lo cual la primera lectura es extractada, empieza con el Señor condenando a los líderes recientes de su Pueblo de Israel como pastores malos:

¿No deben los pastores apacentar a las ovejas? Pero ustedes se toman la leche de ellas, se visten con su lana, sacrifican las ovejas mejor alimentadas, y no apacientan al rebaño. No fortalecen a las ovejas débiles, no curan a las enfermas ni cuidan a las que están heridas. No hacen volver a las descarriadas ni buscan a las perdidas, sino que las dominan con crueldad y violencia.

Es para reparar esta situación que el Señor continúa en nuestro paisaje hoy:

“Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas… a todos los lugares por donde se dispersaron un día de niebla y oscuridad. Yo mismo apacentaré a mis ovejas, yo mismo las haré reposar… Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil…”

Y esta promesa fue cumplida por nuestro Señor Jesucristo, que es el pastor bueno y fiel, el Rey bueno y fiel. Se anonadó en hacerse hombre; se sacrificó para salvarnos de nuestros enemigos; nos alimenta con su proprio cuerpo y sangre. De verdad, nos busca, nos cura, nos guía, nos repara. Este es el Rey verdadero que hemos esperado. Este es el buen pastor que da su vida por las ovejas. (Jn 10, 11)

Y es parte esencial de su cuidado completo y sacrificatorio que nuestro Rey vencerá y aniquilará todos los poderes del mal, con todos sus enemigos puesto bajo sus pies. Esta promesa siempre ha parecido buenas noticias a los oprimidos del mundo, que sufren de alguna forma de la injusticia humana que no pueden echar; y aún a todos que han sufrido cualquier tipo de sufrimiento o pérdida, de injuria o dolor. Cuando venga Cristo como Rey en el último día, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, corregirá y reparará todo.

Y, mientras esperamos su gloriosa venida, él nos pide dejarlo reinar en nuestras vidas. Quiere arreglar los componentes dentro de nosotros—nuestros objetivos, nuestros planes, nuestras acciones y hábitos, nuestros pensamientos y sentimientos. Quiere darnos su paz, la paz que el mundo no puede darnos. Pero requiere cambios de nosotros.

  • Requiere que, como dice San Pablo, llevemos cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. (2 Co 10, 4) Y el Concilio Vaticano Segundo nos enseñó que nuestra participación en su oficio del Rey consiste sobre todo en este tipo de conversión personal. Escribió: “Este poder lo comunicó a sus discípulos, para que también ellos queden constituidos en soberana libertad, y por su abnegación y santa vida venzan en sí mismos el reino del pecado.” (Lumen Gentium, 36)
  • Y también requiere que adoptemos en nuestras vidas su voluntad, sus objetivos, sus métodos, y, sobre todo, la llamada personal a la cual nos invita. Así, este Rey que se ha dado para nosotros totalmente y sin límite, en misericordia, manda que nosotros también hagamos obras de misericordia para otros en este mundo. En la lectura del Evangelio de hoy revela que, cuando damos de comer o de beber, cuando vestimos o vamos a ver, con uno del más insignificantes de sus hermanos necesitados, lo hacemos con él. Así nos manda los obras corporales de la misericordia; y la Iglesia junta las obras espirituales—de enseñar al que no sabe, consolar al triste, y los demás.

Entonces, así es Cristo Rey, y lo que quiere hacer en nuestras vidas. Pero, ¿podemos confiarlo? ¿Podemos confiar que, si lo aceptamos como Rey de nuestra vida, nos cuidará y arreglará nuestra vida para nuestra bienaventuranza? ¿Podemos confiar nuestros corazones, nuestras almas, nuestras vidas, a Cristo como Rey?

Los santos, todos juntos, nos testifican: ¡Sí! La Reina de los Santos, la Virgen Madre, que sabe bien cómo es aceptarlo, nos urge, como a los siervos de la boda en Caná: “Haced todo lo que él os diga.” (Jn 2, 5) Y nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, nos anima:

¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.

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