¿Qué resultados espera el Señor de ti?

Eschucha mp3
XXXIII Domingo Ordinario, Año A: 13 Noviembre 2011
Pr 31, 10-13.19-20.30-31; Sal 127; 1 Tes 5, 1-6; Mt 25, 14-30

Nuestro Señor nos cuenta una parábola situada en un entorno que conocemos bien: un entorno de negocios. Un entorno en el cual tenemos la expectación que los empleados usarán bien sus talentos, sus virtudes, sus experiencias, y todos los recursos a los cuales tienen acceso—que usarán todo esto y más, para alcanzar los objetivos del negocio—para lograr individualmente, y para que, por su logro personal, el negocio también logre.

Conocemos este entorno bien, ¿no? Todos los adultos aquí lo han vivido; y todos los jóvenes han sido enseñado que el mundo funciona así, y que tendrán que estar listos para funcionar bien en esta sistema. Y por eso ustedes siempre se preguntan:

  • ¿Qué recursos tengo yo? ¿Cómo puedo desarrollar más—más habilidades, más experiencias, más conocimiento?
  • ¿Qué son los objetivos de mi empleador presente? ¿Cómo puedo realizarlos con tanto éxito que puedo ganar honores, aumentos de sueldo, y promociones?
  • Y ¿qué son mis objetivos? ¿Qué quiero yo realizar antes de terminar esta vida terrenal?—¿qué nivel de honor, o de comodidad material, o de realización personal; o qué calidad de familia y lo que le dejaré como una herencia, personal y material? ¿Qué quiero realizar en mi vida terrenal?

Todo esto está en el entorno y los acontecimientos de la parábola que cuenta Jesús.

Y me parece interesante que nuestro Señor no especifica muchos detalles, sino empieza contar la parábola abruptamente: “El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza…” Aunque no especifica estos detalles, podemos derivarlos de qué pasa en la parábola:

  • que este hombre es un hombre de negocios, que hace que crezca su dinero por actividades de negociar;
  • que sus servidores de confianza no son servidores domésticos, sino son servidores que conocen bien su negocio; que ellos conocen sus objetivos y también sus métodos;
  • para que él puede esperar que ellos realizarán sus negocios acostumbrados mientras él está ausente.

Y es con estas expectativas que encarga sus bienes—sus “talentos” o “millones,” como los presenta esta traducción—les encarga estos talentos, y espera resultados que realizan sus objetivos.

Este hombre de la parábola es nuestro Señor Jesucristo mismo. Es él que nos ha bendecido y suplido nuestros talentos—por crearnos, redimirnos, guiarnos, y proveernos tantas cosas. Es él que ascendió al derecho del Padre hace casi 2000 años; y que de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos. Es él que nos ha proveído nuestras habilidades, experiencias, conocimiento, y recursos de todo tipo. ¿Qué resultados espera de nosotros?

Bueno, como el hombre en la parábola, ¿qué tipo de vida vivió él; y qué fueron los objetivos que él trató de realizar? Los servidores de la parábola conocieron su maestro: ¿lo conocimos nosotros al nuestro? ¿Qué decía y hacía? Consideren estas palabras suyas:

  • “No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.” (Jn 5, 30)
  • “Yo tengo para comer una comida que vosotros no sabéis… Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra.” (Jn 4, 32.34)

¿Buscaba riquezas mundanas? Dijo:

  • “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.” (Mt 8, 20)

¿Buscaba honores y promociones? Dijo:

  • “Yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy de mi propia voluntad.” (Jn 10, 17-18)
  • “Y yo, cuando sea levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.” (Jn 12, 32)

¿Qué objetivos trataban de realizar? Dijo:

  • “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres.” (Lc 4, 18)
  • “Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios, porque para esto he sido enviado.” (Lc 4, 43)
  • “El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido.” (Lc 19, 10)
  • “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” (Jn 10, 10)
  • “Habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento.” (Lc 15, 7)

Y ¿qué espera de nosotros, sus servidores? ¿Algo diferente? ¿Espera que ganaremos poder y riquezas y comodidad y honor y promociones por los talentos que nos ha encargado? Dijo:

  • “Paz a vosotros; como el Padre me ha enviado, así también yo os envío.” (Jn 20, 21)
  • “Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres”. (Mt 4, 19)
  • “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” (Mc 16, 15)

Y, a los que llama a la vida consagrada, como el joven rico, dice:

  • “Te falta todavía una cosa; vende todo lo que tienes y reparte entre los pobres, y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sígueme.” (Lc 18, 22)

Ésta es la misión de Cristo, nuestro maestro, que ahora está ausente un rato, hasta su Segunda Venida. Y ésta es la misión de su Iglesia, su Cuerpo Místico y Esposa. El Concilio Vaticano Segundo nos escribió:

La Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y guardando fielmente sus mandamientos del amor, la humildad y la renuncia, recibe la misión de anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios… (LG 5; CIC 768)

Pero, ¿aplica esta misión a los laicos también? ¡Sí! El mismo Concilio escribió:

En realidad, [los laicos] ejercen el apostolado con su trabajo para la evangelización y santificación de los hombres, y para la función y el desempeño de los negocios temporales, llevado a cabo con espíritu evangélico de forma que su laboriosidad en este aspecto sea un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres. Pero siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento. (AA 2)

¿En qué consiste este apostolado? Sobre todo, en la evangelización y santificación del lugar en el cual has sido colocado. ¿Pensaste que habías colocado en tu oficio, tu clase, tus privilegios para tu propia ganancia mundana? ¡No! Cristo te ha colocado allí por sus objetivos. Como dijo Mardoqueo a Ester: “¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?” (Est 4, 14)—cuando se había puesto reina, y tuvo la oportunidad de salvar a su pueblo de destrucción, aunque correría el riesgo de perder su propia vida en intentarlo. “¿Quién sabe si para esta hora has llegado al reino?”

Para esto Cristo te ha colocado en tu lugar:

  • Para evangelizar: para comunicar a otros, por tu vida y tus palabras, la verdad salvadora de quién él es, y qué quiere hacer en y por ellos.
  • Y para santificar: no para conformarte a este mundo, sino transformarlo hasta que el mundo sea conformado a la regla benevolente de Cristo.

Esto es lo que espera Cristo el maestro. Cuando de nuevo venga con gloria, que él te diga: “Te felicito, siervo bueno y fiel… Entra en tomar parte en la alegría de tu señor.”

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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