Ama a Dios y a tu prójimo con un amor verdadero

¡Resultó que otro sacerdote estaba prevista para celebrar la Misa! Y por esto no hay mp3 de esta homilía.
XXX Domingo Ordinario, Año A: 23 Octubre 2011
Ex 22, 20-26; Sal 17; 1 Tes 1, 5-10; Mt 22,34-40

Los dos mandamientos más grandes, el primero y el segundo, van juntos. Amar al Señor, nuestro Dios, y amar a nuestro prójimo: van juntos.

San Juan nos escribió en su primera carta (4, 20-21):

Si alguno dice: “Amo a Dios” y aborrece a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Además, Jesús nos ha dado este mandamiento: El que ama a Dios, que ame también a su hermano.

Porque ¿cómo podría alguien amar a Dios, mientras que aborrece al que Dios ama? Siempre en el Antiguo Testamento, por la Alianza con el Pueblo de Israel, el Señor exigió que ellos también vivieran las virtudes personales que él vivió. Y así oímos en la primera lectura los mandamientos a tratar justamente a los vulnerables—a los extranjeros, a las viudas y a los huérfanos, a los pobres. Porque Dios oye su clamor y Dios es misericordioso; y él exige que nosotros también seamos así. Si no, no amamos a Dios.

Pero también es verdad la inversa. Si no amamos a Dios, no amamos verdaderamente a nuestro prójimo. Nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI escribió de esto en su carta encíclica Caritas en veritate, “La Caridad en la Verdad.” Porque todos somos creados en el orden moral, y nuestro bien corresponde a la verdad moral. Y el ser humano es creado en la imagen de Dios, y conocer y amar a Dios es su proprio fin, su realización. Si no conocemos a Dios, si no entendemos la verdad del ser humano creado así—aunque deseamos ayudar a otros—no lograremos hacerlo, porque no sabemos qué es su bien verdadero. Amar a otros verdaderamente requiere amar a Dios sobre todas las cosas, y a las criaturas por él y como él las ama.

Pero, ¿qué significa amar a Dios? ¿Cómo podemos cumplir este mandamiento de amar a Dios con todo nuestro ser?

Sabemos primero que este amor no es un sentimiento. No es posible mandar un sentimiento o una emoción. Aunque muchas veces el amor supone unos sentimientos, en el primer lugar es un acto de la voluntad: es desear el bien del otro, y así la unión con ese otro. Y este amor viene en dos variedades, en dos lados del amor—como nuestro Papa escribió en su carta encíclica Deus caritas est, “Dios es amor.” Hay un amor de recibir y un amor de dar.

Primero, en el amor de recibir, decimos que amamos o queremos a algo o alguien porque realiza algo en nosotros. Tenerlo, recibir lo que nos da, nos provee algo que necesitamos; ayuda que nos realicemos. Este amor de recibir se llama erōs en griego. Y, cuando descubrimos que alguien nos lo da algo de esta manera, deseamos estar con él, y lo elijo, para recibirlo. Así muchos niños pequeños aman a sus madres; así muchos jóvenes aman a alguien, en los amores primeros; y no sólo los jóvenes, sino muchos adultos, como testifican las muchas canciones de amor.

¿Se puede amar a Dios con este erōs, este amor de recibir que quiere poseer y realizarse? ¡Claro que sí! Como oímos en la semana pasada, fuimos creados en la imagen y la semejanza de Dios, y hechos capaces de estar en relación interpersonal con él. Y así él mismo es nuestro bien principal, nuestra realización; tenemos un deseo infinito para Dios, dentro de nosotros, que ningún otro no puede satisfacer. En verdad, es él mismo a quien queremos con este amor de recibir—y no hay otra cosa o posesión, no hay otra actividad o logro, no hay aún una persona humana, que puede satisfacernos totalmente—sino sólo conocer a Dios y unirnos a él. Y así debemos buscarlo, para recibir lo que sólo él puede darnos; y debemos formar nuestras vidas enfocadas en él como su centro, y ningún otro bien menor. Es él que debemos amar, principalmente, con este amor de recibir.

Segundo, ¿qué del otro tipo de amor, el amor de dar? Este amor enfoca, no en nosotros mismos y en las necesidades y la realización nuestra; sino enfoca en el otro y desea su bien—sus necesidades y su realización como persona—y de cómo podemos dar de nosotros mismos para suplir sus necesidades. Este amor de dar se llama en griego agapē. Lo vemos en el amor de los padres para sus hijos; y también en al amor romántico más maduro, cuando, por ejemplo, un hombre descubre no sólo su amado suple sus necesidades sino también qué son sus necesidades de ella y cómo él puede suplirlas. Vemos este tipo de amor con frecuencia en al Nuevo Testamento, en la enseñanza de Cristo y de sus apóstoles, inclusive en nuestra lectura del Evangelio del hoy.

Claro que podemos entender cómo podemos amar a otros seres humanos con un amor de dar, porque vemos que todos tienen muchas necesidades. Pero, ¿qué de amar a Dios de esta manera? Dios, en la natura divina, no tiene necesidades, no falta nada, es perfectamente actualizado. ¿Podemos amar a Dios con un amor de dar? Los santos testifican que sí. Enfocan en Cristo y sus necesidades en su natura humana, especialmente en su Pasión. La Santa Teresa de Jesús lo meditaba en su agonía en el jardín de Getsemaní, o en su flagelación. Los Misioneros de la Caridad, fundados por la Madre Bendita Teresa de Calcuta, al lado de todos los crucifijos en sus capillas y hogares, ponen las palabras en la pared: “Tengo sed.” Y no sólo tuvo sed para un líquido físico en la cruz, sino tiene sed ahora—¿de qué? ¿De qué tiene sed? En su natura divina, aunque no tiene necesidades, ¿qué quiere Dios? ¿Qué desea?

Amar a Dios con este amor de dar significa:

  • tratar de saber lo que desea, y desearlo también nosotros mismos;
  • tratar de entender cómo le aparecen el mundo y todas las personas, qué él sabe de ellos; y ver y conocer al mundo así también nosotros mismos, con la misma vista, la misa mente;
  • tratar de formarnos, adentro y afuera, nuestras acciones y pensamientos y aún nuestros sentimientos más básicos, según su voluntad.

De esta manera, amaremos al Señor, nuestro Dios, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, y con toda nuestra mente. Y amaremos a nuestros prójimos, no como suplente de Dios, ni con un amor equivocado y malformado, sino como él los ama.

San Juan también nos escribió en su primera carta (4, 19): “Amamos a Dios, porque él no amó primero.” Cuando meditamos en el amor de Dios y lo conocemos; cuando lo pedimos y hacemos espacio verdadero para recibirlo; entonces llegamos al punto de poder decir, con verdad y sinceridad, con el salmista: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza, el Dios que me protege y me libera. Tú eres mi refugio, mi salvación, mi escudo, mi castillo.” Entonces está encendido en nuestros corazones ese amor dual de Dios y de nuestro prójimo. Entonces tenemos el centro vivo que necesitamos, para conocerlo de verdad y amar a otros como él los ama.

El fallecido padre jesuita Pedro Arrupe escribió: “Nada es más práctico que encontrar a Dios; que amarlo de un modo absoluto, y hasta el final… Enamórate, permanece enamorado, y eso lo decidirá todo.”

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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