El Dios del universo te ama intensamente. ¿Y tú?

Eschucha mp3
XXIX Domingo Ordinario, Año A: 16 Octubre 2011
Is 45, 1.4-6; Sal 95; 1 Tes 1, 1-5; Mt 22, 15-21

La vista de nuestras lecturas hoy es una vista muy ancha—una vista internacional o universal. Y así es una vista que conocemos bien hoy. Pero, al mismo tiempo, se manifiesta como una vista muy personal; y así nos presenta un mensaje muy pertinente.

En la primera lectura, oímos el Señor hablando de su ungido, Ciro. ¡Qué sorpresa! ¡Qué impresión! Pero, ¿por qué? Porque esa lenguaje de unción y de un ungido, en el Pueblo de Israel en el siglo VI antes de Cristo, perteneció a sus sacerdotes y sus reyes—sus “mesías,” que significa, literalmente, ungidos. Pero ¡Ciro no es judío! Es el emperador persa, que ha devuelto el pueblo a su tierra santa, de su exilio en Babilonia. El Señor lo ha puesto en su oficio—por el bien de Israel su escogido. Aunque Ciro mismo no lo sepa—aunque no lo conociera al Señor—es la verdad. Porque el Señor no es sólo un dios pequeño y nacional, limitado a un pueblo y una tierra; es el único dios de todo el mundo, y actúa en las alturas de los gobiernos imperiales, tanto como en las vidas humildes. Y actúa para sus propósitos. En esto podemos confiar.

Qué suerte para los emperadores, ¿no?—que ahora el Pueblo de Israel tiene razones para obedecerlos. Si Ciro el persa es el ungido del Señor; si, seis siglos adelante, César el romano tiene su imagen en las monedas y así es legítima que los judíos le paguen el tributo—¡qué suerte para los emperadores! Es la Iglesia al servicio del estado, ¿no?

Pero no es tan simple. En efecto, a los Césares del mundo, desde el primer siglo hasta ahora, las enseñanzas de Jesús no los han resultado fáciles. Si el Señor les ha dado sus oficios, entonces él es su maestro; y les ha dado sus mandatos y sus limitaciones. Si es correcto dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, significa que no es todo lo que es del César. Y todo los Césares quieren que todo le pertenezcan—tu corazón y tu mente, tu lealtad total, tu identidad—todo, del César. Si hay otro Señor—un Señor Jesucristo—que reclama tu corazón como el suyo, entonces va a suceder una tensión, una lucha. Y así ha sucedido, de una manera u otra, en todas las tierras, durante 2000 años.

En el juicio de Jesús, Pilato le dijo: “¿No sabes que tengo autoridad para soltarte, y que tengo autoridad para crucificarte?” Jesús respondió: “Ninguna autoridad tendrías sobre mí si no te hubiera sido dada de arriba.” (Jn 19, 10-11)

Entonces, ¿qué es el mandato y qué las limitaciones que tienen estas autoridades humanas en su oficio? Pertenecen a la verdad de la persona humana.

  • La Iglesia enseña que “el principio de la dignidad de la persona humana es él en que cualquier otro principio y contenido de la doctrina social encuentra fundamento.” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 160)
  • El Concilio Vaticano Segundo escribió que “El orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al contrario.” (Gaudium et spes, 26; Compendio, 132)
  • “La persona no puede estar finalizada a proyectos de carácter económico, social o político, impuestos por autoridad alguna… En ningún caso la persona humana puede ser instrumentalizada para fines ajenos a su mismo desarrollo, que puede realizar plena y definitivamente sólo en Dios y en su proyecto salvífico.” (Compendio, 133)

Y así la Iglesia ha insistido en la dignidad y valor humana cuando Césares grandes y pequeños, los Nazis y los Comunistas, hasta aún los Césares de nuestro tiempo y lugar, que en demasiadas veces quieren abusar la dignidad humana en cuestiones económicas, de inmigración, de la vida humana, y de la familia, entre otras.

Y ¿qué es el pivote de la cuestión? Es la imagen. Nuestro Señor dijo, “Enséñame la moneda del tributo… ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Le respondieron, “Del César.” Y Jesús concluyó: “Den, pues al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.” Es la imagen de César en la moneda, el denario. Y ¿dónde está la imagen de Dios?

Los que lo oyeron lo supieron. Bien supieron qué era en la historia de la creación en el primer capítulo del libro de Génesis: “Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” (Gn 1, 26-27) Aquí está la imagen de Dios: en ti y en mí; en cada uno de nosotros. In nuestro intelecto y nuestra voluntad libre; en nuestra creatividad y personalidad; en nuestra capacidad para el amor y la relación; y de muchas otras maneras: hemos sido creados para parecer a Dios. Y hay más. El Catecismo nos dice (356):

De todas las criaturas visibles sólo el hombre es “capaz de conocer y amar a su Creador”; es la “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma”; sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad…

Y todavía hay aún más. En tu bautismo, una impresión o marca indeleble fue imprimida en tu alma, conformándote a él; y, otra vez en tu confirmación, otra marca indeleble, conformándote a él. Aquella moneda con la imagen del César pudo ser fundido, y sabemos que la mayoría de ellas han sido fundido; pero tu alma es inmortal, y las marcas del bautismo y de la confirmación son indelebles. Para toda la eternidad, esas marcas, esas imágenes, brillarán. Y sospecho que, cuando los ángeles y los demonios te miran ahora, ellos ven esas imágenes.

Pero, ¿qué ves tú? ¿De quién es la imagen que ves cuando te miras a ti? ¿Qué informa y colora cómo ves a ti mismo?

  • Cuando te miras, ¿ves la marca que puso el César? ¿Ves la imagen de una cultura y gobierno nacional, con sus aspiraciones y valores mundanos? ¿Te dan tu identidad?
  • O ¿te conoces a ti por los ojos de tu empleo o tu escuela? ¿Ves tu valor como equivalente a lo que sabes y lo que puedes producir?
  • ¿Es la imagen formada por la publicidad—por compararte a tus vecinos, o a los que ves en las revistas o en la televisión? ¿Te quedas en sentir inadecuado e inferior?
  • O ¿ves la impresión de tus padres, que te ata a ellos, a sus fortalezas y sus debilidades—y a las heridas que te han dado por sus imperfecciones?

¿De quién es esta imagen y esta inscripción que ves?

Pero el César no te ama; tu empleador no murió por tus pecados; las agencias de la publicidad no pueden hacer tu alma ni bella ni llena de la paz. Cualquier amor y apoyo que recibieras de tus padres y tu familia, es una sombra comparada a lo que recibes como hijo o hija de Dios Padre, adoptado por tu bautismo en Jesucristo. Entonces, ¿por qué dar al César y los otros lo que no es el suyo—el tiempo y el dinero, tu tranquilidad y los mejores años de tu vida—mientras ignorar el que te conoce y te ama con un amor infinito, y es el único que puede satisfacer ese deseo infinito para Dios, dentro de ti?

En medio de un mundo grande e internacional, en el cual Dios mueva aún los líderes de imperios grandes, para sus propósitos—su propósito es el cuidado de ti, de tu corazón, de tu alma, formada en su imagen, redimida en su semejanza.

“¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Den, pues al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.”

Recuerda de quién eres.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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