El Señor te invita a su banquete: ¿Vendrás?

Eschucha mp3
XXVIII Domingo Ordinario, Año A: 9 Octubre 2011
Is 25, 6-10; Sal 22; Flp 4, 12-14.19-20; Mt 22, 1-14

El Reino de los Cielos se parece a un rey que nos invita a un gran banquete—el banquete nupcial de su Hijo. ¡Qué maravilloso! ¿A quién no le gusta un banquete nupcial?—una ocasión de mucho gozo, y la promesa del futuro, y la presencia amable de amigos y de la familia, y muy buena comida y bebida. Como dice la primera lectura: un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados.

Y esto es lo que ofrece Dios Padre a todo el mundo. Leemos en el libro del Apocalipsis (19, 9): “Dichosos los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero.” Las bodas del Cordero—de nuestro Señor Jesucristo, crucificado y resucitado para la redención del mundo—unido con su novia, su esposa, la Iglesia, en el cielo nuevo y la tierra nueva—en los cual enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas ya pasaron“. (21, 2.4)

El Catecismo nos dice que “El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.” (1024) Y, en los cielos nuevos y la tierra nueva, “la visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.” (1045)

Éste es el banquete que nos ofrece el Rey. Nos ofrece para que lo recibamos, en nuestras propias manos. ¡Qué don magnífico y generoso!

Pero la verdad es que muchos lo rehúsan. Lo ignoran; lo pasan; lo dejan al lado. ¿Cómo puede ser? Pero es como lo que leemos en la parábola de nuestro Señor: los invitados se negaron a ir. ¿Cómo podrían hacerlo? ¿Por qué se negarían tanta invitación?

  • Porque aceptar la invitación establecería una cierta relación con el rey, y ellos no lo quisieron.
  • Porque prefirieron las bendiciones pequeñas mundanas que ya tuvieron—las posesiones, la actividades—y no quisieron cambiar, ni para bendiciones infinitas y definitivas.
  • Porque eran tan preocupados con sus campos, sus negocios, que no dieron la atención a la invitación para comprender lo que fue ofrecido.

Y ¿qué está ofrecido?

  • La realización del ser humano, de quién eres profundamente, del fin por lo cual fuiste creado.
  • La comunión con Dios mismo, con las Personas divinas de la santísima Trinidad, lo cual fuiste creado para conocer y amar.
  • La creación de la libertad verdadera dentro de ti—una libertad de las cosas mundanas que te esclaviza, y una libertad para la virtud y el amor perfecto.
  • El conocimiento claro de cómo eres tú mismo y el universo entero, y la dirección correcta para tu vida.
  • Una gracia que llena tu corazón y tu alma hasta el punto de rebosar.

¡Todo esto está ofrecido! Pero sabemos que recibirlo, como recibir cualquier regalo, requiere dos manos abiertas y vacías. Requiere que soltemos

  • nuestra soberbia, y la identidad que hemos hecho, y nuestra idea de qué es el éxito;
  • las actividades que llenan nuestro tiempo;
  • nuestro apego a las riquezas mundanas, al placer y el sentir bien, al poder mundial, a la buena reputación;
  • nuestro deseo para la venganza por heridas que hemos recibido en el pasado;
  • los pecados que perseveran en nuestras vidas, y también la culpa que llevamos.

Es posible agarrarse a éstas, y nunca abrir nuestras manos para recibir el don de Dios—nunca en muchos años, o nunca en una vida aún entera. El Catecismo nos recuerde (1033):

Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”.

Pero todavía se ofrece el don: de la salvación y la redención; del perdón y la paz; de la gracia y el gozo. San Pablo nos escribió que “el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio.” (Gal 5, 22-23) De estos podemos disfrutar aún en esta vida mundana—si los recibiremos.

La Santa Misa se llama, entre otros nombres, el “Banquete del Señor” porque se trata … de la anticipación del banquete de bodas del Cordero en la Jerusalén celestial (CIC 1329). La Misa es “Pignus futurae gloriae,” una prenda de la gloria futura. La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros—aunque esta presencia está velada. Nos reunimos en esta Misa para unirnos con nuestro Señor bajo la apariencia sacramental, mientras pelegrinamos al Reino celestial; para participar en parte en el Banquete del Señor, para que podamos participar plenamente, cara a cara (cf. 1 Cor 13, 9-12).

Has sido invitado al banquete del Señor. ¿Lo aceptarás? ¿Lo recibirás el don que se te ofrece? ¿Recibirás, con las manos abiertas y vacías—vacías de la soberbia y las actividades, de las riquezas y el poder, del placer y la reputación, de la venganza y el pecado—con las manos abiertas y vacías, listas para recibir el don invaluable que te ofrece el Hijo del Rey, el Cordero? ¿Vendrás al banquete del Señor?

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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