Los frutos hermosos que desea el Señor de ti, su viña

Eschucha mp3
XXVII Domingo Ordinario, Año A: 2 Octubre 2011
Is 5, 1-7; Sal 79; Flp 4, 6-9; Mt 21, 33-43

El Señor ha plantado una viña—oímos en la primera lectura y en la parábola de nuestro Señor Jesucristo. La cavó, la limpió de piedras y la plantó con cepas escogidas—la plantó con ti mismo. Te plantó a ti en su viña, en una loma fértil, te cuidó asiduamente, te trasplantó a otra tierra que la de tu nacimiento, y continúa cuidarte aquí.

Y desea frutos. Desea una cosecha de ti. ¿Qué tipo de frutos desea de tu vida? Sería fácil decir sólo “la equidad” y “la justicia,” como dice la primera lectura—como si sólo deseara que evites acciones obviamente injustas. Pero esa respuesta vino de antes de la nueva alianza que hizo Jesucristo en su propia sangre; antes de la gracia de los sacramentos; antes de la oferta de incorporarte en el cuerpo resucitado de Jesucristo.

No sólo desea una evitación de las acciones exteriores de la opresión injusta—sino desea que vivas totalmente como su Hijo unigénito. Que vivas como su hijo o hija adoptiva, en Jesucristo; que vivas unido a él; que vivas en amor total, en fe total, siempre comunicando con él, siempre siguiendo su dirección. Estos son los frutos que desea: una totalidad de la vida, aquí en la tierra nueva en la cual te ha trasplantado.

Cuando yo era joven, leí un ensayo con el título “Mi Corazón, el Hogar de Cristo.” Ese ensayo era una meditación que empleó la imagen de una casa que contuvo muchos cuartos, que significaban las partes distintas de nuestra vida. Y el autor describió cómo Jesucristo, cuando le dio la bienvenida a su vida, empezó a explorar todos los cuartos y los limpió y arregló, sometiendo todo a su dominio. Hubo el salón de las amistades y el taller de los talentos y habilidades. Pero primero hubo la biblioteca de la mente y la imaginación, y el comedor de los apetitos y los deseos.

Son estos cuartos de la vida interior los que aborda San Pablo en la segunda lectura, cuando urge a los Filipenses y a nosotros en qué debemos meditar, en qué debemos fijar nuestra imaginación y nuestra atención. Y San Pablo no está sólo en urgir esto: otras partes de las Sagradas Escrituras y de nuestra tradición también nos dirigen a dar una atención enfocada a estos temas interiores. Con tanto cuidado como tenemos en lo que comemos, lo que bebemos, lo que inhalamos, lo que ponemos directamente en nuestra piel—también debemos tener cuidado de qué vemos y miramos, qué escuchamos, qué meditamos.

  • De los 10 Mandamientos, el noveno y el décimo nos desvían de la codicia—de desear y meditar en las personas y las cosas que no son apropiadas para nosotros.
  • San Juan, en su primera carta (2, 16), nos avisa de la “concupiscencia de los ojos.”
  • Y nuestra tradición moral nos urge practicar “la custodia de los ojos”—que practiquemos un control de nosotros mismos suficiente para que ni miremos las cosas en que no debemos meditar.
  • San Tomás de Aquino, el filósofo y teólogo famoso del siglo XIII, que sabemos deseó mucho saber y entender, nos avisa de la vicia de curiositas, que sucede cuando el deseo de saber se corrompe (ST, II-II, 167). Puede suceder, nos dice, cuando intentamos saber para edificar nuestra soberbia; o cuando descuidamos lo que tenemos el deber de aprender y saber, para poder mirar lo que es vano y sin importancia; o cuando miramos algo sin fin útil, sólo para una gratificación de unos sentidos; o aún para un fin dañoso, inclusive para mirar lujuriosamente a alguien, o para poder pensar mal de él.

Muchas veces queremos oír del mal que hacen otros—de los escándalos, los crímenes. Piensa en qué tipo de noticia causa la venda de muchos periódicos; o en qué está pasada por correo electrónico o la media social. Queremos saberlo—o muy lejos o muy cerca—para que podemos hablar, unos a otros, de los defectos de otros, en el cotilleo y la detracción, aún en la falsedad de la calumnia. Miramos y escuchamos las representaciones artísticas de actos horribles de la violencia y la degradación humana.

Y, actualmente, un tema que se destaca es la pornografía—que, el Catecismo nos dice (2354), “consiste en sacar de la intimidad de los protagonistas actos sexuales, reales o simulados, para exhibirlos ante terceras personas de manera deliberada.” Actualmente, la pornografía es tan común, y tan accesible en todo lugar por la tecnología, y usada por tantas personas, que es fácil pensar que es normal, o que es un problema sino muy pequeña, un pecadillo. Pero no es así. Atenta gravemente a los que aparecen en ella, a los que la venden, y a los que la miran.

Y así mirar la pornografía no es una cosa pequeña sino una cosa grave. No es un pecado venial, sino un pecado mortal—si está hecho con el conocimiento pleno y la libertad plena. Si miras la pornografía, tienes que confesarte en el sacramento de la penitencia para que este pecado mortal sea perdonado; tienes que buscar ese sacramento con mucha rapidez; y no puedes recibir la Santa Comunión antes de alcanzar el perdón así. Es tan serio.

Si miramos otra vez a la imagen grande de esta vida interior, debemos entender que descuidarse en lo que ves y oyes y meditas es algo de desvalorar a ti mismo—y a otros. Puede ser que esta devaluación es inconsciente: que piensas que sólo es lo que haces para otros que vale, y no lo que eres adentro. Pero la verdad es que fuiste creado para ser hermoso adentro—si, tú mismo—ser hermoso, y radiante, y glorioso en corazón y mente: para dar el placer a Dios Padre, y la vida y el ánimo a otros cuando ven en un momento algo de quién eres y cómo eres adentro.

La imagen de la vina en las lecturas del hoy es una imagen del Pueblo de Israel y de la Iglesia; pero también es una imagen personal. Tú eres esa viña, que hizo el Señor con tanto cuidado. Santa Teresa de Jesús y otros santos hablan de nuestras almas como huertos que pueden ponerse hermosos, llenos de flores radiantes y fragrantes. No llenos de pensamientos sórdidos o indecorosos, o contaminados o envenenados, sino puros y hermosos, llenos de los frutos de los cual nuestro Señor Jesús nos habla.

Y así la práctica del pudor es muy importante: no sólo en qué tipo de ropa llevas, aunque sí que as importante; sino, al más profundo, en valuar cuán preciosos y de cuán valor son otros, y eres tú mismo. El Catecismo nos dice (2521-2524):

El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado… Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas… Protege el misterio de las personas y de su amor. Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa… Mantiene silencio o reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en discreción…

Es la reconocimiento de la dignidad espiritual propia al hombre—a otros, y a ti mismo.

Estos son los frutos que desea Jesús de nosotros, su viña: no sólo una justicia exterior mínima; no sólo la protección de nuestros cuerpos de lo que podría hacernos daño físico; sino también todo lo que queremos, todo lo que miramos, todo lo que meditamos en corazón y mente. Y así nos urge San Pablo: todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos… y la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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