Nunca es demasiado tarde, aún a la hora undécima

Eschucha mp3
XXV Domingo Ordinario, Año A: 18 Septiembre 2011
Is 55, 6-9; Sal 144; Flp 1, 20-24.27; Mt 20, 1-16

Nuestro Señor es muy bueno, muy generoso, dice Jesucristo.

Como el propietario en su parábola, podría salir sólo muy de madrugada. Y es verdad que sale tan temprano y llama tan temprano—en la historia de un pueblo, en la vida de una persona. Llama tan temprano, en la niñez, en la juventud—y hay unos que lo oyen y lo siguen desde aquella edad hasta la hora de su muerte. Así como hubo algunos obreros en la parábola que estaban en la plaza de madrugada, y así empezó trabajar en su viña temprano.

Y eso podría haber sido el fin del cuento. Pero no fue.

Muchas veces más, el propietario volvió a salir—en la hora tercera, y sexta, y novena—a media mañana y al mediodía y a media tarde. Aún a la hora undécima, al caer la tarde, salió otra vez más. Necesitó más obreros para la cosecha en su viña, y siguió contratando.

Tenemos dos posibilidades de entender este detalle de la parábola de nuestro Señor. Podría ser que cada vez que salió el propietario contrató a sólo unos de los obreros que esperaban en la plaza, y les dejó a unos allí. Así, cuando ellos dicen, “Nadie nos ha contratado,” podrían haber añadido: “¡Ud. no nos ha contratado!” Pero esa posibilidad no me parece probable, porque reconocemos que el propietario necesita a muchos obreros. Así prefiero la otra posibilidad, que es que los otros obreros permanecían acostados muchas horas y demoraron en salir de casa y empezar su día laborable— ¡aún al caso de no llegar en la plaza hasta la tarde! ¿Cuánto habían bebido por la noche, para que se moraran tanto?

Pero sí que el propietario salió otra vez, aún en la hora undécima—y les llamó a venir también a su viña, y les dio la recompensa que necesitaron.

Así es el Señor. Permanece en llamar; permanece en dar generosamente. No sólo a la gente judía más temprano, sino a las gentes gentiles más tarde; no sólo a los que siguieron a Cristo muy temprano, sino a los que respondieron al Evangelio más tarde, en el siglo primero en la Iglesia; no sólo a los fieles de la niñez, sino a los que lo respondieron más tarde en la vida.

El Señor permanece en llamar: por todo el día; por toda la vida; aún a la hora undécima. Nunca es demasiado tarde responderle. Tanto tiempo como dura esta vida terrenal: no es demasiado tarde.

Y la historia de la Iglesia lo muestra. Hay un libro amable que se llama Saints Behaving Badly, Los Santos Comportándose Mal—con el subtítulo “Los asesinos, ladrones, promiscuos, timadores, y devotos al diablo que se hicieron santos.” Este colecta unas de las historias pintorescas de cómo estos hombres y mujeres fueron en sus años anteriores, antes de responder a la llamada del Señor y llegar a ser los santos que él siempre había deseado. Y así vemos en el índice: San Mateo, extorsionista; San Moisés Etíope, asesino y jefe de pandilla; Santa Pelagia, actriz promiscua; San Agustín, hereje y playboy; Santa Olga, asesina de masas; San Francisco de Asís, derrochador; San Ignacio de Loyola, egoísta; San Felipe Howard, cínico y esposo negligente.

En todos estos casos, oyeron la llamada del Señor tarde, aún muy tarde. Uno de ellos, San Agustín, escribió estas palabras famosas en sus Confesiones:

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba… Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo… Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera: Brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; Exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; Gusté de ti, y siento hambre y sed…

Estas historias, esta parábola, esta promesa, pueden darnos un gran gozo:

  • Para los que han huido de la voz del Señor muchos años, y han sufrido mucho y también causado mucho sufrimiento, y ahora se preguntan—¿Es posible regresar al hogar del Padre en esta etapa de la vida? ¿O es demasiado tarde?—viene la respuesta: nunca es demasiado tarde, mientras que dure esta vida terrenal.
  • Para los que han sufrido muchos años por amor de otros, como sufrió Santa Mónica, la madre de San Agustín, antes de su conversión de él. Recordamos las palabras del San Ambrosio a ella: “No se puede perder un hijo de tantas lágrimas”; y sabemos que hemos sido bendecidos por el liderazgo y la enseñanza sabia de ese hijo, obispo. Nunca es demasiado tarde; el Señor llama aún a la hora undécima.

Puede darnos un gran gozo, como los ángeles, cuando un pecador se arrepiente (Lc 15, 7)—si no tomamos a mal la generosidad y benignidad del Señor, como hicieron los obreros primeros en la parábola. Es una razón para el gozo caminar fielmente con el Señor muchos años; y una razón para aún más gozo, y no para el resentimiento, cuando alguien arrepiente a la hora undécima y recibe el premio de la gracia y del cielo.

Es verdad que el Señor nos llama hasta la hora undécima. Pero no sabemos qué hora es para nosotros, antes de la hora del adviento de nuestro Señor Jesucristo o de la hora de nuestra muerte. Quizá esta hora es sólo la tercera; quizá es la sexta, o la novena, o aún la undécima. Nunca es demasiado tarde responderle, tanto tiempo como dura esta vida terrenal; pero no sabemos cuánto tiempo es. San Agustín mismo escribió (Com. Sal 144):

No digas, pues: «Mañana me convertiré, mañana contentaré a Dios, y de todos mis pecados pasados y presentes quedaré perdonado». Dices bien que Dios ha prometido el perdón al que se convierte; pero no ha prometido el día de mañana a los perezosos.

No hay día como hoy para:

  • dejar el pecado que te ha envuelto;
  • entrar más profundamente en la oración que te ha atraído;
  • edificar tu conocimiento de la fe, y dar mejor testimonio del Señor a otros;
  • darte más completamente en el servicio de amor a tu familia y a otros.

Permanece el poder del sacramento de la confesión; y Dios todavía te llama y espera tu respuesta. ¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca! Sí que el Señor está cerca de ti, llamando, tanto tiempo como dura esta vida terrenal—aún a la hora undécima.

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