Qué significa perdonar después de un daño terrible

Eschucha mp3
XXIV Domingo Ordinario, Año A: 11 Septiembre 2011
Sir 27, 30–28, 7; Sal 102; Rom 14, 7-9; Mt 18, 21-35

Nuestro Señor Jesucristo nos habla hoy del tema del perdón. Y el perdón es un tema muy familiar y también muy susceptible para todos. Lo conocemos; y sabemos que a veces es muy difícil cumplir este mandamiento del Señor.

Y oímos sus palabras en un día en lo cual los Estados Unidos, y el mundo, recuerdan los ataques terroristas del 11 de Septiembre, 2001—hace diez años. Fue un día en lo cual este país experimentó lo mismo que otros países y otras gentes han experimentado: una gran herida del terrorismo o alguno otro golpe, que causó mucho dolor, mucho temor, muchas dudas.

Recordando esta tragedia y otras semejantes, quizá nos preguntamos: ¿Cómo se relaciona el perdón con estos?

Porque las acciones del 11 de Septiembre hicieron mucho daño: la muerte física de casi 3000; la injuria física de muchos más; el dolor emocional para el país entero y aún el mundo; y además mucha destrucción física. Los ataques también provocaron gran temor sobre el futuro, porque los EE.UU. aprendieron: que sus defensas habían fallado en prevenir los ataques; y que hubieron grupos organizados que planeaban más ataques. Y esos ataques fueron injustos. Violaron las normas morales dadas por Dios de cómo deben actuar los seres humanos, unos a otros: violando los derechos humanos, haciendo daño al bien común, haciendo daño terrible y no merecido.

Así estos ataques son unos ejemplos grandes y complicados de lo que experimentamos todos los días: cuando nosotros mismos, o los que amamos, sufren el daño, el daño injusto; y cuando, muchas veces, vemos que el mismo agente puede hacer daño otra vez en el futuro. Por eso, muchas veces sentimos la ira, que es la pasión o la emoción que desea la vindicación, que es el corregir del mal que ha hecho la acción injusta, muchas veces por exigir que el malhechor hace actos de reparación. Y, al nivel bajo, en el nivel natural, éste es una reacción buena, un deseo bueno. ¡Es bueno que sentamos la ira por la injusticia; debemos desear que sea corregida!

Pero esta reacción no debe crecer al extremo: la ira que sentimos no debe crecer al punto de ser inmoderada o extrema; la vindicación que deseamos no debe crecer hasta hacerse la venganza cruel; y muchas veces nosotros mismos no somos autorizados a realizar esta vindicación, que en cambio es reservada a Dios o a las autoridades humanas legítimas—como oímos muchas veces in las Sagradas Escrituras, incluso la primera lectura hoy. Y todos hemos experimento estos extremos, ¿no?—la ira extrema, deseando una venganza extrema. Pero, si nuestra respuesta no cae en esos extremos, sino queda conveniente y pertinente, la respuesta de sentir la ira y desear que la injusticia sea corregida, es una respuesta buena y natural.

Pero nuestro Señor Jesús nos pide poner aparte esa respuesta. Nos pide ir más allá del natural; poner aparte nuestros derechos naturales; y, en cambio, perdonar. ¿Qué significa este perdón? ¿Cómo se arreglan todas estas partes? ¿Cómo funcionan? Porque hay muchas ideas falsas y engañosas del perdón que corren por nuestra sociedad.

Primero, necesitamos situar el tema del perdón dentro del mandamiento mayor de Cristo de amar: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 39), “que os améis unos a otros; como yo os he amado” (Jn 13, 34), “amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mt 5, 44). ¿Qué nos manda nuestro Señor en estos mandamientos? Nos equivocaremos si seguimos la tendencia de nuestra cultura de interpretar a todo subjetivamente—de lo que yo siento o tú sientes, lo que yo deseo o tú deseas. En cambio, debemos entenderlos objetivamente. Amar en la manera que nos manda Cristo es desear el bien del otro. Este “bien” es objetivo; no es cualquiera que elija la persona, sino es algo que Dios creó, dentro de cada uno de sus criaturas, incluso los seres humanos: el fin objetivo, para lo cual fue creado, la realización objetiva de lo que fue creado a ser. Y podemos comprender que alguien muy malvado o muy equivocado se equivocará de ese bien. Sentirá que su bien objetivo es desamable; no lo deseará. Pero el amor que nos manda Cristo—el amor verdadero y generoso—deseará su bien verdadero para sí, aún él mismo no lo desea. El amor verdadero, la caridad, lo deseará para sí, e intentará realizarlo, si es posible. Por eso, muchas veces, el amor verdadero necesita ser fuerte.

Y el perdón se sitúa dentro del amor verdadero. Hasta que, como escribe San Tomás de Aquino, cuando alguien nos hace algún daño injusto, no somos empujados a la ira excesiva, sino continuamos firmemente en la virtud de la mansedumbre; no somos empujados a las acciones vengativas, sino continuamos actuar en la virtud de la clemencia. Continuamos amar, como Cristo nos mandó, a pesar del daño que nos hizo el malhechor. Continuamos desear su bien verdadero. Somos suficientemente fuertes para perseverar en amar; somos suficientemente fuertes para perdonar.

Entonces, ¿qué son unas de las ideas falsas que circulan del perdón? Trataré de cuatro; pero hay más.

Primero, el perdón no significa sólo excusar o condonar una acción. El perdón no dice: “¡Era muy pequeño; no se hizo daño; no hay problema!” No, el perdón dice: “Sí que era muy dañoso, era injusto; pero pondré aparte mi derecho natural de exigir una vindicación del malhechor.”

Segundo, el perdón no significa fallar en proteger a otros contra el daño futuro. Esto aplica a esas autoridades civiles legítimas con el deber de proteger a la sociedad que fue encomendada a su cuidado; aplica a los padres con el deber de proteger a sus familias; aplica aún a cada uno de nosotros, que tenemos el derecho y a veces el deber de defender a nosotros mismos. Mientras que perdonamos al malhechor y continuamos desear su bien verdadero, todavía notamos de la probabilidad de que él hará el daño otra vez y actuamos, con pasos moralmente pertinentes, para prevenir el daño o proteger contra sus efectos.

Tercero, el perdón no significa que el daño no se debe ser corregido. Éste todavía es un deber del malhechor. A veces la autoridad civil puede mandar esta reparación; a veces esto es más allá del papel de la autoridad civil, y en la oración pedimos que, algún día, el malhechor vea su error y corríjalo.

Cuarto, el perdón no significa que siempre nos sentimos bien de instante. El perdón, primero, es un acto de la voluntad, de elegir continuar realizar el amor verdadero que nos manda Cristo, en lo que hacemos y en lo que no hacemos. Claro que esperamos alcanzar la plenitud del perdón; pero a veces esto requiere mucho tiempo. Puede requerir mucho tiempo alcanzar la plenitud de la paz interior que deseamos—la cesación de la ira, la libertad de la ira. Y puede requerir mucho esfuerzo reconocer plenamente el daño que hemos sufrido, y los sentimientos que ha provocado dentro de nosotros, y encontrar fuentes de la sanación para esto. Pero, con tiempo y esfuerzo y la gracia que Dios nos da, podemos alcanzar la plenitud esperado del perdón.

Cheryl McGuinness era la viuda del copiloto del Vuelo 11 de American Airlines, el avión primero que golpeó a los Torres Gemelas en el 11 de Septiembre. Casi un año después de aquel día, ella tuvo que visitar el sitio de la Zona Cero. Hasta ese momento, no lo había visitado; y no había podido perdonar a los hombres que habían causado la muerte de su esposo. Cuando llegó en el sitio, miró abajo en la fosa en la cual los edificios habían estado; y vio sólo una estructura del acero todavía derecha—en la forma de una cruz.

Ella oró, “Señor, mataron a mi esposo.” Y entonces le pareció que estaba al pie del cruz del Cristo en el Calvario. Y dentro de su corazón oyó al Señor, pidiéndole que perdonara a los terroristas. “¿Por qué?” preguntó. Y él le contestó: “Porque yo te perdoné.” Y en aquel momento, reconoció los pecados que había cometido—no el terrorismo, sino, sin embargo, pecados reales, daño real—y vio la verdad que Cristo le había perdonado. Y, después de ese día, recibió la gracia de una nueva fuerza adentro para perdonarlos a ellos también. Y cambió su vida.

Si tú has tenido problemas en perdonar como manda Cristo—o si no lo has intentado—entonces te pregunto: ¿has recibido tú su perdón de tus pecados? El sacramento de la confesión es una fuente poderosa de la libertad que él te ofrece: la libertad de tus pecados, y la libertad para perdonar a otros. Si tienes pecados serios que no has confesado, en la confesión sacramental; o si ha pasado más que un mes desde tu última confesión sacramental; por favor, vete y recibe el perdón que Cristo desea darte a ti. Porque, cuando, en ese sacramento, dejas de cubrir tu pecado y el daño que tú has hecho, y lo revelas ante el Señor, y descubres que Cristo te encuentre con amor y perdón, y el don de la fuerza para el futuro, entonces puedes hacer lo sobrenatural que el manda, de ver a otros como él los ve, y de perdonarlos.

San Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar? ¿Hasta siete veces?” Jesús le respondió: “No hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.”

“¿Por qué debo perdonarlos?” “Porque yo te perdoné.”

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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