Dios no tiene nietos: abrazar la totalidad de la fe viva

Eschucha mp3
XX Domingo Ordinario, Año A: 14 Agosto 2011
Isa 56, 1. 6-7; Sal 66; Rom 11, 13-15. 29-32; Mt 15, 21-28

La Iglesia es católica—que significa “universal.” Y esta verdad es una realización del gran plan de Dios para la redención del todo el mundo: que empezó con un hombre, Abraham, nuestro padre en la fe, y su familia; que expandió a los 12 hijos de Jacob, y a los 12 tribus de una nación, el Pueblo de Israel. Y unos de los profetas, especialmente Isaías, profetizaron la expansión del culto del Dios verdadero a todo el mundo. Escribió de todas las naciones confluyendo al monte de la casa del Señor. (Is 2, 2) Y en la primera lectura del hoy:

Yo los conduciré hasta mi santa Montaña y los colmaré de alegría en mi Casa de oración; porque mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos.

Esta profecía se está cumpliendo por la Iglesia, por que Jesús mandó a sus apóstoles que vayan y hagan discípulos de todas las naciones. Y leemos en el libro del Apocalipsis que San Juan vio

una gran multitud, que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero (Ap 7, 9)

Así podemos gozar que la Iglesia, y la gran Redención de Jesucristo, envuelven todas las naciones. Nadie está excluido por razón de su nación o su lengua; o su clase económica; o sus habilidades o limitaciones físicas o intelectuales; o por la mayoría de las razones porque los seres humanos excluyen o niegan. Y esto es una razón de gozar, para nosotros y para los que conocemos y amamos.

Pero eso no quiere decir que nadie no se excluye por ninguna razón. Recuerde que nuestro Señor también dijo que “ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mat 7, 13-14) La puerta estrecha no excluye por razones de nación o clase; pero sí que excluye. Excluye por razón de la fe; por razón de cómo respondemos a Jesucristo.

Notamos que los gentiles, los no-judíos, en la primera lectura, que son conducidos a la Casa del Señor, no adoran todavía a los dioses falsos de su pueblo ni practican los pecados de su pueblo, en rebelión contra el Señor. No, se han unido al Señor, aman su nombre, observen el sábado, se mantengan firmes en su alianza. Y la gran multitud vista en el Apocalipsis “son los que vienen de la gran tribulación, y han lavado sus vestiduras y las han emblanquecido en la sangre del Cordero.” (Ap 7, 14)

Nos ayuda recordar que la palabra “católica,” “universal,” viene de las dos palabras griegas “kata jolos,” “según la totalidad” o “según la integridad.” (CIC 830) Y, desde el primero uso del término, ha significado no sólo “la totalidad del mundo” sino también “la totalidad de la fe.” Quisieron distinguir entre la fe total de los católicos y las elecciones de los herejes. Porque los herejes eligieron unas partes y rechazaron otras de la fe apostólica; y los católicos aceptaron todas, abrazaron todas, vivieron todas.

¿Qué significa esto para nosotros? Primero, nos recuerda que no debemos ser “católicos de cafetería”—eligiendo unas enseñanzas y rechazando otras. Debemos abrazar la totalidad—todas las enseñanzas dogmáticas, todas las enseñanzas morales—creyéndolas y viviéndolas.

Pero no es sólo una cuestión de aceptar unas listas y someternos a ellas. Es una cuestión de una fe viva. ¿Conoces la dicha, “Dios no tiene nietos”? Quiere decir que Dios sólo tiene hijos. Si hay dos esposos que han sido bautizados, y así son hijos adoptivos de Dios, y ellos engendran a un hijo—ese hijo no es nieto de Dios, por ser el hijo de sus hijos. No, ellos deben traer su hijo a la fuente de bautismo para que él sea bautizado también, y se convierta en hijo de Dios junto con ellos. Y, si esa vida nueva y espiritual es dada por el bautismo, es dada con la intención de que sea vivida y crezca y se haga actualizada.

Dios no tiene nietos. Tú mismo tienes que abrazar la totalidad de la fe viva.

Esto es lo que Jesús está haciendo en la lectura del Evangelio del hoy. Está enseñando a sus discípulos cómo es la fe grande; y está ayudando a la mujer cananea, para que su fe crezca y se fortalezca.

Sólo habían pasado unos días desde que nuestro Señor había andado sobre el agua, y San Pedro le había pedido que anduviera sobre el agua también; y lo había hecho un rato. Porque Pedro tenía una fe suficiente—una confianza en el poder y el amor de Jesús suficiente—para dependerlo a él un rato y experimentar ese milagro un rato. Pero sola una experiencia de la rechaza—en la forma de vientos fuertes—y su fe vaciló. Así, correctamente, Jesús le dijo: “¡Qué poca fe!”

Y ahora los discípulos encuentran a esta mujer cananea, que, de alguna manera que no sabemos, tiene una fe fuerte en el poder y el amor de Jesús. Y su fe es tan fuerte que no vacila, aunque experimenta tres rechazos—en la forma del silencio, y la exclusión, y el insulto. No vacila; persevere. Y Jesús le dice a ella: “Mujer, qué grande es tu fe.” ¡Mayor que la de los discípulos en ese momento! Era una lección que necesitaron—y que necesitamos hoy también.

Pero no era sólo una lección para ellos, sino también una ayuda para ella. Tenía ella una confianza en el poder y el amor de Cristo—pero ¿cuán fuerte? ¿Suficiente para perseverar cuando pareció que Jesús no la respondía?—como también nosotros experimentamos a veces en la oración. ¿Suficiente para perseverar cuando experimentó rechazas e insultos?—como también nosotros experimentamos mientras que vivimos en este mundo. En vista de la fuerza de esta resistencia—que vino de Jesús mismo, que pareció que no la amó—la mujer eligió perseverar en su confianza que sí que la amó y que ayudaría a ella y a su hija sufriente. Y así su fe se hizo aún mayor y más fuerte—para que ella pudiera perseverar en otras tempestades de su vida; y para que pudiera vivir cada día en esa receptividad abierta de la relación al Señor, que es la fe.

Eso es la puerta estrecha a la cual nuestro Señor nos llama e invita, todos. Eso es la perla de gran valor, el don inapreciable, que nos ofrece—y que aumenta, aún por medio de la resistencia de rechazas parecidas. Eso es lo que nos pide que hagamos nuestro propio—no sólo la fe de nuestros padres, ni sólo de nuestro país, sino la fe nuestra, la fe mía. La totalidad de la fe católica, aceptada y vivida. Una fe verdaderamente grande.

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