A veces Cristo nos llama a seguirlo dentro de la tempestad

Eschucha mp3
XIX Domingo Ordinario, Año A: 7 Agosto 2011
1 Re 19, 9. 11-13; Sal 84; Rom 9, 1-5; Mt 14, 22-33

Muchas veces pedimos en la oración, ¿no?, que seamos preservados de las tempestades de la vida. Que nosotros y los que amamos vivan libres del dolor, de las dificultades, del peligro, del cambio.

Pero lo que vemos en las lecturas del hoy es que, en los casos de estos tres santos, no se permitió que permanecieran en sus situaciones cómodas y seguras; sino que fueron dirigidos y llamados a unas sendas del cambio y de la dificultad.

  • Elías, que saliera de la gruta y fuera al parte de la montaña donde habían ocurridos el terremoto, el viento, y el fuego.
  • San Pedro y los discípulos, que no permanecieran en la orilla del Mar de Galilea sino que embarcaran por medio del mar, donde sucedería una tempestad fuerte. Y que San Pedro allí bajara de la barca para andar de pie directamente en el agua caudalosa.
  • Y San Pablo, llamado a salir de su pueblo, la gente judía, para cumplir la misión de apóstol a los gentiles, mientras que muchos de su propia gente rechazaban la fe en Jesucristo. Y así escribió que sentía un dolor constante en su corazón.

Éstos fueron llamados a andar en la tempestad. Y ¿por qué pasó así? ¿Por qué los condujo el Señor en situaciones más difíciles?

En el caso de San Pedro, quiso aumentar su fe. Vemos que él ya tenía más fe que los otros discípulos: era el único que pidió que Jesucristo lo mandara andar sobre el agua; y lo hizo con éxito por un corto tiempo. Pero no tenía toda la fe que nuestro Señor Jesús deseó. Después del corto tiempo, dejó de mirar a Jesús; y, en cambio, miró las olas y la fuerza del viento; y empezó a hundirse. Sí que tenía fe; pero nuestro Señor deseó que tuviera aún más: para que dejara de confiar en sí mismo; y recibiera toda la fuerza y la gracia que Dios quería darle; y viviera con la plenitud de la presencia de Cristo y la libertad de confiar en él. Y podemos creer que la fe y la confianza de Simón Pedro crecieron en aquel día. Y que Cristo desea que crezca nuestra fe también, hasta que sea fuerte y liberando.

En el caso de San Pablo, nuestro Salvador quiso cumplir su salvación por medio de él. Esto es lo que San Pablo intenta entender y explicar en estos capítulos 9, 10, y 11 de su carta a los Romanos. Y concluye que su llamada como apóstol a los gentiles es para la salvación de ambos: de los gentiles y también de su propia gente los judíos. Por la salvación de ambos entró en aquel dolor, y lo experimentó en su vida terrenal. Y en esa manera era semejante al Señor, el cual—como escribió a los Filipenses—aunque existía en forma de Dios … se despojó a sí mismo tomando forma de siervo y … se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2,6-8)—para la salvación del mundo.

Y eso también puede ser motivo de enviarnos en una tempestad: para ayudar a otros que ya están dentro de ella. Este es un aspecto del Ministerio de San Esteban, de lo cual unos tres del nosotros aprendimos en la semana pasada en un curso de líderes, para iniciarlo en nuestra parroquia en este año. En ese ministerio, un fiel laico preparado a ayudar a otro fiel laico en unas dificultades; para que ambos crezcan en la caridad de Cristo, dándola y recibiéndola, dentro de la tempestad, siendo transformados más en la imagen de Cristo.

Esto es un aspecto de nuestra llamada en este mundo: no fortificarnos en una casa fuerte y cómoda; sino estar listos de salir de la gruta, de bajar de la barca, de dejar aún nuestro pueblo y nuestra familia, cuando Cristo nos llame a seguirlo dentro de la tempestad; para nuestra salvación y santificación, y la del mundo.

El Concilio Vaticano II nos recordó que la Iglesia es peregrina en este mundo, siguiendo a su Señor hasta la eterna felicidad. Y esas palabras también nos recuerde las de la Carta a los Hebreos, que nos dice que somos extranjeros y peregrinos sobre la tierrabuscando nuestra propia patria … una mejor, es decir, celestial. (Heb 11,13-16)

Esta disposición a dejar la gruta, la barca, lo familiar es uno que podemos renovar en cada Misa: cuando nos unimos a Cristo, hecho realmente presente en su sacrificio uno y perfecto al Padre. Como él se despojó, seamos listos de despojarnos de nuestros deseos y planes, de nuestra propia vida. Como él aceptó la voluntad del Padre, deseemos saber y cumplir su voluntad para nosotros; y así recibamos el cuerpo y la sangre de Cristo, la vida que nos ofrece.

Con nuestro Señor, digamos sinceramente: no se haga mi voluntad, sino la tuya (Luc 22,42). Con nuestra Señora, digamos: hágase conmigo conforme a tu palabra. (Luc 1,38) Con San Pedro, digamos: Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

Y él le dijo: — Ven.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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