Creado por el amor, redimido por el amor, llamado al amor perfecto de Cristo

Eschucha mp3
XVII Domingo Ordinario, Año A: 24 Julio 2011
1 Re 3, 5-6.7-12; Sal 118; Rom 8, 28-30; Mt 13, 44-52

¿Quién eres tú? ¿Qué tienes que hacer en esta vida terrenal? ¿Y cómo vas a cumplirlo?

En la primera lectura, encontramos a Salomón, un joven del siglo X antes de Cristo. Era el hijo del rey—de David, rey de Israel, que había reinado 40 años. Las escrituras no nos dicen cuántos años tenía Salomón en el momento del cual oímos en la lectura. Unos eruditos sugieren que tenía 18, o veinti-algo, o quizá solo 12 años en ese momento.

Y podemos imaginar que un joven de tal edad habría tenido muchos deseos e intereses—en el deporte, el amor, la riqueza, sus sueños y ambiciones. Habría tenido muchos pensamientos, muchos proyectos, y mucha energía.

Pero, en el momento de la lectura, todo esto ha sido puesto en perspectiva nueva. Porque su padre el rey ha muerto; y ahora él es rey. ¡Él—Salomón—el rey! Y todo ha llegado a ser muy simple. Porque ahora él sabe exactamente quién es, y qué tiene que hacer. Y la verdad es que tiene miedo. Trata muy seriamente a sus responsabilidades como rey—y no tiene confianza que tiene lo que necesita para cumplirlas.

Y ésa es la razón por la cual, cuando Dios le dice, “Pídeme lo que quieras,” Salomón no pide la riqueza, ni una larga vida, ni la derrota de todos sus enemigos, ni ninguno de los otros deseos e intereses que ha tenido poco antes. Pide sólo la sabiduría. Pide sólo un corazón comprensivo, para juzgar bien al pueblo, de manera recta y prudente. Pide sólo lo que le falta, que necesita para cumplir bien su nueva misión.

Y, como podríamos suponer, esto agrada al Señor: que Salomón pide lo que necesita para servir bien a él y ayudar a otros. Y le da esta sabiduría.

Hace 3000 años, Salomón descubrió en un instante quién era y que tenía que hacer—y éste le cambió. ¿Y tú? ¿Sabes quién eres y qué tienes que hacer? ¿Qué contestarías?

Hay muchas respuestas que podrías dar, pero la más importante es la primera. ¿Quién eres, en primer lugar? La respuesta no es tu patrón, tu lugar de trabajo. No es tu partido favorito del deporte. No es la ciudad o el barrio donde vives. No es tu escuela. No es tus amigos. No es tu fuerza o tu apariencia o tus posesiones. No es tu país o tu nacionalidad, ni aún tu familia—ni tus padres, ni tu esposo, ni tus hijos. Todas éstas son respuestas importantes, pero ninguna podría ocupar el primer lugar.

¿Qué debemos contestar, en primer lugar? Contestamos: Yo soy creado en la imagen y la semejanza de Dios, y yo soy redimido por la sangre de Jesucristo, mi Señor, que me ha hecho hijo adoptivo de Dios Padre y partícipe en su vida divina y miembro de su cuerpo místico la Iglesia. Ésa es la respuesta, en primer lugar.

Y lo que soporte la verdad de esa respuesta es la verdad del—amor. La verdad del amor del Dios, un amor que es fuerte y libre; un amor que te amó antes de crearte, que te amó antes de redimirte; un amor que nunca falla; y un amor que quiere hacerte—¿qué nos dijo San Pablo?—quiere hacerte conforme a la imagen de su Hijo. Un amor que quiere hacerte perfectamente semejante al amor perfecto, santo, e invencible de nuestro Señor Jesucristo, en pensamiento, palabra, y obra.

Todas las otras respuestas—familia y país y amigos y escuela y trabajo—todas pueden tener lugar. Pero su lugar debe ser bajo de y dentro de tu identidad encontrada en Cristo: los elementos inconsistentes tirados como peces malos recogidos en una red; y los buenos arreglados en una orden y una prioridad consistente con el Reino de Dios. Como Cristo nos dice en otra parte del Evangelio según San Mateo: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mat 6:33) O en las parábolas de le lectura del hoy: que estemos dispuestos a vender todo lo que tenemos para poder comprar la perla de gran valor o el campo que contiene el tesoro escondido.

Si somos creados y redimidos por Dios, y lo que tenemos que hacer es llegar a ser conforme a la imagen de Cristo—llegar a ser un santo— ¿cómo vamos a cumplirlo? ¿Cómo llegaremos a ser santos? ¿Cómo seremos reformados hasta que nos parecemos a su Sagrado Corazón?

La respuesta—la que pertenece en lugar segundo—es nuestra vocación; el estado de la vida al cual Cristo le llama a cada uno de nosotros. Es primeramente por vivir bien nuestro estado de vida, y sus exigencias de amar y servir a otros generosamente, que Cristo nos rehace conforme a su imagen.

Cristo tiene una vocación especial—una llamada, un camino de llegar a ser santo—para cada uno de nosotros. Para los jóvenes, que aun no han discernido ni entrado en su vocación, es importante dar atención a esta cuestión. Pregunta: ¿A qué vocación me llama Dios? ¿A ser sacerdote; o religioso; o esposo y padre? ¿Cuál es el camino especial de amar y servir—y así llegar a ser santo y semejante a Cristo—para lo cual Dios me ha creado?

Y para los menos jóvenes, que ya han entrado en su vocación, es importante examinarse sobre ésta. Para la mayoría presente en esta Misa, su vocación es el matrimonio y la familia. ¿Vives tu vocación con fidelidad? ¿Con generosidad? ¿La das el lugar correcto a tu esposo y tus hijos—el lugar más alto que todo, menos Dios? ¿Los amas y sirves a ellos con un amor fuerte y total, como el de Cristo?

Porque Cristo nos asegura que el Reino de Dios vale todo. Cuando damos todo, lo hacemos llenos de alegría. Dios quiere hacer maravillas en tu vida, mejor que tus deseos más queridos. ¡Déjalo!

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