Cristo te envía, para extender su Reino por medio de ti

Eschucha mp3
XVI Domingo Ordinario, Año A: 17 Julio 2011
Sab 12, 13.16-19; Sal 85; Rom 8, 26-27; Mt 13, 24-43

¿A veces te sientes que has sido enviado y extendido a un lugar extraño y remoto? ¿que estás rodeado por personas que no son buenas sino parecen a cizaña? ¿que siempre estás pedido que anides y des vida a otros? ¿Te preguntas: Por qué pasa la vida así?

Pero esto no es una equivocación. Es el plan de nuestro Señor Jesucristo, y de Dios Padre, como él nos dice en nuestra lectura del Evangelio de hoy.

Hoy continuamos escuchar el capítulo 13 del Evangelio según San Mateo; y nuestro Señor sigue en contarnos más parábolas del Reino de Dios. Y notamos que no nos dice que el Reino tiene fronteras ni banderas ni territorio terrenal ni puntos de entrar. Nos dice que el Reino de Dios es vivo; que mueve; que crece; que, por la iniciativa de Dios, el Reino viene a nosotros y nos pide que lo dejemos entrar dentro de nosotros. Porque este Reino es una relación viva, de ser hijos adoptivos de Dios, y de vivir así. Y, como oímos la semana pasada en la parábola del sembrador, podemos recibir la gracia de la palabra como tierra fértil. En la semana pasada, oímos cómo actúa el Reino dentro de nosotros.

Y ahora, hoy, Jesús nos habla de cómo actúa el Reino en nosotros, por nosotros, al exterior—a las personas que nos rodean.

Nos dice que el Reino de Dios crecerá de una manera asombrosa: como un grano de mostaza—que es pequeñito, sólo 1 milímetro de anchura—crece hasta que se hace un arbusto muy alto—hasta 3 metros, más o menos, de altura.

Y esto es lo que hemos visto en la historia de la Iglesia, que empezó con un hombre que también era Dios verdadero y sus 12 apóstoles, y ahora numera más de 1 mil millones de católicos, y, si incluimos los ortodoxos y los protestantes, más de 2 mil millones cristianos.

Esta clase de crecimiento requiere algo de nosotros que hemos sido hecho partícipes del Reino: una disponibilidad a mover y cambiar y seguir la dirección del Espíritu Santo. Aunque, como nos dice San Pablo, nosotros no sabemos aun pedir lo que nos conviene, el Espíritu lo sabe—y sabe la dirección en la cual debemos mover en el crecimiento continuo del Reino por medio de nosotros.

Y nuestro Señor también nos dice que el Reino de Dios penetrará y impregnará todo el mundo: como un poco de levadura puede fermentar tres medidas de harina—que son igual a 25 kilogramos de harina, suficiente para dar de comer a 100 o 150 personas. Un poco de levadura.

Y la vida del Reino en nosotros nos moverá a lugares extraños y remotos, rodeado por personas que no conocen a Cristo—como la levadura, por el amasar, está puesto en un punto en el cual está rodeado por harina. ¿Por qué? Para que la levadura afecte la harina; para que nosotros afectemos a otros, dándoles la vida y la caridad y el mensaje de la palabra del Reino que nosotros mismos también hemos recibido, como semilla en tierra fértil.

La levadura se usaba en analogías, incluso por Jesús, como imagen del mal, que penetra e infecta todo. Pero, en esta parábola, la usa Jesús como imagen del Reino dentro de ti, penetrando y afectando a todos. Si te pareces rodeado por muchas personas que ahora tienen nada de la levadura del Evangelio—esto no es equivocación, sino es su plan, para que él puede darles su levadura por medio de ti. Como el Cardenal Wuerl nos escribió el otoño pasado en su Carta Pastoral sobre la Nueva Evangelización:

Nuestras rutinas y tareas regulares pueden transformarse en una búsqueda urgente. … Cualquier momento se convierte en una oportunidad para poner a otra persona en contacto con la primavera abundante que promete Dios; en esto somos protagonistas de la esperanza.

Y ésa es la razón porque Dios no castiga ni elimina a los malhechores ahora mismo, instantemente. En el futuro, en el último día, sí que arrojará a todos los corruptores y malvados al horno encendido. Pero ahora, no. Esto no es lo que nosotros deseamos. ¿Cuántas veces decimos: “¡Ojalá que los arranque ahora mismo!”? ¿Cuántas veces preguntamos a Dios—como había oído el escritor del libro de la Sabiduría, anteriormente a nuestra primera lectura: O Señor, es que no tienes suficiente poder? ¿O que no entiendes cuán males son? ¿O tienes miedo? ¿O hay una autoridad o una regla más alta que no puedes cruzar?

Pero la verdad, dice el escritor sagrado, es que Dios quiere dar a los malvados y a los pecadores una oportunidad de arrepentirse—una oportunidad de cambiarse de pensamiento, palabra, y obra, hasta que no merezcan el castigo sino hayan abrazado al camino recto y justo.

Y así es, nuestro Señor Jesús nos dice: que dejará la cizaña mezclada con el trigo hasta el día último—los males con los buenos; los no creyentes con los fieles; los que hacen daño con los que ayudan—porque él quiere salvarlos a ellos también. Quiere salvarlos por medio de nuestras vidas y nuestras palabras; por su contacto con nosotros, como el contacto de la harina con la levadura.

Y así es que siempre tendremos unos malvados con nosotros en este mundo, y también en la Iglesia. Nuestro Señor nos lo dijo. Siempre habrá los que nos fallan y nos hacen daño en la Iglesia—sean un obispo o un sacerdote, tus padres, tus profesores, tu esposo o esposa, tus propios hijos, o cualquier—siempre alguien que caen de la fe y la benignidad. Es probable que yo mismo te fallará de alguna manera.

Pero no te desanimes. Todo es en el control de nuestro Dios: este mundo, y esta Iglesia que crece asombrosamente, penetra todas partes, y contiene a pecadores y malvados juntos con los santos. Y él te llama a seguirlo más cerca, hasta la santidad y el Reino del Cielo. Y sea que así traigas contigo el que te hayas fallado; que, por medio de ti, nuestro Señor lo salve del horno encendido; y que, juntos, Uds. justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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