Encuentra tu identidad en Cristo

Me olvidé traer el grabador y por eso no hay mp3 de esta homilía.
V Domingo de Pascua, Año A: 22 Mayo 2011
Hch 6, 1-7; Sal 32; 1 Pe 2, 4-9; Jn 14, 1-12

Ya hemos oído estas palabras, ¿no? “Voy a prepararles un lugar. No pierdan la paz. No los olvidaré a Uds. Volveré y los llevaré conmigo.”

Hemos oído estas palabras. Quizá las has dicho tú mismo. “Me voy muy lejos—a otro país—miles de kilómetros. Pero permaneceré fiel—siempre fiel a ti. No te olvidaré a ti. Siempre pensaré en ti. Enviaré mi amor y mi apoyo. Y después de poco tiempo volveré y entonces estaremos juntos por siempre.”

Con demasiada frecuencia estas palabras no son ciertas. Sabemos que hemos sido olvidado y dejado atrás. Quizá nosotros mismos han dejado, han abandonado, a otros. Y digo en paso que es necesario cumplir una promesa hecha a un esposo o una esposa; es necesario cumplir las obligaciones naturales de un padre a un hijo. Hay que ser fiel; hay que ser responsable y verdadero.

Pero, ¿qué sucede cuando te vas de un país al otro? ¿Qué sucede a tu identidad? ¿Qué sucede a tu identidad cuando alguien sale y te deja atrás? Sin esa persona—tu esposo, tu padre, tu amigo— ¿quién eres? Fuera de tu país, tu pueblo, tu cultura, tu lengua, tu raza—en un país extraño de costumbres extrañas— ¿quién eres? ¿Eres un hombre sin país? ¿Eres un ilegal?

¿Sabes la respuesta? ¿Tienes una identidad verdadera? ¿Todavía sabrás quién eres, aunque pierdas estas personas y cosas extérnales de ti mismo? ¿O tendrías descubrirte a ti en un empleo; un novio o novia; un grupo de amigos; una pandilla; un equipo de deportes; una posesión material? Si todo se quita, ¿sabes quién eres?

Nuestro Señor Jesucristo supo quién era. Era el Hijo del Padre. Ésa fue su identidad. Supo muy bien que era Dios Hijo, engendrado por Dios Padre antes de todos los siglos, y hecho hombre por su Encarnación. Ésa relación viva con su Padre era el centro de su ser.

Y oímos en la lectura del Evangelio del hoy su reacción cuando San Felipe le pidió, “Muéstranos al Padre y eso nos basta.” “Felipe”—responde—“tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? … Yo estoy en el Padre y el Padre está en me.” Aunque Felipe no lo conocía, sí que Jesús se conoció a sí mismo. Era el Hijo del Padre.

Y, por el poder de su Resurrección, que celebramos en este tiempo de la Pascua, él nos ha hecho partícipes en su filiación—nos ha hecho partícipes en su identidad y su relación de Hijo de Dios Padre—nos ha hecho hijos adoptivos de Dios. No lo somos por nuestro nacimiento natural. No importa en qué país hubieras nacido; de qué pueblo; de qué lengua; de qué raza. Aquel nacimiento natural no te hizo hijo de Dios.

Lo que te lo hizo es tu bautismo en Cristo: el bautismo que fluye de su santa Pasión y cruz y resurrección. En él, Cristo te ha elegido a ti; te ha levantado; te ha lavado; te ha santificado; te ha justificado [1 Cor 6, 11]; te ha hecho el suyo; te ha unido a sí mismo para que compartieras en su filiación.

Ha elegido a ti y a otros, de todas las razas y lenguas, de todos los pueblos y naciones [Apoc 5, 9]; y nos ha transformado por un solo bautismo [Ef 4, 5]; para hacernos, ¿qué? ¿Qué oímos del apóstol San Pedro en la segunda lectura? Para hacer de nosotros: estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada a Dios y pueblo de su propiedad.

De muchas naciones, a una nación consagrada. De muchos pueblos, a un pueblo de su propiedad. Y ¿dónde vimos este pueblo singular? ¿Dónde lo encontremos? ¿Qué lo llamamos? Lo llamamos la Iglesia. La Iglesia Católica—que siempre ha significado “universal” y pasa por todos los países terrenales y todos los siglos de este mundo.

Ésa es tu identidad. Eres elegido. Eres bautizado. Eres unido a Cristo tu Salvador. Eres hijo adoptivo de Dios Padre. Eres, en una sola palabra, católico. Y por eso estás en tu casa en todas la parroquias, todas las capillas, todos los catedrales católicos del todo el mundo. Sabes quién eres y de quién eres. Eres de Cristo.

Y por eso perteneces con los otros que pertenecen a Cristo. San Pedro escribe que eres una piedra viva. ¡Qué expresión tan extraña! Pero en un edificio una piedra junta a otras piedras; y en Cristo, y en su Iglesia, tú, como piedra viva, juntas con otras piedras vivas, en la edificación del templo espiritual, ofreciendo sacrificios espirituales, agradables a Dios.

Sabemos que esta unidad no es fácil en este mundo. Era difícil aún en los primeros años de la Iglesia, cuando, como oímos en la primera lectura, los creyentes judíos que se orientaban a la cultura hebrea tenían quejas con los creyentes judíos orientados a la cultura helenística o griega. En otras palabras, los que tendían a la cultura más tradicional de su pueblo contra los que tendían a la cultura más de moda, con más poder e influencia y atracción en su región. No ha sido fácil nunca cruzar estas divisiones culturales para ser edificados en un solo templo espiritual. Pero sí que sucede con el poder de Dios. Para Dios todo es posible. [Mat 19, 26]

Si has sido bautizado, ya tienes esta identidad de: elegido; hijo adoptivo de Dios; unido a Cristo y a todos los otros católicos. Ya lo eres. Pero, ¿lo has vivido? ¿Lo has abrazado? ¿Has encontrado tu centro, tu raíz, tu razón, tu paz y descanso, en esta identidad?

Papa Bendito Juan Pablo II nos dijo: “¡Sé lo que eres!” [Familiaris Consortio, 17] ¡Sé esto, adentro y afuera! ¡Vive esto, día a día! Acércate al Señor Jesús, la piedra viva:

  • Aprenda la verdad de las enseñanzas de su Iglesia.
  • Arregla las acciones de tu vida según el bien que revela.
  • Pasa un rato con él en la oración todos los días.
  • Escucha su voz;
  • Y deja todo lo contrario para acercarte a él en todo.

No pierdan la paz. Sé lo que eres. Sé católico. Y encuentra la paz del corazón en Cristo.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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