Una luz brilla en las tinieblas del aborto

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III Domingo Ordinario, Año A: 23 Enero 2011
Isa 8, 23–9, 3; Sal 26; 1 Cor 1, 10-13.17; Mat 4, 12-23

“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz.” Originalmente, estas palabras del profeta Isaías refirieron a un hecho del imperio Asirio en el siglo VIII antes de Cristo. La gente del los tribus de Zabulón y de Neftalí, que vivían en el parte más al norte de la Tierra Santa, fue deportado de su tierra por el imperio, hasta partes desconocidas; y extranjeros traídos en su lugar. Ellos fueron los primeros del Pueblo que así sufrieron. Y que bien que esta tierra sea la primera en la cual Jesucristo andaba, y predicaba su mensaje de la esperanza, y sanaba milagrosamente.

“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció.” En estos imágenes del una gran sombra, perforada por una luz más fuerte, oímos de nuestra propia experimentación del sufrimiento y de las tinieblas; y de cuánto deseamos que el Señor nos toque con su sanación y su don de la vida—ya recibido, o todavía esperado.

En este fin de semana, pensamos en temas pro-vida en este país de los Estados Unidos; porque ayer, el 22 de enero, marcó el aniversario número 38 de la decisión del Corte Supremo que legalizó el aborto en todo este país. Y la experiencia de este país en estos años ha sido una de las tinieblas: de la confusión y el dolor; del conflicto exterior, entre los grupos que apoyan el aborto legalizado y los grupos que apoyan la protección de la vida; y del conflicto interior, en muchas personas que sienten dificultades en evaluar el tema.

Y ¿qué de los católicos que vienen a los EE.UU. de los países de Latino América? Inicialmente, viven su cultura y su fe católica; permanecen en practicar la castidad, y guardan la actividad sexual dentro del matrimonio; y no hacen el aborto, especialmente porque saben que un niño no nacido ya es un miembro de la familia.

Pero, ¿qué pasa en la generación siguiente? Ellos se adaptan a la cultura norteamericana. Y esta adaptación es buena y natural de muchas maneras. Pero la equivocación entra cuando también cambian sus valores morales, que vienen de la ley natural y son válidos en todos los lugares y todos los siglos; y cuando cambian su fe y su culto, dejando la fe católica que es la voluntad de Dios para todas las gentes y es universal. Se debilitan los enlaces de familia; se esfuerzan las tentaciones de las riquezas, del trabajo, y de los placeres de la carne.

Y así desciendan las tinieblas de este país—inclusive la experiencia del aborto. Muchas mujeres que experimentan un embarazo inesperado se sienten presionadas—por otras personas o por las condiciones de la vida—presionadas a elegir el aborto, por las tinieblas. Y ellas esperan que esta decisión encienda la luz en su vida, otra vez. Pero la problema es que no pasa. El aborto no enciende la luz, sino rompe la bombilla, y las sumerge en tinieblas aún más profundas. Tinieblas de sentir el dolor y la culpabilidad; la tristeza y la desesperanza; el aislamiento y las sueñas malas y el miedo de no poder estar perdonadas. Y todo esto también aflige a sus familias: sus padres y hermanos; sus esposos e hijos, actuales y futuros.

Son tinieblas verdaderas. Pero la buena noticia, hermanos, es que nuestro Señor Jesucristo todavía enciende su luz en nuestras sombras. Su luz resplandece; su poder libera; su misericordia se derrama para perdonar y sanar; y su amor no pasa nunca. Hermanos, este país, este mundo entero, necesita oír que Jesús salva—ahora más que nunca. Que él perdona y sana. Que trae la alegría grande; su luz de las tinieblas; su vida de la muerte.

¿Desean Uds. que esto pase en su vida y en la vida de los que conocen y quieren? ¿Cómo sucedió? La verdad es que nuestro Señor Jesucristo no trabaja sólo. Nunca lo ha hecho. En la lectura del Evangelio del hoy oímos que llamó a San Pedro y a San Andrés, que lo siguieran y se conviertan en pescadores de hombres. Y oímos que llamó también a Santiago y San Juan, que estaban remendando las redes; y habría sido posible que él les dijera, “Síganme y los haré remendadores de los corazones.” Esto es su hecho de la Redención; y desde el principio ha querido que lo compartamos.

¡Qué bella invitación! ¡Qué privilegio!—compartir en el proyecto de redimir al mundo, a su familia, a su pueblo, a toda la gente de este país de mucha sombra.

Pero, ¿te sorprende? ¿Te parece imposible, cuando consideras tus limitaciones—y todos tenemos limitaciones; o tus hechos pasados—y todos tenemos hechos pasados? ¿Crees que Cristo no podría usarte como instrumento de su gracia? Sí que puede. Sabemos que San Pablo había equivocado mucho en su vida pasada; y en su primera carta a los corintios, de la cual viene la segunda lectura, él escribe mucho de cómo usa Dios los débiles, los ignorantes, los despreciados del mundo para comunicar y mostrar su poder y su sabiduría y su salvación. San Pablo escribió en esa carta [2 Cor 1, 3-4]:

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre lleno de misericordia y Dios que siempre consuela. Él es quien nos conforta en nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos también confortar con la misma fuerza que recibimos de Dios, a los que se encuentran atribulados.

¿Previenen las limitaciones y equivocaciones y pecados del pasado que él te use? No: estos son su manera preferida.

Entonces proclamamos a nuestras familias y a nuestro pueblo y al todo el mundo que nuestro Señor Jesús es el luz que han esperado. Dejamos que nuestras manos y pies, y ojos y voces, sean instrumentos de dar a otros lo que necesitan. ¿Estás listo para ser el corazón generoso que responde a ellos?

  • ¿Les darás el testimonio de tu fe católica en el poder de Cristo; el bálsamo curativo de su esperanza; y el amor de un oído que escucha y un corazón que cuida?
  • Para las mujeres presionadas hacia el aborto: ¿Las dirigirás a los recursos que pueden darlas el apoyo que necesitan—inclusive los centros del embarazo; el Proyecto Gabriel; el Programa de nuestro arquidiócesis que apoya el nacimiento y el cuidado de los niños; que juntos ayudan a proveer la ayuda financiera, médica, legal, o psicológica, con la vivienda, la educación, o los trabajos—para que puedan dar la vida a su niño?
  • Para las mujeres y los hombres que llevan las cicatrices y el dolor de un aborto pasado: ¿Los dirigirás al Proyecto Raquel, en el cual hay sacerdotes y diáconos, y apoyo psicológico, que los pueden ayudar para que encuentren el perdón y la paz? ¿Los dirigirás a los sacerdotes y diáconos de tu propia parroquia, que son listos para hablar con ellos y darles la misericordia de Dios?

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció. Engrandeciste a tu pueblo e hiciste grande su alegría. Se gozan en tu presencia como gozan al cosechar, como se alegran al repartirse el botín.

El Señor es mi luz y mi salvación. Ármate de valor y fortaleza, y en el Señor confía.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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