Domingo de la Sagrada Familia: Proteger nuestras familias del peligro

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La Sagrada Familia, Año A: 26 Diciembre 2010
Sir 3, 3-7.14-17; Sal 127; Col 3, 12-21; Mat 2, 13-15.19-23

En las fiestas de Navidad, celebramos la verdad que el Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, asumió la naturaleza humana nuestra en la Encarnación y nació en Belén hace 2000 años. Nuestro Señor se hizo como nosotros en todo menos el pecado; inclusive en crecer en una familia humana. Por eso, dentro de la Octava de Navidad, celebramos la fiesta de la Sagrada Familia: la Sagrada Familia de Jesús y Santa María y San José.

Meditemos un rato en este aspecto del gran misterio de la Encarnación; y veamos cómo podemos hacer nuestras familias semejantes a la Sagrada Familia.

En el año 1964, el Papa Pablo VI viajó a la Tierra Santa. Cuando estaba en Nazaret, dijo que “es la escuela de iniciación para comprender la vida de Jesús. La escuela del Evangelio.”

Quizá nos preguntamos a veces: ¿De verdad necesitó Jesucristo a San José? Era el Hijo de Dios; y tenía como madre a la Virgen Madre purísima, sin pecado concebida. Pero la verdad es que, sí, Jesús necesitó a San José. Como todos los niños, necesitó crecer en una familia con madre y con padre—una familia en la cual era amado, honrado, y enseñado cómo crecer en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres, como dijo el evangelista San Lucas. Jesús necesitó a San José también.

En la lectura del Evangelio del hoy, oímos cómo San José protegió a su familia del peligro. En su caso, fue que el Rey Herodes intentó matar a Jesús. Y para proteger a su familia, San José actuó de una manera fuerte y clara. Los condujo primeramente al Egipto y entonces al Nazaret—aunque no había pensado hacer esto anteriormente. Pero vio que fue necesario para proteger a su esposa y su hijo adoptivo, y lo hizo.

Esto es importante para todos los padres en todos los sitios, inclusive el nuestro. Aunque los peligros que amenacen a tu familia no son los soldados del Rey Herodes, son igualmente reales y serios. Y es clave que la proteja de una manera fuerte y clara.

¿Cómo es esta manera de proteger? Requiere diversas medidas en las diversas etapas de la vida.

Empecemos con los jóvenes. Los chicos y los jóvenes aún no casados aquí presente: quizá piensas: Aún no tengo familia y por eso no hay caso de protegerlo. Pero no es verdad. Durante estos años cuando todavía creces y no estás casado ni tienes familia, sí que ya puedes proteger a tu familia futura. ¿Cómo? Por guardarte a ti casto y puro: puro de mente y de corazón y de cuerpo. Tú quieres mantenerte entero y fuerte y sano, para que un día puedas ser el mejor esposo y padre posible, la mejor esposa y madre posible, para servir y proteger a tu familia en aquel momento. Proteges a aquella familia cuando te proteges a ti ahora mismo.

Y eso pertenece a todos de toda edad. Guardar tu mirada y tus pensamientos y el movimiento de tu corazón es proteger tu dedicación fiel a tu matrimonio y a tu familia.

También es importante aprender cómo es un matrimonio sano y una familia sana y santa. En una sociedad que se equivoca tanta de este tema, y en la cual tantos matrimonios y tantas familias naufragan, es necesario formar tu entendimiento por dar la atención a los ejemplos buenos del matrimonio y a la enseñanza sabia de la Iglesia. En el caso de los niños y los jóvenes, se llama la “preparación remota”; y así llegan bien preparados para la “preparación inmediata” que pasa en el periodo del noviazgo. Si ves que la Iglesia ofrece una clase sobre el matrimonio o la familia, o si encuentras un libro bueno, que aproveches. Y sobre todo en el noviazgo, para que llegues a la boda bien preparado para el matrimonio.

Para proteger a tu matrimonio y tu familia, es importante resistir las tentaciones de la impureza; del aborto; de la contracepción; de la fertilización in vitro. Aunque sean comunes en nuestra sociedad, la Iglesia sabiamente enseña que estos hacen daño a la relación del matrimonio y a la familia. Y por eso necesitas protegerte contra ellos.

Y cuando tienes hijos, las obligaciones de protegerlos aumentan. Aquí y ahora tus hijos son vulnerables a todo tipo de peligro, que vienen en muchas formas y en todas las horas, de manera no vista anteriormente. Hay peligros que vienen de la televisión, de las películas, del Internet, y de los muchos dispositivos electrónicos.

Ellos pueden ser influidos por sus amigos o por sus escuelas—a las drogas, a la violencia, y a otros males. Padres, necesitan Uds. estar vigilantes; para saber qué consumen y qué oyen tus hijos; para saber cómo protegerlos de todo que podría hacerles daño.

Y nosotros tenemos otro instrumento que no tuvo San José cuando amenazaron los soldados del Rey Herodes. Nosotros tenemos el voto en nuestro propio país; y tenemos una voz por la cual podemos expresar nuestros creencias en cualquier país en lo cual estemos. Tenemos la oportunidad de votar en las leyes y los representativos del gobierno para proteger a nuestras familias y a otras familias. Y por eso tenemos la responsabilidad de protegerlas así también—cuando tenemos la oportunidad de votar o hablar sobre temas como el aborto o el divorcio o un cambio de la definición del matrimonio. Protejamos a todas las familias así también.

Y cuando protegemos a nuestras familias de todas estas maneras, guardamos la posibilidad de que vivan la vocación que les ha dado el Señor. En la vida de la familia, a veces difícil y compleja, se pueden crecer muchas virtudes y muchas bellas calidades personales, como los que oímos en las lecturas del hoy: el honor, la obediencia, la reverencia, el cuidado, y la paciencia; la compasión, la humildad, la magnanimidad, el perdón, la gratitud, el amor, y la paz. Todas estas virtudes crecen en la familia.

Y en todas éstas creció nuestro Señor Jesucristo como niño y como joven, en la vida de la Sagrada Familia con Santa María y San José; y nosotros también podemos crecer en ellas en nuestras familias. El Papa Pablo VI dijo en su visita a Nazaret:

Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía, y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social.

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