Enviado como mensajeros a las naciones

Eschucha a la mp3
XXI Domingo Ordinario, Año C: 22 Agosto 2010
Isa 66, 18-21; Sal 116; Heb 12, 5-7.11-13; Luc 13, 22-30

“Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.”

En las Sagradas Escrituras, leemos mucho del viajar y del emigrar. Oímos de la emigración voluntaria, y también de la deportación involuntaria, del Pueblo de Dios, desde un país hasta otro. Hace dos semanas, oímos de la Carta a los Hebreos que

Por su fe, Abraham, obediente al llamado de Dios, y sin saber a dónde iba, partió hacia la tierra que habría de recibir como herencia. Por la fe, vivió como extranjero en la tierra prometida…

Y en ese capítulo 11 de Hebreos oímos de muchos héroes de la fe del Antiguo Testamento que, por responder por la fe—por actualizar en su propia vida su confianza firme en Dios—ellos reconocieron que eran extraños y peregrinos en la tierra … que fueron en busca de … una patria mejor: la del cielo. Ellos emigraron por responder a la llamada de Dios.

Recordamos también que los dos reinos divididos de Israel fueron conquistado por imperios grandes y su gente fue llevado al exilio: el reino del norte por Asiria, y el reino del sur por Babilonia. Su exilio resultó por su pecado y su idolatría. El Señor quiso purificarlo y formarlo mejor en su conocimiento y su manera.

Pero, en la primera lectura del hoy, que viene del fin del libro del profeta Isaías, oímos una nueva razón para el emigrar en la Providencia, en el plan de Dios. El Señor ha revelado su intención de reunir a las naciones de toda lengua. Los que no han oído hablar de él ni han visto su gloria vendrán a Jerusalén—él dice—para alabar y adorar al Dios verdadero.

Pero, ¿cómo sucederá esto si ellos no han oído hablar de él? La respuesta es otra emigración. El Señor dice por el profeta: enviaré como mensajeros a algunos de los supervivientes—de su Pueblo—y ellos darán a conocer mi nombre a las naciones; y mis mensajeros traerán, de todos los países, como ofrenda al Señor, hasta mi monte santo de Jerusalén. Los mensajeros irán, y entonces traerán a los convertidos a Jerusalén.

Esta es una emigración para la misión; para la revelación de Dios; para la conversión de las naciones; para la salvación y la santificación de todo el mundo. El Señor enviaré a su Pueblo como mensajeros a todas partes del mundo.

Esta intención fue realizada, primeramente, en la Diáspora, la dispersión de muchos judíos por el mundo Mediterráneo en los siglos antes de la Encarnación de Cristo. Y entonces fue realizada, sobre todo, en la actividad e iniciativa misionera de la Iglesia Católica en los 20 siglos desde los apóstoles hasta nosotros mismos ahora.

Por eso, preguntemos algo. ¿Por qué estás aquí? ¿Tú mismo, en este país, ahora mismo? Claro que cada uno tienes tus razones: quizá una necesidad de tu familia, o un peligro, o una decisión de tus padres; quizá alguna aspiración personal, o otra razón. Pero, ¿qué razón tuvo Dios? ¿Qué motivo tuvo Dios? ¿Puede ser que estás aquí como mensajero del Dios verdadero en un país que no conoce a su nombre?

  • Uds. saben la importancia de la familia y la vida familiar; mientras que este país tiene mucha confusión sobre qué y cómo son el hombre y la mujer; sobre qué es el matrimonio. Muchos piensan más en el trabajo y en el dinero que en la bendición de la familia; y muchos sufren de mucha soledad. Uds. saben la importancia de la familia. ¿Quién sabe si para una ocasión como ésta tú habrás llegado aquí? [Est 4,14]
  • Uds. también conocen a la Virgen, Santa María, Madre de Dios, y a su cuidado maternal que ella nos ofrece como sus hijos adoptivos. Uds. conocen a su gran ejemplo de la fe y también el ejemplo de los otros santos. En este país, hay muchos que no les conocen, y por eso les faltan su apoyo en la vida cristiana. Y hay muchos que no conocen ni a nuestro Señor Jesucristo, ni a Dios mismo, de ninguna forma. ¡Qué vaciedad adentro de ellos! Uds. conocen a Jesucristo y a la santa Virgen y a los santos. ¿Quién sabe si para una ocasión como ésta tú habrás llegado aquí?

Puede ser que éste es el motivo secreto de Dios que estás aquí porque tú mismo tienes una contribución importante, un mensaje de su propia enseñanza, un regalo de su propia gracia, para dar a esta cultura—que parece muy rica y poderosa pero, de verdad, en muchas maneras, es pobre y vacía y sufriente.

Pero aquí hay un peligro—y es el mismo peligro que afligió al Pueblo del Antiguo Testamento. ¿Declararía la gente la gloria de Dios a los países? ¿O sería seducida la gente por la gloria falsa de las naciones hasta el punto de abandonar a su Dios? ¿Realizaría su llamada a dar el mensaje del Señor, a dar su testimonio a las naciones? ¿O caería en la misma fosa y la misma oscuridad de la gente a la cual había enviado para rescatarla?

Nuestro Señor, en el Evangelio, nos da un aviso. Sí que vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios. Pero la puerta es angosta, y muchos tratarán de entrar y no podrán. Es posible recibir el bautismo y la confirmación como niño, y la santa Comunión, del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor, muchas veces, y recibir la buena formación católica de la mente y del corazón—es posible recibir tanta riqueza y entonces dejarlo atrás. Es posible. Y entonces, como Jesús nos dice, quedaremos afuera y nos pondremos a tocar la puerta diciendo: “¡Señor, ábrenos!” Pero él responderá: “No sé quiénes son ustedes.” Y, ¡qué lástima si de tanto principio lleguemos a tanto fin!

A nosotros—a mí y a Uds., y a sus amigos y familiares que no están aquí en esta tarde—la Carta a los Hebreos nos anima. En el principio del capítulo 12 leemos:

Rodeados, como estamos, por la multitud de antepasados nuestros, que dieron prueba de su fe—rodeados por todos los santos, inclusive los emigrantes del pasado—dejemos todo lo que nos estorba; librémonos del pecado que nos ata, para correr con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fija la mirada en Jesús, autor y consumador de nuestra fe.

Y la carta continua en la lectura del hoy: Por eso, robustezcan sus manos cansadas y sus rodillas vacilantes; caminen por un camino plano, para que el cojo ya no se tropiece, sino más bien se alivie.

El Señor les ha enviado a Uds. como mensajeros para dar a conocer su nombre a las naciones. ¿Quién sabe si para una ocasión como ésta tú habrás llegado aquí?

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

Advertisements
Published in: on August 22, 2010 at 11:50 pm  Leave a Comment  

The URI to TrackBack this entry is: https://frdangallaugher.wordpress.com/2010/08/22/enviado-como-mensajeros-a-las-naciones/trackback/

%d bloggers like this: